Minotaur (2026), de Andrey Zvyagintsev
"Lo notable es que todo esto sucede sin que la película necesite gritar. En un momento en que decir ciertas cosas en voz alta tiene un costo real, Zvyagintsev encontró la manera de decirlas de todas formas."
El laberinto que todos habitamos
Nueve años es mucho tiempo. Es el tiempo que tardó Andrey Zvyagintsev en volver con un largometraje después de Loveless, y en ese intervalo el mundo que retrataba se volvió más oscuro, más cerrado, más difícil de nombrar sin consecuencias. Minotaur llega, entonces, como llegan ciertas cosas importantes: tarde, pesada de contexto, con la conciencia de que decir algo verdadero nunca fue tan complicado ni tan necesario. La película parte de un material aparentemente inocuo: una reinterpretación de La femme infidèle de Claude Chabrol, aquel thriller conyugal de 1969 donde un marido descubre la infidelidad de su esposa y actúa en consecuencia. Es un punto de partida clásico, casi académico, y eso es precisamente lo que le permite a Zvyagintsev operar con cierta libertad. El relato de celos y traición funciona como pantalla: detrás de ella, con una discreción que nunca cae en el panfleto, se cuela la guerra.
Y ahí está el hallazgo central de la película. La guerra no irrumpe. No explota. Aparece como aparecen las cosas que uno prefiere no ver: en el fondo de un plano, en la cicatriz de alguien que pasa, en un transporte de tanques que cruza la ruta mientras el protagonista piensa en otra cosa. Gleb, el empresario exitoso atrapado en un matrimonio que se ha vaciado de sentido, tiene cosas más urgentes en las que concentrarse. Su mujer podría estarle siendo infiel. Eso es lo que importa. Lo otro es ruido de fondo.
Esa indiferencia calculada es la crítica más feroz que Zvyagintsev podría formular. No necesita mostrar los horrores directamente porque lo más revelador no es la guerra en sí, sino la capacidad de mirar hacia otro lado. La lista de catorce empleados que Gleb debe entregar para la movilización militar es apenas un trámite molesto, una burocracia más que resolver entre sus otras preocupaciones. Que esas catorce personas sean vidas concretas con familias y miedos propios es algo que el relato registra sin que el protagonista parezca advertirlo. Esa brecha entre lo que vemos y lo que él percibe es donde vive la película.
Minotaur es deliberadamente lenta, y esa lentitud no es un defecto sino una postura. Hay una escena central que Zvyagintsev filma con una calma casi provocadora, como si el tiempo pudiera estirarse hasta revelar algo que la velocidad oculta. Esa misma lentitud puede leerse como un espejo de la parálisis colectiva, de esa inercia con que las sociedades asisten a sus propias catástrofes sin terminar de reaccionar. El título, que el propio director se ha negado a explicar, abre varias lecturas posibles. El Minotauro de la mitología griega no nació monstruo: fue hecho así por las ambiciones y los castigos de otros. Vivía encerrado en un laberinto alimentándose de sacrificios. Puede ser Gleb el monstruo, o puede ser el sistema que lo produce, o puede ser algo más vasto e inasible. Zvyagintsev confía en que el espectador complete esa ecuación, y esa confianza es, en sí misma, una forma de respeto.
Lo notable es que todo esto sucede sin que la película necesite gritar. En un momento en que decir ciertas cosas en voz alta tiene un costo real, Zvyagintsev encontró la manera de decirlas de todas formas.