“En clave adolescente“
Por Valentina Soto
La adolescencia suele presentarse como un tiempo suspendido, un paréntesis donde todo es posible y, a la vez, nada está garantizado. Les immortelles se instala en ese territorio incierto para explorar la amistad de dos chicas que se creen indestructibles, hasta que la vida las sorprende con su crudeza. Caroline Deruas Peano traza un retrato íntimo que habla de sueños compartidos, de la necesidad de huir del lugar de origen y, sobre todo, de la experiencia de perder a alguien cuando aún no se ha aprendido a convivir con la idea de la muerte.
Charlotte y Liza, inseparables desde la infancia, viven en un pueblo del sur de Francia a comienzos de los años noventa. Sus días están llenos de rutinas escolares, tardes interminables y conversaciones que parecen no tener final. Pero más allá de la monotonía, las une un proyecto vital: mudarse a París y empezar una banda. El plan encarna todo lo que desean: libertad, intensidad y un futuro escrito por ellas mismas. Es la promesa de una vida más grande que la que sus padres parecen resignados a aceptar.
Sin embargo, la relación entre ambas no está exenta de tensiones. Charlotte, marcada por la incomodidad de un hogar donde el padre impone un orden sofocante y la madre parece resignada a su propia frustración, deposita en la amistad la esperanza de un escape definitivo. Liza, en cambio, se deja arrastrar por dudas y distracciones: un romance incipiente con un chico local, el peso de las expectativas familiares, la sensación de que quizá el gran sueño parisino no le pertenece del todo. Esa diferencia no rompe el vínculo, pero lo matiza: mientras Charlotte se aferra con desesperación, Liza parece tener un pie en otro lugar. El título de la película resuena con ironía: “Las inmortales”. Porque a los diecisiete, las chicas sienten que nada podrá separarlas, que la eternidad les pertenece. Y, sin embargo, la muerte llega sin aviso. Liza enferma y su ausencia transforma todo en un abismo. Charlotte, perdida, se enfrenta al derrumbe de las certezas juveniles. Lo que parecía eterno se revela fugaz, y lo que parecía seguro se vuelve frágil. A partir de esa ruptura, la historia adquiere un tono distinto. La realidad se mezcla con lo onírico: Charlotte imagina reencuentros, sueña con conversaciones que nunca sucedieron, construye un espacio donde la amistad aún es posible. La película invita a pensar que la memoria y la imaginación pueden ser un territorio tan válido como el presente. Allí, las promesas juveniles siguen vivas, aunque sea en forma de eco.
Les immortelles se convierte así en una reflexión sobre la adolescencia como tiempo de excesos emocionales, donde cada gesto tiene un peso desmesurado y cada pérdida se siente irreparable. No se trata solo de contar una tragedia, sino de capturar esa intensidad que caracteriza los diecisiete años: la risa compartida en un recreo, la sensación de que una mirada lo dice todo, la certeza de que con una amiga al lado no hay nada imposible.
Lo que conmueve de la película es precisamente su manera de equilibrar lo ligero y lo doloroso. Hay escenas que destilan ternura, humor y complicidad, y otras donde la crueldad de la vida se impone con toda su violencia. En ese vaivén, Caroline Deruas Peano logra transmitir una idea esencial: lo que hace inmortales a las personas no es el tiempo que viven, sino el lugar que ocupan en la memoria de quienes las aman. Les immortelles no es solo una historia de pérdida, sino un homenaje a la amistad como refugio y como legado. Porque cuando alguien se va demasiado pronto, lo que queda es la huella de los instantes compartidos, esos fragmentos de juventud que se convierten en amuletos contra el olvido. Y en esa permanencia, quizás sí se encuentre un modo de ser inmortal.