L’Etranger (2025), de François Ozon
"la pregunta que la película deja flotando es la misma de siempre: si Meursault estaba equivocado, ¿en qué exactamente?"
El hombre que no mintió
Hay algo profundamente incómodo en Meursault, el protagonista de la adaptación que François Ozon hizo de El extranjero, y esa incomodidad no proviene de sus actos sino de su honestidad. Camus construyó en 1942 un personaje que se niega a fingir lo que no siente, y Ozon tiene la inteligencia de no suavizarlo ni volverlo más simpático para la pantalla. Lo que en la novela se filtra a través de una voz narrativa en primera persona que genera cierta complicidad con el lector, en la película queda expuesto sin red: vemos a Meursault desde afuera, y lo que vemos resulta, a ratos, casi insoportable. Matar a un hombre es, en el universo de esta historia, un pecado menor que no llorar en el entierro de la propia madre. Lo que se juzga en el tribunal no es un asesinato sino una actitud, una forma de estar en el mundo que desafía los códigos emocionales sobre los que descansa toda convención social.
Lo que Ozon logra, y no era un logro menor, es mostrar que Meursault no es un rebelde. No hay en él ningún programa ideológico, ninguna declaración de principios, ninguna voluntad de provocar. Su indiferencia no es una pose intelectual sino algo más perturbador: es genuina. Nada le importa demasiado, ni el amor ni la muerte ni su propio futuro, y sin embargo esa nada no lo convierte en un monstruo sino en una especie de espejo incómodo. Frente a él, todos los demás personajes, su novia, que lo desea y no termina de entenderlo; su abogado, que necesita desesperadamente construirle una historia coherente; el sacerdote que lo visita en la cárcel, aparecen ocupados en la misma tarea: sostener una ficción colectiva según la cual la vida tiene un sentido que justifica el dolor, el duelo, el arrepentimiento. Meursault simplemente no puede o no quiere participar en ese acuerdo tácito, y la película tiene el coraje de no juzgarlo por eso.
El absurdo que Camus exploró a lo largo de toda su obra encuentra en esta historia su expresión más descarnada, y Ozon lo traslada a la pantalla sin volverlo abstracto. No es una filosofía sino un hombre concreto que dispara bajo el sol de Argel y no sabe muy bien por qué. La explicación que ofrece, que la luz enceguecedora alteró el ritmo del día, es ridícula y al mismo tiempo completamente sincera. En un universo que carece de propósito, los actos no tienen raíces morales profundas. Lo verdaderamente escalofriante no es que Meursault crea eso, sino que en cierta medida tiene razón, y que la civilización entera está construida sobre el esfuerzo colectivo de no admitirlo.
La película también enfrenta, con más decisión que la novela original, una dimensión política que Camus dejó flotando sin resolver del todo. Meursault mata a un árabe en el Argel colonial de los años cuarenta, y en el libro ese hombre no tiene nombre ni historia ni peso narrativo propio. Ozon elige darle un nombre, darle una hermana, insinuar una vida. No lo hace de manera grandilocuente ni convierte la película en una denuncia, pero el gesto es significativo: reconoce que hay una herida en el texto original, una ausencia que habla tanto de la mirada colonial como de la disociación del protagonista. Esa decisión no traiciona a Camus sino que lo completa, o al menos lo interroga con honestidad.
Lo que permanece, más allá de cualquier lectura política o filosófica, es la figura solitaria de un hombre que va hacia la muerte sin haber aprendido a mentir. Cuando Meursault se abre por fin a lo que Camus llamó “la tierna indiferencia del mundo”, hay algo que no es exactamente paz pero se le parece: la rendición de quien acepta que el universo no le debe ninguna explicación. Esa extrañeza suya, que al principio parece frialdad o patología, termina revelándose como una forma brutal de lucidez. Y la pregunta que la película deja flotando es la misma de siempre: si Meursault estaba equivocado, ¿en qué exactamente?