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La Vénus électrique (2026), de Pierre Salvadori

"La premisa tiene potencial: mentira, duelo, clase social, identidad. Pero Salvadori parece más interesado en la superficie pintoresca que en las grietas que se abren debajo."

Cortocircuito en los años veinte

Hay algo melancólico en una película que promete chispa y no logra encender ni una vela. La Vénus électrique, la nueva propuesta de Pierre Salvadori, llega cargada de ingredientes tentadores: el París de los años veinte, un carnaval de personajes estrafalarios, una protagonista atrapada en una doble identidad y una trama que mezcla el espiritismo con el amor tardío. El problema es que todos esos elementos conviven sin terminar de tocarse.

Suzanne, interpretada por Anaïs Demoustier, trabaja como atracción en un espectáculo ambulante: la Venus Eléctrica que besa a desconocidos mientras recibe descargas que le queman las manos. Su existencia es la de alguien que vive para el simulacro ajeno, sin espacio para el propio. Cuando un pintor borracho llamado Antoine, Pio Marmaï en un rol que le exige poco y le da menos, la confunde con la médium del circo, Suzanne improvisa una sesión espiritista y termina engañándolo durante semanas, haciéndose pasar por un canal hacia su amante muerta. La premisa tiene potencial: mentira, duelo, clase social, identidad. Pero Salvadori parece más interesado en la superficie pintoresca que en las grietas que se abren debajo.

El guion, elaborado a partir de una idea de Rebecca Zlotowski y Robin Campillo, construye un andamiaje razonablemente sólido. Sin embargo, el ritmo se vuelve pesado en los tramos centrales, especialmente cuando los flashbacks sobre Irène, la amante fallecida, se acumulan sin añadir demasiado a lo que ya sabemos. El diario que Suzanne lee con avidez termina convirtiéndose en un recurso redundante que frena lo que debería ser una comedia con impulso. El mayor déficit es afectivo. Entre Suzanne y Antoine nunca se genera la tensión necesaria para que el desenlace funcione. Demoustier hace lo posible con un papel que le pide más picardía física de la que el director parece dispuesto a concederle. Marmaï, por su parte, queda atrapado en la figura del artista culposo sin que la película explore con honestidad esa culpa. Gilles Lellouche, como el marchante de arte, aporta algo de energía, pero en los márgenes.

La Vénus électrique no es un fracaso rotundo: tiene momentos de gracia, una fotografía que evoca el periodo con elegancia discreta y una ambición narrativa que merece respeto. Pero Salvadori, que demostró en Sin precio que sabe construir comedias románticas con ingenio real, aquí se queda a mitad de camino entre la ligereza que prometía y la emoción que nunca llega. El beso eléctrico resulta, al final, bastante inofensivo.

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