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Yes, Nadav Lapid

Histoires parallèles (2026), de Asghar Farhadi

"El cine reflexivo, el que usa la narrativa para preguntarse qué es una narrativa, exige cierto rigor para no convertirse en un juego de espejos que solo refleja su propia inteligencia."

El peso muerto de la conciencia

Asghar Farhadi lleva años construyendo una reputación sobre la ambigüedad moral. Sus mejores películas funcionan como trampas: el espectador cree estar juzgando a los personajes y termina descubriendo que es él quien está siendo juzgado. Historias paralelas parte de esa misma ambición pero llega a un destino diferente, más cómodo, más calculado, y bastante menos honesto.

La película sigue a Adam, un joven sin techo que ingresa a la vida de Sylvie, una escritora excéntrica interpretada por Isabelle Huppert con esa mezcla de distancia y ferocidad que ella sabe manejar como nadie. Sylvie espía a sus vecinos a través de un telescopio y convierte lo que ve en ficción. Adam aprende el método, lo imita y eventualmente lo supera: toma el manuscrito descartado de Sylvie, se lo apropia, y lo entrega directamente a Nita, la mujer real que inspiró a uno de los personajes. A partir de ahí, la película quiere explorar cómo las historias que otros construyen sobre nosotros pueden modificar nuestra conducta, nuestra percepción, incluso nuestra identidad. Es una idea genuinamente interesante. El problema es que Farhadi no parece confiar en ella lo suficiente como para dejarla respirar.

El cine reflexivo, el que usa la narrativa para preguntarse qué es una narrativa, exige cierto rigor para no convertirse en un juego de espejos que solo refleja su propia inteligencia. Historias paralelas cae en esa trampa con demasiada frecuencia. El dispositivo es elegante sobre el papel, la escritora que observa, el joven que observa a la escritora, los personajes reales que leen versiones ficcionalizadas de sí mismos, pero en la pantalla produce un entumecimiento progresivo que dos horas largas de metraje no hacen más que agravar. Hacia la mitad del film, la pregunta ya no es qué va a pasar sino qué se supone que debemos sentir mientras ocurre, y el hecho de que esa pregunta no tenga respuesta clara es un síntoma, no un logro.

Los personajes no evolucionan: ilustran. Nita no descubre nada sobre sí misma; reacciona según lo que el guion necesita en cada momento. Nico y Théo funcionan como satélites cuya única función es orbitar el conflicto central sin perturbarlo. Son menos personas que indicadores dramáticos, piezas de un mecanismo que Farhadi mueve con eficiencia pero sin convicción. El resultado es que la película, pese a su evidente sofisticación técnica, no genera el tipo de incomodidad que caracterizó las mejores obras del director. La ambigüedad, que en Una separación o El viajante era genuinamente dolorosa, aquí se siente administrada, calculada, casi decorativa.

La relación del film con su propio protagonista es quizás su problema más grave. Adam realiza acciones que en cualquier otro contexto serían leídas como invasivas o directamente perturbadoras: se infiltra en vidas ajenas, miente sobre su identidad, entrega a una desconocida un manuscrito que la convierte en personaje sin su consentimiento. Sin embargo, la película lo trata con una indulgencia que no termina de ganarse. No se lo absuelve explícitamente, pero tampoco se lo confronta con honestidad. Se lo deja flotar en una zona de ambigüedad que no produce la incomodidad productiva de los grandes films de Farhadi, sino una confusión más banal sobre qué postura se nos está pidiendo que adoptemos. La película parece más interesada en proteger a su protagonista que en examinarlo.

Huppert salva varias escenas con su sola presencia, y es significativo que el film pierda energía cada vez que ella desaparece del encuadre. Sylvie es el único personaje al que se le permite ser contradictoria sin que el guion la castigue por ello. En sus escenas con Catherine Deneuve hay una chispa que el resto de la película no logra sostener. Cuando Sylvie abandona el manuscrito y Adam lo recoge, el film pierde a su figura más interesante y nunca se recupera del todo.

Hay una hipótesis que Historias paralelas enuncia casi de pasada y que merecería una película completa: la de que las historias reorganizan la realidad, que convertirnos en personajes de la ficción de otro puede alterar quiénes somos. Farhadi la roza, la anuncia, pero no se detiene el tiempo suficiente como para que llegue a doler. Prefiere avanzar hacia una resolución dramática que llega con más ruido que fuerza, como si la película hubiera olvidado que sus mejores momentos nunca estuvieron en lo que ocurría sino en lo que se insinuaba. No es el peor film del director, pero sí el más autocomplaciente, y eso, viniendo de quien viene, es una decepción difícil de disimular.

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