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Crítica
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Yes, Nadav Lapid

Los nadadores (2026), de Sol Iglesias SK

"Lo que define a esta obra no es su avance narrativo, sino su capacidad para sostener una atmósfera de "fantástico de la percepción". Al igual que en la tradición de cierta literatura argentina donde la extrañeza surge de un ligero desvío en la mirada, la película transforma el verano bonaerense en una distopía lisérgica."

El verano que nunca termina

La idea del apocalipsis suele estar ligada a la estridencia, pero en Los nadadores el fin del mundo se manifiesta como una siesta eterna y sofocante. La ópera prima de Sol Iglesias SK propone un giro radical al relato del desastre climático: aquí no hay épica, solo la languidez de un grupo de jóvenes que habita los restos de una zona elitista en las afueras de Buenos Aires. El colapso no llega con un estruendo, sino con un termómetro que marca los 47 grados y una ciudad que se vacía en un silencio sepulcral, roto únicamente por el rugido de los aviones que transportan a quienes aún pueden permitirse la huida.

Lo que define a esta obra no es su avance narrativo, sino su capacidad para sostener una atmósfera de “fantástico de la percepción”. Al igual que en la tradición de cierta literatura argentina donde la extrañeza surge de un ligero desvío en la mirada, la película transforma el verano bonaerense en una distopía lisérgica. Victoria, Maqueta, Marcos y el Rubio no son personajes que busquen la salvación; son cuerpos cansados que deambulan entre mansiones abandonadas y vías de tren, buscando en las piscinas de agua turbia un bálsamo contra una luz que se niega a apagarse. El día eterno, esa falta de noche que distorsiona el paso del tiempo, convierte la supervivencia en un acto de deriva casi ritual.

Resulta revelador el modo en que la dirección aborda el desencanto generacional. Frente a un futuro inexistente, estos jóvenes optan por el repliegue en un micromundo sensorial. No hay rebeldía en el sentido tradicional, sino una resignación curiosa, una apatía que se vuelve resistencia. Se hidratan con bebidas tibias, fuman y conversan en diálogos breves mientras el entorno se vuelve progresivamente más amenazante. La película logra que el espectador sienta el peso del aire, la pegajosidad de la piel y la tensión latente de un mundo que se está derritiendo. La música y el diseño sonoro, donde los sonidos del aeropuerto cercano funcionan como un metrónomo del éxodo, terminan por configurar un clima opresivo que, paradójicamente, resulta hipnótico.

En términos visuales, la apuesta es de un minimalismo radical. La cámara se detiene en las piletas descuidadas, llenas de hojas y suciedad, que sin embargo representan el último espacio de libertad y placer para los protagonistas. Hay una búsqueda de belleza en la degradación, una mirada que privilegia la textura de la luz y el silencio por encima de las explicaciones didácticas sobre el cambio climático. La directora, cuya formación polifacética se percibe en cada encuadre, evita el dramatismo fácil para sumergirnos en una experiencia que es, a la vez, amable y desesperante. Es refrescante encontrar una propuesta que confía tanto en el poder de la imagen y el sonido para narrar la desolación. Los nadadores es una película hecha por y sobre jóvenes que eligen la poesía de lo mínimo frente al vacío informativo y la saturación de datos. La obra se permite ser lánguida, ser irregular y dejarse llevar por la misma corriente de incertidumbre que arrastra a sus personajes. Al final, lo que queda es la sensación de un tiempo suspendido, de una juventud atrapada en el ocio como forma de supervivencia mientras el sistema se desmorona a su alrededor. Es un retrato de la existencia contemporánea: un grupo de amigos flotando en aguas poco transparentes, esperando que el sol, de alguna manera, deje de quemar, aun sabiendo que probablemente el refugio sea solo una ilusión momentánea antes del colapso definitivo.

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