Hen (2025), de György Pálfi
"Una pieza que se inserta con una sinceridad desarmante en esa tradición casi mística de relatos que eligen a un animal como testigo silencioso de la condición humana."
La odisea de la mirada inocente
Resulta fascinante observar cómo, en un mundo saturado de narrativas hipercomplejas y efectos digitales, el cine es capaz de redescubrir su fuerza más primitiva a través de la mirada de una criatura tan cotidiana como una gallina. La película Hen, dirigida por György Pálfi, no es simplemente un ejercicio de estilo o una curiosidad cinematográfica; es una pieza que se inserta con una sinceridad desarmante en esa tradición casi mística de relatos que eligen a un animal como testigo silencioso de la condición humana. Al igual que en su momento lo hicieron otras obras sobre burros o criaturas de granja, esta historia nos invita a bajar la mirada, a situarnos a la altura del suelo y a observar el caos de nuestra especie desde una perspectiva desprovista de juicio moral, pero cargada de una extraña sabiduría.
La premisa, que en manos menos hábiles podría haber caído en el ridículo o en el mero sentimentalismo, se convierte aquí en un viaje épico de supervivencia. Nuestra protagonista es una gallina de plumaje oscuro, una anomalía física en un mar de uniformidad amarilla dentro de una planta de procesamiento industrial. Desde ese inicio impactante que nos muestra el ciclo de la vida convertido en mercancía, la película establece su tesis: vivimos en un sistema mecánico y desalmado donde todo lo que nos rodea debe tener un propósito utilitario para justificar su espacio. La gallina, al escapar de su destino como ingrediente de una sopa, se convierte en un símbolo de resistencia involuntaria. No es una heroína por elección, sino por instinto, y es precisamente esa pureza lo que hace que su aventura por los paisajes de Grecia sea tan conmovedora.
A medida que la seguimos en su errático pero decidido camino hacia la libertad, la película nos presenta una serie de encuentros con seres humanos cuyas vidas son mucho más turbias y moralmente ambiguas que la de la propia ave. Ella se convierte en una observadora muda de comportamientos cuestionables, desde operaciones de contrabando hasta dramas familiares cargados de venalidad. Lo brillante de la propuesta es cómo utiliza el recurso de la mirada animal para reflejar nuestra propia animalidad. Mientras los humanos se pierden en ambiciones, violencia y deseos complejos, la gallina simplemente busca un hogar, un lugar seguro para empollar un huevo, una familia. Hay algo profundamente poético en ver cómo los grandes dramas de las personas se reducen a ruidos de fondo frente a la urgencia vital de una criatura que solo quiere ver el amanecer un día más.
A diferencia de otras obras del mismo corte que suelen transitar hacia el pesimismo absoluto o el martirio del animal, esta propuesta se permite abrazar una luz distinta. Hay un equilibrio magistral entre la crudeza de la realidad —donde los depredadores, tanto humanos como zorros, acechan en cada esquina— y un sentido del humor droll y oscuro que atraviesa todo el relato. La película no intenta darnos un discurso moralista sobre el consumo de carne ni busca manipular nuestras lágrimas de forma barata. Su poder reside en la autenticidad de su ejecución. Logra que nos preocupemos genuinamente por el destino de un ser que solemos considerar prescindible, demostrando que las historias más profundamente humanas son aquellas donde nosotros, los hombres, somos apenas personajes secundarios.
Al final, lo que queda de esta experiencia es una sensación de triunfo improbable. La trayectoria de la protagonista, su astucia instintiva y su capacidad para sobrevivir a sus supuestos “dueños” nos regala un final que se siente como un soplo de aire fresco. Es un recordatorio de que, incluso en un entorno hostil y mecanizado, la vida encuentra grietas por las cuales escapar y florecer. Esta obra nos devuelve una visión del mundo lavada de cinismo, invitándonos a reconocer la complejidad en lo aparentemente simple y la belleza en lo pequeño. Es, en esencia, una oda a la persistencia de la vida bajo cualquier forma, recordándonos que cada criatura tiene su propia épica, aunque nosotros no siempre nos detengamos a escucharla.