“Viaje de retorno”

Por Ian Quintana.

Las actuales zonas rurales patagónicas fueron antaño tierras Mapuches y Tehuelches. Hacia fines del siglo XIX, el francés Henry de la Vaulx realizó un viaje por esos territorios con el objetivo de estudiar a las comunidades, pero también para buscar objetos de valor que se conviertan en piezas de museo. Con la arrogancia propia de los europeos colonizadores, de la Vaulx engañó a los habitantes originarios para apoderarse de ciertos objetos, pero su interés mayor fue encontrar los restos de un cacique que según describe en el diario de su expedición tenía una altura de dos metros y lo apodaban El Gigante. Engañando a sus hijos, el francés logra encontrar el lugar donde el cacique fue enterrado y saquea las tumbas, llevándose consigo restos humanos, objetos de plata y cuero, pero sobretodo gran parte del acervo cultural y la identidad de una comunidad.  

Este hecho es el que da origen a la nueva película de Natalia Cano, Gigantes (2019), pero su película se transforma en mucho más que una simple anécdota de saqueo, entre tantas que ha habido desde la conquista. Junto a su directora realizamos un recorrido, una nueva expedición que nos lleva desde las tierras patagónicas donde actualmente residen los descendientes de los pueblos originarios hasta el Museo del Hombre en Francia. Una expedición que no es de saqueo, sino de recuperación. Con ella conoceremos las dificultades que históricamente ha debido atravesar la comunidad Sacamata Liempichún, para conseguir la restitución de los restos de sus antepasados, que han sido saqueados por de la Vaulx y expuestos en el Museo del Hombre durante años. También veremos las peripecias que atraviesan actualmente para mantener viva su comunidad y su cultura, a través del cuidado de sus tierras y de su gente. La tarea de la directora es ayudarlos a recuperar lo que ha sido robado, pero también darles una identidad y una voz que nunca tuvieron. 

La película permite visibilizar los conflictos y las evasivas constantes que recibe la comunidad Liempichún para lograr su objetivo de recuperar los restos de sus antepasados convirtiendo ese hecho ya no en un simple conflicto burocrático sino en una posición de los estados frente al cuidado de la cultura originaria, mostrando también la indiferencia de un país que promueve la libertad, la igualdad y la fraternidad.  Cristina Liempichún es una de las protagonistas y con ella nos acercamos a la espiritualidad propia del pueblo, a la comunión con la tierra y el pasado que llevan en la sangre. En ella se encarna el sufrimiento atravesado, pero también la resistencia y la fuerza de un pueblo que sigue firme para conseguir el respeto y el poder que merecen.

La imagen de Natalia Cano explora los paisajes y el territorio, pero también se concentra en la expresividad de los rostros, en los pequeños gestos de la gente que denotan un profundo apego a su historia. Nos acercamos a la intimidad de las personas, a su vida, a sus dolores y deseos íntimos. La cámara nos traslada por los distintos lugares y momentos que a lo largo de cuatro años la realizadora recorrió para conocer y ayudar al pueblo y lo hace con honestidad y simpleza, convirtiéndose en un miembro más de las familias. Algunos momentos musicales entregan secuencias de total contemplación, que junto a fotos de las comunidades nos permiten sumergirnos en la esencia del lugar. Gracias a todo esto, Cano nos hace sentir comprometidos en su lucha para recuperar el acervo cultural y la identidad de la comunidad Sacamata Liempichún, una lucha que continua.

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