La inteligencia artificial divide aguas en el mercado de la Berlinale mientras se buscan reglas claras para el cine del futuro
El European Film Market (EFM) de la Berlinale se convirtió esta semana en un termómetro de una discusión que ya atraviesa toda la industria audiovisual: cómo convivir con la inteligencia artificial sin diluir la autoría humana. Entre pasillos, paneles y estrategias de marketing, el debate dejó en evidencia una tensión creciente entre innovación tecnológica, identidad artística y modelos de negocio en plena transformación.
Uno de los gestos más comentados llegó desde la firma británica de ventas The Mise En Scene Company (MSC), que decidió rotular sus materiales de mercado con un sello explícito: “No AI Used”. La compañía impulsa además la creación de un estándar global que permita identificar si una película utilizó inteligencia artificial generativa, inspirada en el precedente de A24, que incluyó una aclaración similar en los créditos finales del film de terror Heretic. El movimiento no apunta a rechazar la tecnología, sino a establecer un marco de transparencia en un momento en que, según su CEO Paul Yates, el contenido sintético comienza a inundar las industrias creativas.
“Estamos entrando en un cambio tectónico”, advirtió Yates durante el mercado. Para el ejecutivo, la autoría humana corre el riesgo de diluirse si no se define y protege como categoría cultural y económica. MSC propone un sistema de certificación internacional comparable a las etiquetas orgánicas o de comercio justo, que permita al público entender qué tipo de obra está consumiendo. La iniciativa busca sumar a estudios, festivales y gobiernos, y podría extenderse más allá del cine hacia la música, la literatura y las artes visuales.
La propuesta dialoga con un clima general de inquietud que también se reflejó en debates institucionales. Esta misma semana, la Motion Picture Association en Estados Unidos pidió a ByteDance, empresa matriz de TikTok, que deje de utilizar obras con copyright para entrenar su nuevo modelo de IA Seedance 2.0, que se viralizó por generar deepfakes hiperrealistas de celebridades como Brad Pitt y Tom Cruise. El trasfondo es el mismo que sobrevuela el EFM: derechos de autor, control creativo y el riesgo de una cultura sintética indistinguible de la humana.
Las discusiones no se quedaron en el terreno teórico. En una sesión moderada por Erwin M. Schmidt, productores que experimentan activamente con IA bajaron el debate a la práctica cotidiana. Katharina Gellein Viken, showrunner y CEO de Metrotone, y Gregor Sauter, responsable de contenidos emergentes en RED PONY, coincidieron en desarmar el mito de una adopción simple y barata. Integrar inteligencia artificial en flujos de producción exige inversión sostenida en infraestructura, conocimiento y rediseño de procesos.
Metrotone, explicó Viken, adoptó un enfoque “AI native” hace tres años, aunque mantiene un principio clave: guiones escritos exclusivamente por humanos. La inteligencia artificial se utiliza aguas abajo, sobre todo para generación visual y aceleración de iteraciones. Modelos de lenguaje ayudan en investigación y procesos, pero no en la creación de ideas. Para la productora, la madurez de las herramientas visuales permite hoy un control creativo real, siempre que se diseñen flujos de trabajo que contemplen múltiples formatos desde el origen.
En RED PONY, la apuesta pasa por un “estudio de IA” interno que funciona como capa de infraestructura para contenidos emergentes, en especial microdramas. El sistema, aún en beta, no reemplaza la autoría, pero sí acelera el desarrollo: analiza ritmo narrativo, detecta cliffhangers y genera prototipos rápidos para pitching. “El valor central es la aceleración”, sintetizó Sauter, aunque insistió en que el control creativo debe permanecer en manos humanas.
Curiosamente, ambos productores evitaron el discurso más extendido en torno al ahorro de costos. En lugar de vender la IA como herramienta de recorte presupuestario, la definieron como un mecanismo para experimentar más rápido, fallar antes y reducir riesgo. Esa lógica conecta con otra de las tendencias discutidas en el EFM: el auge del microdrama vertical y la necesidad de adaptar las narrativas a nuevas superficies de consumo.
Para Metrotone, proyectos como Raynmaker buscan repensar el formato dominado hoy por melodramas asiáticos y episodios de uno a tres minutos financiados por microtransacciones. La estrategia consiste en desarrollar contenidos concebidos desde el inicio como adaptables: una misma propiedad intelectual capaz de existir como serie vertical, largometraje horizontal y múltiples derivados. RED PONY, en cambio, opta por un compromiso total con la verticalidad en sus nuevos proyectos, alineado con plataformas y modelos de distribución específicos.
Las diferencias se profundizan en financiación y distribución. Mientras los microdramas se apoyan en revenue share, freemium y acceso a datos de plataforma, modelos tradicionales siguen explorando esquemas híbridos con marcas y programas de creadores. En ambos casos, la IA permite testear contenidos de forma incremental, reduciendo el riesgo inicial y acercando el desarrollo creativo a la respuesta del público.
El cierre de la conversación volvió al concepto de “IP líquida”: propiedades intelectuales diseñadas para fluir entre formatos, plataformas y medios. Para algunos, esta lógica es inevitable en un ecosistema post-peak TV donde la producción ya no se limita al desarrollo y financiamiento, sino que exige dominar tecnología, datos y estrategia transmedia. Para otros, implica un desafío creativo y financiero que redefine el rol del productor.
Entre sellos “No AI Used”, estudios internos de inteligencia artificial y llamados a regulaciones globales, el EFM dejó en claro que la discusión ya no es si la IA transformará el cine, sino bajo qué reglas. En Berlín, el mercado parece haber asumido que el futuro será híbrido, pero la batalla por definir sus estándares —y preservar el valor de la creación humana— recién comienza.