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Yes, Nadav Lapid

Hipótesis sobre mis dos huevos (2026), de Theo Fernandez

"El cine hoy necesita más de nuestros cuerpos: para incomodar, para exponerse y para seguir filmando."

Hasta cuánto podés aguantar

Hipótesis sobre mis dos huevos (2026) de Theo Fernández, en principio, narra lo que Feo Thernández cree que sucedería si cada uno de sus testículos se personificara. El huevo derecho sería un Brad Pitt del conurbano, cogedor, un ladies man que parecería destilar sexo a cada paso que avanza sobre la Av. Gaona. El huevo izquierdo, el zurdo, sería un militante socialista tímido que, luego de su trágica muerte en una manifestación, se convertiría en una figura clave para la revolución latinoamericana del siglo XXI.

Es un cortometraje osado, rebelde, sin vergüenza ni miedo a incomodar, hacer reír y, por sobre todas las cosas, reírse de sí mismo. Desde el momento en que vemos un primer plano nítido de los testículos del director (o, en realidad, de su alter ego) la película se posiciona con mucha caradurez frente a quien mira. Así operan los personajes y, por lo tanto, la forma. Brad Pitt del conurbano llega a un almacén de medio pelo, se sienta frente a una Almudena González vestida de animal print y le dice: ‘Te quiero coger’. Ella sopla las burbujas del vaso mientras le sostiene la mirada sin decir una palabra. La duración de las acciones, y por lo tanto de los planos, no solo está en función del deseo, del sexo y de lo sucio e intimidante, sino que pone al espectador en un lugar de ‘¿hasta cuánto podés aguantar mis irreverencias?’. Evalúa la capacidad de soportar que la película nunca te dé lo que propone, sino algo más y mejor. Se niega, una y otra vez, en propósito de destapar nuevas posibilidades de narración. No vas a coger conmigo, vas a coger con mi novio, que en realidad tampoco: vas a bailar al sonido de Sandro con él, calentándote hasta tal punto que terminen gritando ‘Vamos, Boca’. ¿No es acaso todo lo mismo?

El huevo izquierdo, Huevo Fernández, se despliega hacia otro tipo de materiales pero persiste en esta operación de atropellarse a sí mismo. Vemos el recorrido de un personaje a partir de imágenes filmadas en primera persona de las manifestaciones a favor de los jubilados. No vemos su rostro, pero no importa: el cuerpo está más presente que nunca. El huevo, conforme a su actividad política, muere aplastado por la represión. Del registro filmado pasamos a las fotografías de un movimiento revolucionario que comienza a gestarse y desemboca en revueltas por Latinoamérica, con el huevo como mártir líder póstumo de la lucha. Toda esta grandeza e iconicidad se desmienten cuando Feo Thernández nos dice que, en realidad, todo esto no puede ser posible. Con el oportuno llanto de su sobrino, nos enteramos de que el huevo izquierdo tiene cáncer. La película (y su productor, aparentemente) se deprime ante la idea de que la respuesta para una revolución sea un huevo con cáncer. Entonces, la historia del segundo testículo concluye en la enfermedad y en un baile agonizante.

Ahora bien, si tuviese que hacer una hipótesis al cuadrado, pensaría en la corporalidad del asunto. Lo que se está narrando acá son, más que nada, cuerpos sin vergüenza y sin miedo. Me da pereza caer en el discurso recurrente sobre los sujetos fragmentados, desafectados, etcétera, porque no me gustaría reducir este cortometraje a algo tan masticado. Pero, sin embargo, me parece que el cine necesita más que nunca de estos cuerpos. Es refrescante ver que hay una parte de la juventud y de generaciones nuevas que parece no estar tan adormecida, que proponen y provocan, que ponen los huevos sobre la mesa, que tienen los huevos bien puestos. Mi hipótesis sobre esta hipótesis es entonces: el cine hoy necesita más de nuestros cuerpos, ya sea para la desnudez, para coger, para pelearnos, para bailar, para hacer la revolución, para estar ahí cuando nos reprimen y cuando el mundo se ríe de nosotros, para romper un poco más los huevos, para seguir filmando.

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