Loca por la vida (Une vie démente, 2020), de Ann Sirot y Raphaël Balboni

“El común olvido”

Por Sabrina Palazzino.

 

Loca por la vida (Une vie démente, 2020) de Ann Sirot y Raphaël Balboni es una auténtica comedia dramática que traduce con humor, ternura y bastante realidad el sacudón que implica la enfermedad mental de un ser querido. Con un tono ameno y para nada lastimoso, la premisa de esta película se alimenta de tres personajes adorables y prácticos a su modo. 

Alex y Noémie son una pareja establecida promediando los 30 años y desean ser padres. Los planes dan por sí solos un volantazo cuando a la madre de Alex, Suzanne, una directora de galería de arte vivaz y rebosante de autonomía, le detectan una enfermedad degenerativa llamada demencia semántica, un tipo de Alzheimer. 

Tras un olvido que detona la preocupación, aparece el diagnóstico y a partir de ahí son las escenas cotidianas las que estructuran este relato en el que lo mínimo cuenta que esa pequeñez, atravesada por el peso de las circunstancias, se vuelve tan enorme como un mundo entero y nuevo del que hay que aprenderlo todo. El montaje de jump cuts acerca a la pantalla la subjetividad de Suzanne con sus confusas asociaciones materializando esa inestabilidad que se propaga en la dinámica familiar. Otra apuesta en este sentido es la palpable frescura de los diálogos, que pondera ensayos y espontaneidad por sobre el orden supuestamente lógico de una conversación estudiada. Alex y Noémie conforman una pareja casi estratégica para la supervivencia y sus diferentes aproximaciones al padecimiento terminan de ajustar un equilibrio responsable que sostiene, a veces hasta el ridículo, la risa y el dolor. 

Conforme avanza la trama Suzanne, con arranques típicamente infantiles, comienza a desplazar visiblemente el proyecto de un bebé en la familia, para ir copando su lugar (probablemente sean los minutos finales de la película los que cristalicen mejor esta premisa). En Loca por la vida las cosas pasan y no hay mucho tiempo para hacer planes. El arte y vestuario van reptando sobre los personajes hasta confundirlos con los espacios, un tipo de invasión amable, incluso un gesto reconciliatorio con ese entorno inevitable, pero no trágico. Y si estas estrategias quedaran veladas por cualquier caso, a medida de que se acentúa la enfermedad, planos cerrados de una obra plástica diluyéndose en el agua terminan de sellar la idea: el naufragio, y la decisión de flotar o desarmarse. 

Uno de los aspectos más luminosos de esta comedia quizá sea la decisión de la dupla de directores de centrar la historia en ese momento de la adultez donde los hijos comienzan a ser, un poco, los padres de sus padres. La demencia, al subvertir ese sistema de roles, hace que el hijo llegue incluso a preguntarse si una foto de su madre sonriendo no será de mal gusto: en la imagen su felicidad, ahora tan extraña, la vuelve una otra irreconocible. Pero Suzanne se ve feliz, entonces, ¿por qué no? La duda es atendible. Representar el desgarro supone ese riesgo, y también ese miedo. La película de Sirot y Balboni camina por los bordes del absurdo sin nunca llegar a tumbarse y regala una mirada atenta a los detalles de ese devenir caótico proponiendo alternativas más que lamentos.

Titulo: Une vie démente

Año: 2020

País: Bélgica

Director: Raphaël Balboni y Ann Sirot

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