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Crítica
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Yes, Nadav Lapid

Los bobos,
de Sofía Jallinsky Basovih Marinaro

"La pregunta que termina instalándose —¿quiénes son realmente los bobos acá?— no tiene respuesta dentro del film, y la película tiene la inteligencia de no pretender que la tiene."

El mundo según…

Una organización ofrece un servicio muy particular: convertir personas en bobos. Clientes con poder y con algo que resolver, una herencia complicada, un empleado que sabe demasiado, un familiar que estorba, contratan a un dúo para que aplique descargas eléctricas a domicilio siguiendo un protocolo preciso. Sedar al elegido, ejecutar el procedimiento, cobrar. Negocio es negocio.

Que la premisa suene a chiste no es un accidente. Sofía Jallinsky y Basovih Marinaro trabajan exactamente en esa grieta entre lo absurdo y lo siniestro, y Los Bobos es hasta ahora su exploración más ambiciosa de ese territorio.

Lo que hace interesante a la película no es el procedimiento en sí sino lo que rodea al procedimiento: la rutina, la normalización, la lógica interna perfectamente coherente de personas que simplemente decidieron no pensar demasiado en lo que hacen. Hay demanda, tienen el método, necesitan el dinero. El problema ético no resulta urgente hasta que deja de convenirles ignorarlo. Y es ahí, cuando las lealtades se agrietan y los protagonistas empiezan a mirarse con otros ojos, donde la película muta y se vuelve algo más difícil de clasificar.

Porque Los Bobos es, entre otras cosas, una película sobre la complicidad cotidiana. No la complicidad dramática del cine de género, sino la burocrática, casi administrativa, que permite que ciertas cosas sucedan mientras nadie hace preguntas. La pregunta que termina instalándose, ¿quiénes son realmente los bobos acá?, no tiene respuesta dentro del film, y la película tiene la inteligencia de no pretender que la tiene.

Humor y horror conviven sin que ninguno cancele al otro. Hay momentos de una comicidad extrañísima, casi de sketch, seguidos de situaciones que generan incomodidad genuina, física. No es manipulación emocional: es construcción deliberada. Cada escena parece diseñada para producir exactamente esa sensación de no saber cómo reaccionar, de reírse y luego preguntarse por qué. Debajo de todo esto late algo reconocible: los poderosos que pagan para eliminar a quienes les estorban no son figuras inventadas de la nada. Son apenas una exageración de una forma específica de entender el dinero y las personas, y esa levedad con la que la película lo desliza, sin subrayarlo, sin gritarlo, dice más que cualquier denuncia explícita.

El elenco de colaboradores habituales sostiene registros contradictorios con una naturalidad que solo da la confianza construida con tiempo. Y la puesta, más poblada de personajes y locaciones que en trabajos anteriores de la dupla, demuestra que Jallinsky y Marinaro pueden escalar sin perder lo que los define: esa capacidad de generar incomodidad genuina desde lugares que el cine argentino raramente visita.

Los Bobos no es una película para ir a relajarse. Es para salir con algo que no estaba antes: una pregunta, un malestar, la sospecha incómoda de que la distancia entre los personajes y uno mismo es bastante más corta de lo que parecía al principio.

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