La conversación sobre el papel de la inteligencia artificial en el cine documental volvió a encenderse el 15 de noviembre, cuando realizadores y especialistas se reunieron para analizar tanto sus promesas como sus peligros éticos. La moderación estuvo a cargo de Elizabeth Klinck, quien abrió el encuentro reconociendo que la IA encierra “lo bueno, lo malo y lo feo”, pero invitó a centrarse en las potencias positivas que puede aportar al cine de no ficción. Entre los participantes se encontraban figuras destacadas como David France y Marc Isaacs, ambos presentes en IDFA 2025 con sus nuevos trabajos, así como Eugen Bräunig y la invitada de honor del festival, Susana de Sousa Dias. Desde el inicio, France marcó el tono de la discusión al rememorar el desafío de proteger a los protagonistas de su documental Welcome to Chechnya (2020), obra que retrata una red clandestina dedicada a rescatar a personas LGBTQ+ perseguidas en la república rusa. Para evitar represalias, el equipo recurrió a una técnica basada en IA que permitía “prestar rostros” de voluntarios de la comunidad queer neoyorquina a quienes estaban en peligro, un proceso complejo debido al riesgo extremo que enfrentaban las fuentes.
Bräunig, colaborador de France en el proyecto, detalló el funcionamiento de esa herramienta, que mediante aprendizaje automático superponía los rostros de los “donantes” sobre los de los protagonistas, imitando sus expresiones como si se tratara de un guante que se adapta a la anatomía original. Aunque la técnica recuerda a los deepfakes, los cineastas remarcaron que el proceso implicó un riguroso protocolo ético, que incluía consentimiento informado en varias etapas y explicaciones al público sobre el uso de estas intervenciones digitales. France señaló que, aunque el filme solo advertía que las personas habían sido “digitalmente disfrazadas”, la leve aura que rodeaba los rostros sustituidos funcionaba como un mensaje visual: ahí había una manipulación responsable destinada a proteger vidas, no a engañar a la audiencia.
Esa preocupación por la confianza del espectador fue retomada por Bräunig para explicar por qué la Archival Producers Alliance publicó en 2024 sus Buenas prácticas para el uso de IA generativa en documentales. Señaló que la proliferación de imágenes sintéticas, que ya superan en volumen a las reales, obliga a los creadores a establecer sus propias normas en un territorio que describió como “el Lejano Oeste”. En su intervención, subrayó la necesidad de que los documentalistas asuman un compromiso ético con su público y con el oficio, imponiéndose estándares que permitan mantener la integridad del relato y siendo transparentes cuando la inteligencia artificial interviene en la construcción de imágenes. Más que un reglamento estricto, las guías plantean preguntas, advertencias y estrategias para comunicar claramente el uso de tecnologías generativas.
Sobre ese punto profundizó Susana de Sousa Dias, quien advirtió que las herramientas de IA han entrado en el campo documental con la promesa de “rellenar vacíos de la memoria visual” e incluso reconstruir “imágenes, voces y cuerpos que nunca fueron registrados”. Especialista en trabajar con archivos y en explorar lo que las imágenes ocultan o borran, la realizadora alertó sobre el riesgo de que estas recreaciones comprometan el estatus documental del material y su valor como testimonio. A su juicio, la tecnología puede inducir a algunos espectadores a aceptar imágenes falsas como si fueran verídicas o, en sentido contrario, a desconfiar de toda evidencia visual. Ambos extremos, dijo, sacuden el “régimen de verdad” en que se sostiene el documental y obligan a preguntarse si cada avance técnico va a reforzar dispositivos de extracción y explotación, o si será una oportunidad para imaginar nuevos marcos de pensamiento.
Para cerrar, Marc Isaacs abrió la ventana hacia las posibilidades creativas de la IA en el cine híbrido, compartiendo su experiencia en Synthetic Sincerity, un proyecto que indaga si un personaje generado por inteligencia artificial puede aprender autenticidad. En colaboración con la actriz rumana Ilinca Manolache, el cineasta creó un avatar que le permitió explorar la frontera entre actuación humana y performatividad algorítmica, continuando así su reflexión sobre la verdad documental y la representación, presente en obras anteriores como The Filmmaker’s House. Isaacs destacó que estos experimentos no solo cuestionan la relación entre máquinas y personas, sino que transforman la manera en que observamos el rostro humano, abriendo un nuevo capítulo en la conversación sobre los límites, y el futuro, del documental en la era de la inteligencia artificial.
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