Lucrecia Martel sorprendió en la 82ª edición del Festival de Cine de Venecia al presentar su primer largometraje documental, Nuestra Tierra, y aprovechar ese escenario internacional para denunciar la devastación que atraviesa Palestina, al mismo tiempo que reivindicó el valor del cine como herramienta para narrar las injusticias del presente. Durante la conferencia de prensa, la realizadora salteña se mostró conmovida y aseguró que “a diario vemos imágenes y sonidos de Palestina, un país que está siendo devastado, un pueblo devastado”, en un mensaje que rápidamente trascendió las fronteras del evento. La directora comenzó su intervención con un tono íntimo, casi confesional, al señalar que en otro momento de su vida había deseado jubilarse, pasar tiempo en la plaza, vivir en calma, pero que la historia la puso en esta encrucijada. “Nos ha tocado este tiempo”, expresó, dirigiéndose también a los más jóvenes y remarcando que la aspiración de la tranquilidad personal parece una ilusión imposible frente al contexto mundial actual. Para Martel, el cine recobra en este escenario una función crucial: la de ser un espacio de resistencia y de memoria en un tiempo donde la violencia y las injusticias se imponen con crudeza.
El largometraje que llevó a Venecia se titula Nuestra Tierra y se centra en un caso emblemático de violencia contra pueblos originarios en Argentina: el asesinato del líder indígena Javier Chocobar, ocurrido en 2009 en Tucumán. Chocobar, integrante de la comunidad Chuschagasta, fue asesinado por el terrateniente Darío Amín en medio de un conflicto territorial, mientras defendía el derecho de su pueblo a permanecer en sus tierras ancestrales. Amín fue condenado a 22 años de prisión, mientras que dos expolicías que participaron en el hecho también recibieron penas, aunque posteriormente fueron excarcelados. Martel relató que su acercamiento al caso surgió tras ver las imágenes grabadas con un celular que registraron el momento del ataque. Aquellas secuencias, difundidas en internet, la impactaron profundamente y la llevaron a iniciar una investigación que se extendió durante más de una década. El documental, desarrollado a lo largo de 14 años, combina materiales de archivo, documentos judiciales, entrevistas y filmaciones del juicio, que finalmente se llevó a cabo tras años de reclamos de la familia y la comunidad. La directora destacó cómo esas imágenes iniciales se volvieron más dolorosas al entender las raíces históricas y coloniales que explican la persistencia del racismo en Argentina.
En la rueda de prensa, Martel remarcó que la película también aborda cómo el lenguaje jurídico y las estructuras burocráticas han funcionado como mecanismos que perpetúan la exclusión de las comunidades originarias. “Esta película aborda los mecanismos racistas de nuestra lengua materna, que niegan a muchos el acceso a un espacio vital”, señaló. A través de Nuestra Tierra, la realizadora propone una mirada crítica que va más allá del crimen puntual y se adentra en las raíces de la violencia institucional. El film, que tuvo inicialmente el título de Chocobar, es una coproducción internacional en la que participan compañías de Argentina, Estados Unidos, México, Francia, Países Bajos y Dinamarca. El guion fue coescrito por Martel junto con la cineasta María Alché, mientras que el productor Benjamín Domenech subrayó que la obra busca ofrecer al público una comprensión profunda de los hechos pasados para poder imaginar un futuro más justo para los pueblos originarios.
En sus declaraciones, Martel reflexionó también sobre los dilemas éticos del cine documental. Reconoció que siempre existe la duda sobre si un realizador se aprovecha del dolor de una comunidad para circular por el mundo con una película. Sin embargo, aseguró que es necesario asumir ese riesgo histórico y político, porque el cine tiene la capacidad de tender puentes de comprensión hacia los otros y hacia uno mismo. “Por protegernos a nosotros mismos no dejemos de correr el riesgo histórico que es acercarse a tratar de entender a los otros, y a través de los otros a nuestros países y a nosotros mismos”, afirmó con convicción. En ese mismo sentido, criticó cierta tendencia contemporánea a encasillar los relatos en voces homogéneas, donde las mujeres hablan solo de mujeres, los hombres de hombres y los pueblos indígenas solo de sí mismos. “El cine entró en esa zona de impotencia. Es indispensable asumir el riesgo de conversar con los otros y cometer errores en esa conversación”, aseguró, planteando un desafío a la comunidad cinematográfica.
Al compartir su experiencia filmando el juicio por el asesinato de Chocobar, Martel explicó que solo se enteraron dos semanas antes de que se les permitiría grabar, lo que obligó a organizarse de manera improvisada. Describió el juicio como una puesta en escena dramática en la que se evidencian las artimañas del lenguaje que sostienen el racismo y la legitimidad cuestionada de la propiedad de la tierra. Para la cineasta, esa instancia terminó siendo un eje fundamental del relato fílmico, aun cuando en un principio había dudado en incluirla. La presentación de Nuestra Tierra en Venecia se convirtió así en un espacio no solo de proyección cinematográfica, sino también de denuncia y reflexión política. Martel utilizó la visibilidad de uno de los festivales más prestigiosos del mundo para enlazar dos escenarios de violencia: la devastación de Palestina y las luchas históricas de los pueblos indígenas en Argentina. Su intervención recordó que el cine, lejos de ser un mero entretenimiento, puede y debe ser una herramienta para iluminar las sombras de la injusticia y para incomodar a quienes prefieren mirar hacia otro lado.
Conferencia de prensa completa a partir del minuto 49: