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ANOCHE – MALBA Cine
Crítica
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Yes, Nadav Lapid

Ghost Song (2026), de Fatih Akin

"El amor aparece demasiado rápido y la película nunca encuentra una forma convincente de hacer que ese vínculo sostenga el duelo posterior."

El peso de lo solemne

Fatih Akin inaugura San Sebastián con Ghost Song (2026), una historia de amor juvenil que comienza prácticamente con su propia despedida. Faris y Farasha se conocen durante una fiesta, descubren una conexión inmediata y, antes de que el vínculo pueda siquiera convertirse en relación, un accidente de tránsito termina con la vida de ella. A partir de entonces, la película intenta convertir el duelo en una experiencia sobrenatural atravesada por sueños, culpa, fe y la posibilidad de reencontrarse con los muertos. El problema es que casi ninguna de esas ideas alcanza a desprenderse de los lugares comunes que las sostienen.

La película establece desde el comienzo un amor absoluto cuya intensidad depende más de lo que el guion afirma que de lo que consigue construir. La rapidez con la que dos desconocidos pasan a ocupar un lugar central en la existencia del otro exige una entrega emocional que Ghost Song no termina de conseguir. Todo lo que ocurre después queda condicionado por esa premisa: Faris debe atravesar una pérdida devastadora, mientras Farasha regresa desde el otro lado para acompañarlo, reclamarlo y mantener abierta una relación que la muerte debería haber interrumpido. Akin incorpora elementos vinculados con las tradiciones islámicas, la espiritualidad y las diferentes formas de comprender la muerte. La idea de que el alma permanece durante cuarenta días antes de abandonar definitivamente este mundo organiza buena parte de la narración, mientras las diferencias culturales y familiares intentan ampliar un relato inicialmente bastante elemental. Sin embargo, estos materiales aparecen muchas veces como piezas destinadas a otorgar profundidad a una historia que ya está excesivamente inclinada hacia el sentimentalismo.

El blanco y negro de Frank Griebe proporciona una identidad visual inmediata y convierte Hamburgo en un espacio suspendido entre la realidad y el sueño. Hay imágenes de notable belleza, especialmente en los momentos en que la ciudad adquiere una dimensión casi fantasmal, pero la cuidada composición de los planos termina funcionando también como una forma de subrayado permanente. Cada imagen parece anunciar que estamos ante algo trascendente, incluso cuando la narración todavía no encontró una razón suficiente para serlo.

El mayor inconveniente de Ghost Song está justamente en esa insistencia. La película quiere hablar sobre la muerte, el duelo, la culpa, la fe y el deseo de permanecer junto a alguien después de perderlo, pero transforma cada uno de esos temas en una declaración solemne. El relato avanza entre sueños, apariciones y recuerdos sin encontrar demasiadas zonas de incertidumbre. Incluso su deriva hacia una dimensión cercana al manga y al fantástico juvenil parece responder más a una estrategia de público que a una necesidad interna del relato. El resultado es una película prolija, visualmente controlada y emocionalmente enfática, pero también demasiado segura de los efectos que busca provocar. Ghost Song puede encontrar una recepción favorable entre espectadores atraídos por los romances sobrenaturales y las historias de duelo, pero resulta difícil entender qué agrega Akin a un imaginario que el cine, la televisión y las plataformas han explotado hasta el cansancio. Que inaugure un festival como San Sebastián vuelve la cuestión todavía más evidente: detrás de su apariencia de apuesta internacional, hay una película que parece diseñada para un público global ya familiarizado con esta clase de sentimentalismo fantástico.

Más que abrir una nueva etapa para Akin, Ghost Song parece confirmar una tendencia hacia un cine cada vez más calculado, donde la belleza de las imágenes intenta suplir una escritura incapaz de escapar de lo previsible.

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