“Mundos para sobrevivir“
Por Felipe Jacobsen
En LifeLike (2025), Ali Vatansever se adentra en un territorio íntimo y doloroso: el de una familia común enfrentada a la certeza inamovible de la muerte. En un pequeño piso de una ciudad turca, Izzet convive con sus padres, Reyhan y Abdi, mientras su cuerpo se apaga y su mundo se reduce a una cama. La enfermedad, palabra que la familia evita como si nombrarla pudiera precipitar lo inevitable, se convierte en el centro silencioso de la vida doméstica. Reyhan se aferra a la esperanza con una obstinación que raya la fantasía, convencida de que sus remedios caseros y sus rituales compartidos con miles de seguidores pueden “curar” lo que los médicos ya han dado por perdido. Abdi, en cambio, busca respuestas en la fe, incapaz de aceptar la prolongación del sufrimiento de su hijo, y debatido entre la compasión y la idea, prohibida por su religión, de abreviar el dolor. En ese rincón gris de la existencia, los tres se mueven entre la negación, el miedo y la necesidad desesperada de encontrar un sentido a lo que les ocurre.
Solo en el universo alternativo de la realidad virtual, Izzet recupera algo parecido a la vida: puede caminar, bailar, conversar, convertirse en alguien capaz de experimentar una alegría que su cuerpo ya no permite. Allí conoce amistades improbables, figuras híbridas y luminosas que lo acompañan en un espacio donde nada duele. Esa segunda vida no solo le ofrece consuelo, sino también una identidad nueva, libre de la fragilidad que domina su día a día. A través de este contraste, el brillo de los avatares frente al silencio espeso de la habitación real, la película explora la necesidad humana de escapar, de inventar refugios cuando lo real se vuelve insoportable, de construir mundos paralelos en los que aún sea posible amar, reír o sentir la ilusión de un futuro. Mientras Izzet se adentra más y más en ese cosmos virtual, su madre se hunde en la fachada amable que ofrece la influencia digital y su padre se pierde entre plegarias incumplidas y la búsqueda de un milagro improbable, ya sea una planta sanadora o la posibilidad de un último viaje compartido.
El film termina por convertirse en un retrato de tres formas de afrontar la pérdida: la mentira piadosa, la esperanza irracional y la búsqueda de trascendencia. Vatansever no juzga a ninguno; los observa con la misma compasión que su protagonista ofrece a sus avatares. LifeLike propone que la tecnología no solo sirve para evadir la realidad, sino también para revelar aquello que el dolor oculta: el deseo de seguir viviendo, aunque sea en otro plano. En ese tránsito entre lo real y lo imaginado, entre la despedida inevitable y los mundos que construimos para soportarla, la película encuentra su fuerza emocional, dejando en el espectador una reflexión sobre las formas, a veces contradictorias, a veces profundamente humanas, en que enfrentamos lo irreparable.