Crítica
Crítica
Glaxo

Glaxo (2026), de Benjamín Naishtat

"La secuencia funciona como un guiño sutil sobre el dispositivo que Benjamín Naishtat despliega en Glaxo: la posibilidad de retornar a la Argentina de los años cincuenta para exhumar la raíz de una culpa."

El cálculo del pasado

En una sala de cine a oscuras, allá por 1984, dos hombres maduros observan Terminator. Uno intenta explicarle al otro la lógica de los viajes en el tiempo, esa obsesión por regresar al pasado para modificar el curso del presente. La secuencia funciona como un guiño sutil sobre el dispositivo que Benjamín Naishtat despliega en Glaxo: la posibilidad de retornar a la Argentina de los años cincuenta para exhumar la raíz de una culpa. Sin embargo, en ese gesto también se adivina el lugar en el que se ubica hoy su realizador, cada vez más asentado en un terreno de acomodada transacción entre las pretensiones de autor y las reglas del cine industrial.

Al adaptar la novela de Hernán Ronsino, Naishtat demuestra un indudable oficio narrativo al desarmar una estructura literaria compleja, originalmente fragmentada en voces y épocas, para transformarla en un relato accesible y de ritmo fluido. La trama nos traslada al pueblo de Chivilcoy durante el verano de 1957, donde la juventud de cuatro amigos queda alterada por la llegada de Ramón Folcada, un temible policía de la represión convertido en autoridad local, y la presencia magnética de su esposa. A través de este entramado de deseos compartidos, lealtades puestas a prueba y favores bajo la sombra de la fábrica que da título a la obra, la película intenta articular una fábula sobre la traición íntima en un país atravesado por la violencia. Hay aspectos en los que la propuesta funciona con eficacia. El trabajo del elenco sostiene en todo momento el pulso dramático: Marcelo Subiotto aporta la mezcla justa de peligro y frialdad sin necesidad de alzar la voz, mientras que Esteban Bigliardi transmite en la adultez el peso de un remordimiento guardado durante décadas. Asimismo, la reconstrucción de época resulta técnicamente pulcra en su diseño y en el uso de una fotografía que adapta su paleta para diferenciar la luminosidad de la juventud perdida de la sobriedad sombría de los años ochenta. En sus mejores momentos, cuando Naishtat se detiene en las miradas o en los silencios incómodos entre los jóvenes, la película consigue atrapar esa atmósfera enrarecida de la iniciación.

Sin embargo, el problema central de Glaxo es cómo este viraje hacia el cine de consumo diluye la aspereza que definía su filmografía. Al igual que ocurría en Puan, muchas de sus secuencias parecen calculadas y medidas con precisión quirúrgica pensando más en su estrategia de venta, el tráiler de impacto y demás situaciones dictadas por plataformas, que en el desarrollo orgánico de una visión propia. Las aristas incómodas del texto original quedan limadas por un empaque de producción excesivamente prolijo donde la estética se vuelve una fórmula predecible. La integración entre el melodrama adolescente y la política tampoco termina de amalgamarse: el trasfondo histórico del comisario funciona a menudo más como un sello de prestigio conceptual colocado detrás de la escena que como una amenaza que impregne la vida cotidiana.

Glaxo se ubica en un territorio de calculada neutralidad. Es una obra técnicamente competente que confirma la solvencia de Naishtat para comandar producciones de mayor presupuesto, pero a costa de resignar el riesgo de lo que supo ser su mirada. Muy alejado de la potencia y la capacidad de perturbación de Historia del miedo, la película ofrece un recorrido correcto por la memoria y el dolor, mostrando a un realizador plenamente consciente de cómo pulir los ángulos difíciles de una historia para encajar sin sobresaltos en los moldes del mercado actual.

También en Caligari