Les Yeux Verts (2026), de Fanny Liatard y Jérémy Trouilh
"El hogar puede estar en un bosque, una amistad, una familia o una promesa de futuro. Puede incluso existir durante un tiempo dentro de la imaginación. Pero cuando alguien ha conseguido construirlo, perderlo significa algo más profundo que cambiar de dirección: significa volver a empezar"
El lugar donde empieza el hogar
Hay lugares que se convierten en hogar mucho después de haber sido habitados. Para quien ha debido abandonar su país, la idea de pertenencia puede quedar suspendida durante años, sometida a documentos, decisiones administrativas y circunstancias que escapan a su voluntad. Les Yeux Verts, de Fanny Liatard y Jérémy Trouilh, parte de esa incertidumbre para construir una historia sobre dos hermanos iraquíes que han encontrado en la región francesa de Landes una forma posible de futuro y descubren que incluso aquello que parecía adquirido puede desaparecer de un día para otro. Chaya y Nour viven con su padre después de haber dejado atrás un país marcado por la guerra y por la pérdida de su madre. En Francia han construido vínculos, rutinas y recuerdos. El paisaje que los rodea ha dejado de ser simplemente el lugar donde viven: se ha convertido en una extensión de su propia identidad. Por eso, cuando reciben la noticia de que su solicitud de asilo ha sido rechazada, lo que se pone en juego excede la posibilidad de permanecer en un territorio. La amenaza consiste en volver a perder una vida que ya habían empezado a considerar.
La película encuentra en la relación entre los hermanos una manera de pensar esa experiencia. Chaya conserva una confianza obstinada en que existe una salida, mientras Nour percibe con mayor intensidad el peso de una realidad que parece cerrarse a su alrededor. Sus distintas formas de enfrentarse al miedo permiten observar cómo una misma situación puede producir respuestas diferentes. También plantean una pregunta sobre la infancia: qué ocurre cuando los niños deben comprender demasiado pronto decisiones políticas, legales y económicas que determinan su existencia. En ese punto aparece una de las ideas centrales de Les Yeux Verts: el hogar no es solamente un origen. Puede construirse con amistades, afectos, objetos, recorridos cotidianos y pequeños rituales que otorgan sentido a un territorio. La pertenencia, entonces, no depende necesariamente de haber nacido en un lugar, sino de haber podido imaginar allí una continuidad. El problema es que el sistema que regula la vida de los refugiados puede reducir esa continuidad a una resolución administrativa.
El llamado síndrome de resignación, que lleva a Nour a sumergirse en un estado de aislamiento, funciona dentro de la película como una expresión extrema de esa imposibilidad de sostener la realidad. Su cuerpo parece retirarse de un mundo que ya no puede ofrecerle una respuesta. La enfermedad adquiere así una dimensión simbólica: cuando todas las puertas parecen cerradas, el sueño puede convertirse en el último espacio donde existe una posibilidad de refugio. A partir de allí, Les Yeux Verts desplaza su mirada hacia una zona donde realidad e imaginación se contaminan. Chaya intenta alcanzar a su hermano y acompañarlo en ese territorio interior, mientras la naturaleza adquiere una presencia asociada a la libertad y la transformación. El mundo que los adultos organizan mediante fronteras, leyes y permisos encuentra un contrapunto en un paisaje que no establece quién puede pertenecer y quién debe marcharse.
Esa tensión permite que la película piense la migración desde un lugar íntimo. El refugiado deja de aparecer como una categoría política y recupera una dimensión: alguien que quiere continuar su vida junto a las personas que ama. La cuestión de las fronteras se vuelve entonces inseparable de otra, más sencilla: cuánto necesita una persona para sentir que ha llegado a casa.
Les Yeux Verts encuentra su fuerza en esa pregunta. Frente a un presente atravesado por desplazamientos y expulsiones, la película propone mirar la pertenencia como una construcción frágil pero persistente. El hogar puede estar en un bosque, una amistad, una familia o una promesa de futuro. Puede incluso existir durante un tiempo dentro de la imaginación. Pero cuando alguien ha conseguido construirlo, perderlo significa algo más profundo que cambiar de dirección: significa volver a empezar.









