Los vencedores (2026), de Pablo Aparo
"Escuchar al otro no diluye las propias convicciones, pero obliga a reconocer que incluso los conflictos más arraigados están hechos de experiencias humanas que desbordan cualquier relato cerrado o identidad construida desde la distancia."
Mirar al otro
Un cartel en la entrada de un bar en las islas establece una condición tajante: los argentinos serán bienvenidos solo cuando abandonen su reclamo de soberanía y reconozcan el derecho de autodeterminación de quienes viven allí. Esa frase, directa y sin matices, no funciona únicamente como provocación sino como síntesis de una posición que, vista desde la Argentina, suele percibirse lejana o incluso incomprensible. A partir de ese punto de partida, Los vencedores, de Pablo Aparo, se instala en un territorio incómodo, donde lo que está en juego no es tanto la disputa geopolítica en sí misma como la manera en que cada parte construye su propia verdad sobre ella.
Durante mucho tiempo, las Malvinas existieron en la conciencia argentina como una certeza incuestionable, sostenida por la educación, los discursos oficiales y una memoria colectiva atravesada por la guerra. Esa construcción, profundamente arraigada, se apoyó más en la repetición que en la experiencia directa. El territorio, en ese sentido, fue más una idea que un lugar concreto. El gesto de ir, de habitar ese espacio aunque sea de manera transitoria, implica entonces una ruptura con esa lógica: ya no se trata de imaginar sino de confrontar esa imagen con la realidad de quienes viven allí y que, en muchos casos, no comparten en absoluto esa narrativa.
Lo que aparece en ese encuentro no es simplemente una diferencia de opiniones, sino una distancia más profunda entre formas de entender la pertenencia. Para los habitantes de las islas, su identidad no está en discusión; se perciben como parte de otra tradición, con sus propias referencias culturales e históricas, y cualquier intento de integrarlos a un relato distinto es visto como una amenaza. Esa percepción, que desde la Argentina suele interpretarse como una consecuencia del colonialismo, se presenta aquí como una convicción personal y colectiva difícil de erosionar. El conflicto, en ese sentido, deja de ser un problema abstracto para volverse una experiencia cotidiana, sostenida en el tiempo y transmitida de generación en generación.
En ese desplazamiento del eje aparece una de las ideas más potentes: la figura del enemigo comienza a desdibujarse cuando se la observa de cerca. La guerra, que en los relatos nacionales tiende a organizarse en términos claros de bandos opuestos, adquiere otra dimensión cuando se la revisa desde las vivencias individuales. Los testimonios que recuerdan a soldados jóvenes, asustados, desprovistos de recursos y arrojados a una situación extrema por decisiones que no les pertenecían, introducen una fisura en la narrativa tradicional. El enfrentamiento ya no se define únicamente por la nacionalidad, sino por una condición compartida de vulnerabilidad frente a estructuras de poder que exceden a quienes las padecen.
Ese reconocimiento no implica una equivalencia simplista ni borra las responsabilidades históricas, pero sí habilita una lectura menos rígida. Si el enemigo deja de ser una categoría absoluta, entonces también se vuelve posible pensar el conflicto desde otro lugar. La hostilidad, que durante décadas se sostuvo como una prolongación simbólica de la guerra, empieza a aparecer como una construcción que puede ser revisada. No desaparece, pero pierde parte de su carácter inevitable. En ese contexto, el vínculo que se establece con algunos habitantes de las islas resulta particularmente revelador. La relación no elimina las diferencias ni produce un acuerdo, pero demuestra que es posible sostener una conversación incluso cuando las posiciones parecen irreconciliables. Hay una persistencia en el intercambio que no busca convencer sino comprender, y en ese proceso se abre un espacio donde la otra perspectiva deja de ser una abstracción para volverse concreta, con matices, contradicciones y emociones propias.
Al mismo tiempo, esa apertura convive con límites claros. Las posturas de muchos isleños se mantienen firmes, y en algunos casos se expresan en términos que clausuran cualquier posibilidad de negociación. La idea de que el conflicto podría resolverse mediante un simple entendimiento mutuo aparece entonces como insuficiente frente a una realidad más compleja, donde intervienen factores históricos, políticos y afectivos profundamente arraigados. Esa tensión entre apertura y cierre es, en definitiva, uno de los núcleos más significativos del recorrido.
Lo que queda es una invitación a revisar las propias certezas sin la necesidad de abandonarlas por completo. Pensar el conflicto desde una perspectiva más amplia no implica renunciar a una posición, sino reconocer que esa posición convive con otras igualmente consistentes para quienes las sostienen. En un escenario donde las identidades suelen afirmarse en oposición, la posibilidad de introducir matices se vuelve un gesto relevante. Así, la experiencia de acercarse a ese territorio y a sus habitantes no resuelve el conflicto ni pretende hacerlo, pero sí modifica la manera en que puede ser pensado. La distancia entre las partes sigue siendo considerable, pero ya no se sostiene únicamente en la ignorancia o en la repetición de consignas, sino en un conocimiento más directo de aquello que está en juego. En ese desplazamiento, quizás, se encuentre una forma distinta de entender no solo la derrota o la victoria, sino el sentido mismo de seguir discutiéndolas.