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Lo que el dinero no puede pagar. Sobre Moscas, de Fernando Eimbcke

"En un mundo donde todo tiene precio, la salud, la vivienda, el tiempo de un padre, la ternura que aparece no estaba prevista en ningún presupuesto. Sucede por fuera del cálculo, casi a pesar de él."

Yes, Nadav Lapid

Hay una escena, casi administrativa, que resume mejor que ninguna otra el corazón de Moscas: una mujer mayor se sienta frente a un médico que le explica que el arreglo de su pie requiere anestesia local, y esa anestesia cuesta más de lo que ella puede permitirse. No hay música ni gesto grandilocuente. Solo un número que no cierra. A partir de ese momento, todo lo que sucede en la película de Fernando Eimbcke puede leerse como una consecuencia de esa cifra: una vida se reorganiza entera porque un cuerpo envejecido necesita dinero que no existe. Conviene detenerse en ese origen porque suele pasarse por alto. Moscas no empieza como una historia de encuentro entre una mujer solitaria y un niño que la conmueve; empieza como un problema de caja. Olga vive de manera austera, casi monástica, en un departamento que mantiene impecable, y ese cuidado obsesivo por el orden doméstico es también, aunque ella no lo diga así, una forma de administrar recursos escasos. Cuando decide alquilar el cuarto vacío de su casa, no lo hace por compañía ni por generosidad: lo hace porque ha visto los anuncios de gente que busca habitación cerca del hospital y entiende que ahí hay una oportunidad de ingreso. La necesidad de cubrir una cirugía menor abre, sin que ella lo busque, la puerta de su vida privada a un desconocido.

Ese desconocido, Tulio, entra en el relato bajo la misma lógica. Su esposa está internada, su dinero se va en medicinas y traslados, y necesita un techo barato cerca del hospital para no perder tiempo ni transporte. La habitación de Olga no es un gesto de hospitalidad sino una transacción que ambos necesitan por igual. Lo que complica el acuerdo, sin embargo, no es el dinero sino lo que el dinero no contempla: un niño de nueve años que no cabe en ningún contrato, porque cuidarlo no es una tarea que se pueda tercerizar cuando no hay con quién dejarlo. Tulio esconde a Cristian no por capricho sino porque no tiene alternativa: no hay guardería, no hay familiar disponible, no hay más dinero para pagar otra habitación. El cuidado del hijo, ese trabajo invisible que no figura en ningún recibo, es justamente lo que rompe el equilibrio económico que sostenía el arreglo. Cuando Olga descubre al niño, su reacción no es la de alguien que se siente traicionada en lo afectivo, sino la de alguien que ve amenazado un cálculo. Exige que se vayan, o que paguen más, porque para ella el cuidado ajeno tiene un precio y ese precio no estaba en el acuerdo original. Es una respuesta dura, pero no gratuita: Olga también está calculando cuánto puede permitirse sentir por los demás, de la misma manera en que calcula cuánto puede permitirse una cirugía. Su frialdad no es un rasgo de carácter aislado, es el resultado de años administrando una vida que no le sobra en nada, ni en dinero ni en compañía.

La partida de Tulio a buscar trabajo es la bisagra que obliga a la película a mostrar su verdadero tema. Al quedarse Cristian solo con Olga, el cuidado, hasta entonces un servicio que se compraba y se pagaba, se convierte en una obligación que nadie facturó. Nadie le paga a Olga por vigilar al niño, y sin embargo ella termina haciéndolo: dándole dinero para comer, buscándolo cuando desaparece, acompañándolo al hospital. Ese tránsito, del alquiler como transacción al cuidado como entrega no remunerada, es la idea más honesta de la película: en un mundo donde todo tiene precio, la salud, la vivienda, el tiempo de un padre que debe ausentarse para sostener a su familia, la ternura que aparece no estaba prevista en ningún presupuesto. Sucede por fuera del cálculo, casi a pesar de él.

Cristian, por su parte, aprende rápido que el afecto también puede negociarse. Su instinto para identificar qué necesitan las guardias del hospital, qué las ablanda, qué las hace mirar para otro lado, no es simple picardía infantil: es la lógica de un niño que ha entendido, quizás sin poder explicarlo, que el cariño de los adultos también se consigue, se administra, se intercambia. La distancia entre esa habilidad y la frialdad transaccional de Olga es más corta de lo que parece; ambos, a su manera, saben que sobrevivir exige entender el valor de las cosas, incluido el valor de conmover a alguien.

Lo notable de Moscas es que no resuelve esta tensión con un discurso, sino que la deja intacta hasta el final. El dinero sigue siendo escaso, la enfermedad sigue costando, el trabajo de Tulio sigue exigiendo ausencia. Lo único que cambia es que, en medio de esa precariedad, Olga y Cristian encuentran un espacio, un videojuego viejo, una tarde compartida, donde el cuidado deja de ser una cuenta pendiente y se vuelve, por un rato, gratuito. La película no romantiza la pobreza ni sugiere que la escasez sea buena maestra de vínculos; constata algo más simple y más triste: que en un sistema donde cuidar a otro cuesta dinero, cuidar sin cobrar nada a cambio se vuelve casi un acto de rebeldía silenciosa.

Vista así, la película se aleja del cuento de redención fácil y se acerca más a un retrato incómodo del cuidado en las ciudades contemporáneas: un recurso escaso que se compra, se raciona y se niega cuando no hay con qué pagarlo. Olga no se ablanda porque descubra de pronto que tiene buen corazón, sino porque la convivencia forzada por la necesidad económica genera algo que ninguna de las dos partes buscaba al firmar el arreglo. Ahí está el gesto más lúcido de Eimbcke: la ternura que aparece en medio de la precariedad no prueba que el sistema funcione, sino que evidencia todo lo que ese sistema deja sin resolver. El pie de Olga, la quimioterapia de la esposa de Tulio, el salario que obliga a un padre a ausentarse: ninguno de esos problemas se resuelve al final. Lo único que cambió es que dos personas aprendieron, por un tiempo, a sostenerse sin que mediara un precio. Es un consuelo pequeño, pero es el único que la película se permite ofrecer, y por eso resulta tan verosímil: no promete que el afecto arregle la economía de nadie, solo insiste en que puede aparecer, brevemente, en sus grietas.

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