La fractura de la identidad en Las corrientes de Milagros Mumenthaler

“La película propone una defensa del misterio humano. Acepta que existen regiones de la mente que solo pueden ser filmadas y jamás explicadas. Invita no a comprender a Lina desde afuera, sino a acompañarla, a escuchar la vibración de su miedo sin diagnosticarlo.” 

Por Laura Santos

El trauma, cuando irrumpe en la vida de una persona, rara vez se presenta como un relato ordenado o racionalizable. No trae consigo una explicación nítida ni una causa única capaz de condensar su origen, ni se experimenta como una secuencia lineal de hechos que pueda narrarse con precisión quirúrgica. Su irrupción suele ser abrupta, involuntaria, un golpe a la continuidad de lo cotidiano que no se deja traducir en palabras inmediatas. Desde esta comprensión profunda del sufrimiento humano se construye la propuesta estética y ética de Las corrientes, que elige deliberadamente no contar, sino hacer sentir. Su narrativa avanza desde la opacidad y desde aquello que no puede nombrarse, no hay porque dar explicaciones tranquilizadoras. La película rehúye la tentación contemporánea de diagnosticar cada forma de malestar psicológico. No dice esto es obsesión, esto es estrés postraumático, esta es la causa, sino que se niega a la claridad inmediata. Esa negativa no es un vacío narrativo, sino una posición que protege la complejidad de la experiencia y rechaza reducir el sufrimiento a etiquetas prefabricadas; lo que podría interpretarse como vaguedad se revela como exigencia, una decisión consciente de representar la fractura psíquica desde la imposibilidad de narrarla.

La apuesta por la ambigüedad no implica renunciar a la profundidad, sino permitir acercarse a Lina desde un lugar íntimo y sensorial. Se trabaja no con diagnósticos, sino con sensaciones: la fobia al agua funciona como metáfora del derrumbe identitario, de la disolución y del peligro de ser arrastrada por fuerzas que desbordan la voluntad. El agua aparece como amenaza en la ducha que no puede enfrentar, en el cabello que no logra lavar, en los reflejos que la persiguen en superficies cotidianas; la cámara capta sonidos mínimos y texturas materiales que intensifican la fragilidad del cuerpo: el goteo insistente, las telas que rozan la piel, el peso del pelo sin lavar, la humedad que se vuelve intolerable. Todo en la puesta en escena apunta a que el miedo no se explica, se encarna. Exigir precisión clínica a una obra que trata el terror íntimo como experiencia poética constituye un malentendido del proyecto estético, ya que la película no pretende ofrecer un catálogo de trastornos, sino filmar el cuerpo como campo de batalla emocional, convertir cada gesto cotidiano en una manifestación física de la ruptura interior que desestabiliza por completo la identidad.

Esa identidad, además, está fragmentada en múltiples versiones que Lina ha habitado a lo largo de su vida y que la película articula con los distintos nombres del personaje: Cata, la joven de origen modesto; Lina, la identidad cotidiana e íntima; Catalina, la figura pública y profesional. Cada nombre opera como máscara social y cómo rol que exige expulsar ciertas partes del yo. La película no trata sobre enfermedad mental, sino sobre la imposibilidad de sostener identidades contradictorias sin desgarrarse. Ser Catalina implica sacrificar a Cata; ser madre implica relegar a Lina; ser exitosa exige ocultar vulnerabilidades que sin embargo persisten. Desde esta lectura, el salto al río es un gesto liminal más que un intento suicida: una muerte simbólica, un rito de pasaje donde las identidades dejan de poder coexistir y la protagonista se desprende de la forma de sí misma que ya no soporta. La caída, ese instante suspendido entre flotación y hundimiento, muestra que el yo no puede resistir la presión acumulada entre expectativas ajenas y subjetividad reprimida. No hay que explicar las razones del salto porque estas pertenecen al ámbito racional, mientras que el acto proviene de la urgencia emocional: la causa muchas veces llega después y, en el momento del quiebre, el cuerpo decide antes que el pensamiento.

A partir de allí comienza un proceso de descomposición identitaria donde la protagonista enfrenta la imposibilidad de regresar a su vida anterior. Las rutinas que antes sostenían su existencia se vuelven insoportables y su rol de madre, esposa y figura pública entra en crisis, no porque deje de amar a su hija ni porque pierda interés en su trabajo, sino porque ha perdido la estabilidad que permitía habitar esas identidades. Se retrata este proceso desde gestos mínimos: el rechazo visceral al agua, el silencio entre los suyos, la incapacidad de responder emocionalmente. Todo se vuelve ajeno, incluso la casa, que deja de ser refugio para convertirse en amenaza. En esta lógica de fractura aparece la secuencia del faro, uno de los momentos más reveladores. La protagonista sube con su hija a un espacio improbable en lo alto del edificio donde viven y lo que podría parecer un desliz hacia lo fantástico es una epifanía: por primera vez desde el salto, Lina observa la vida sin miedo. La luz giratoria del faro baña la ciudad, ilumina fragmentos de la existencia ajena, revela a su asistente caminando, a vecinos en sus rutinas, a desconocidos inmersos en su devenir. Esta mirada expandida no es voyeurismo, sino un reencuentro con la comunidad humana, una suspensión momentánea del encierro mental, la confirmación de que no ha perdido la capacidad de vínculo, solo estaba atrapada en la opacidad del miedo.

En ese giro del faro, Lina no se fuga, sino que se reinserta en un mundo que empieza a recuperar sentido. La luz recuerda que la vida continúa más allá del miedo y que, incluso en la crisis, existen momentos de perspectiva capaces de romper la asfixia. El faro funciona como una muestra de claridad emocional: no cura ni explica, pero ofrece la sensación de que existe un camino hacia la recuperación de un lugar en el mundo. El diálogo entre agua y luz estructura la simbología del film: si el agua amenaza con disolver, la luz propone un instante de recomposición. No se oponen simplemente peligro y salvación, sino que se articula una tensión entre derrumbe y renacimiento que reafirma la propuesta central: la vida interior no es lineal ni explicable por causas únicas y no responde siempre a lógicas médicas o narrativas. Hacia el final, la película rechaza las respuestas unívocas. No ofrece moraleja ni resolución definitiva porque la recuperación emocional no opera mediante cierre, sino a través de la convivencia con la opacidad propia. Las corrientes entiende que hay crisis que no se cuentan, se viven, identidades que no se explican, se desbordan, miedos que no se traducen, se sienten. Mumenthaler no da soluciones porque sabe que no hay una sola: filma la zona donde el lenguaje fracasa y donde el dolor solo puede percibirse a través de texturas, imágenes, sonidos y silencios. Así propone una defensa radical del misterio humano. Su belleza reside en aceptar que existen regiones de la mente que solo pueden ser filmadas y jamás explicadas. Invita no a comprender a Lina desde afuera, sino a acompañarla. No a diagnosticarla, sino a escuchar la vibración de su miedo.

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CARTELERA MARZO: