La hora de irse (2026), de Renzo Cozza
"La sensación de haber presenciado un fragmento de vida tan fantástico como humano, logrando que tengamos ganas de seguir la historia de estos personajes por mucho más tiempo."
Una sed de pertenencia
El cortometraje La hora de irse, dirigido por Renzo Cozza, propone un ejercicio de género inusual donde lo fantástico se diluye en la cotidianidad de Buenos Aires. Lejos de las estridencias habituales del cine de vampiros, la pieza se asienta en un naturalismo extrañado, logrando que el humor y la melancolía convivan sin forzar la marcha. Es un relato que no busca el impacto por el impacto mismo, sino que utiliza la sorpresa para profundizar en la psicología de sus personajes.
La trama nos presenta a Patricio, un joven cuya timidez oculta una carga pesada: la responsabilidad de proveer a sus hermanas en una estructura familiar que roza lo tóxico. Martín Shanly, quien ya ha consolidado una carrera sólida tanto en la dirección como en la actuación, es el encargado de darle cuerpo a este protagonista. Shanly posee un tempo particular, una forma de habitar la pantalla que convierte la incomodidad en una herramienta narrativa de gran precisión. Su Patricio es alguien atrapado en una inercia laboral y existencial, un vampiro que parece más fatigado por la rutina que sediento de sangre.
Cozza maneja el cruce de registros con una ductilidad destacable. El cortometraje comienza con la atmósfera de una cita nocturna convencional, con sus silencios y sus tragos compartidos, para luego revelar, mediante una iluminación cuidada y oscura, la naturaleza secreta de su protagonista. Lo interesante es que el corto no termina ahí; la revelación es apenas el punto de partida para explorar una crisis de crecimiento. La necesidad de Patricio de separarse de su núcleo familiar y buscar una renovación personal es el verdadero motor de la historia.
En la segunda mitad, el relato se suaviza hacia un halo romántico y sutil. El encuentro con Domingo introduce una nota de ternura que contrasta con la provocación inicial. Es aquí donde Cozza demuestra su sensibilidad para construir un universo propio, donde las referencias al género conviven con una impronta porteña muy marcada. A través de una narrativa breve pero densa en sentidos, La hora de irse se configura como una reflexión sobre los mandatos y la posibilidad de encontrar un refugio en el otro. El corto nos deja con la sensación de haber presenciado un fragmento de vida tan fantástico como humano, logrando que tengamos ganas de seguir la historia de estos personajes por mucho más tiempo.