Fatherland (2026), de Pawel Pawlikowski
"Pawlikowski se posiciona desde el arranque del festival como el autor de la primera gran película de esta edición de Cannes. Una obra que confía en el espectador, que deja espacio para el silencio y la ambigüedad, que prefiere insinuar antes que subrayar."
La patria que no existe
Thomas Mann regresó a Alemania en 1949 con la pose del hijo pródigo y la incomodidad del que sabe que no encaja del todo. El escritor más célebre de su generación, premio Nobel, había abandonado su país en 1933 cuando los nazis tomaron el poder, y pasó dieciséis años en California dejando que su fama creciera desde la distancia. Ahora vuelve para recibir el Premio Goethe en Frankfurt y dejarse querer por una admiración que, como pronto descubrirá, tiene mucho de ambivalente. Esa es la situación de partida de Fatherland, la nueva película de Pawel Pawlikowski, y también su pregunta central: ¿qué significa volver a un lugar que ya no existe, o que tal vez nunca fue del todo tuyo?
Pawlikowski, el director polaco que ganó el Oscar por Ida y fue nominado por Cold War, cierra con esta película lo que puede leerse como una trilogía sobre Europa después de la guerra. Las tres comparten la fotografía en blanco y negro de Lukasz Zal, el formato casi cuadrado (1.37:1) que parece comprimir el mundo hasta lo esencial, y una duración que no concede ni un minuto de más: 82 minutos que pasan como un teorema. Pero Fatherland es, de las tres, la más exigente y la menos dispuesta a facilitarle las cosas al espectador. Es también, posiblemente, la más rica.
Mann es interpretado por Hanns Zischler con una dignidad cansada que oscila entre la grandeza genuina y la vanidad irremediable. Lo acompaña su hija Erika, escritora, traductora, organizadora de su vida y escudo humano contra el mundo: Sandra Hüller, que a esta altura ya no necesita presentación pero que aquí vuelve a demostrar por qué es la actriz más interesante del cine europeo actual. La relación entre ambos es el verdadero corazón de la película: no el viaje por una Alemania partida en dos, no los discursos sobre Goethe ni las presiones de la Guerra Fría, sino esa dinámica filial donde se mezclan el amor, el resentimiento acumulado y la admiración que cuesta reconocer. El viaje los lleva de Frankfurt, en el oeste, a Weimar, en la zona soviética. Cruzar esa frontera en 1949 era ya un gesto político de enorme peso, y Mann lo sabe y lo hace de todas formas, convencido de que la literatura no tiene zonas de ocupación. Esa convicción es admirable y también un poco ingenua, y Pawlikowski no la juzga pero tampoco la celebra: la muestra en toda su complejidad, incluyendo las consecuencias que tendrá para la reputación de Mann en Estados Unidos, donde su visita al este será leída como simpatía comunista. La película entiende que los grandes gestos humanistas rara vez son gratuitos.
Pero hay otro hilo que atraviesa Fatherland y le da su dimensión más oscura: la ausencia del hermano Klaus, el hijo que no se sumó al viaje. Pawlikowski abre la película con una escena larga en un hotel de Cannes donde Klaus habla por teléfono con Erika. La cámara no se mueve de él en todo momento: lo vemos a él, su cuarto desordenado, la jeringa sobre la mesita de noche, las palmeras sacudidas por el viento afuera de la ventana. Es una decisión formal perfecta, porque cuando Erika y Thomas partan hacia Alemania, Klaus ya habrá quedado atrás como un fantasma, y su ausencia pesará sobre todo lo que sigue.
Lo que Pawlikowski hace con esa ausencia es una de las cosas más interesantes de la película: no la dramatiza en exceso, no la convierte en el evento central, pero la deja filtrarse en cada conversación, en cada silencio de Erika, en cada momento en que el padre elige el deber público sobre el dolor privado. Mann es un hombre que cree en las ideas más que en las personas, o que necesita creer eso para seguir funcionando. Es un tipo difícil de querer. Pero Zischler lo construye con suficiente humanidad como para que, cuando algo finalmente lo rompe, uno lo sienta.
Fatherland no es una película fácil. Sus referencias a Kant, Nietzsche, Wagner y la historia política alemana de posguerra requieren cierto bagaje cultural, y Pawlikowski no ofrece atajos. Para quien llegue sin ese equipaje, algunas escenas pueden resultar herméticas. Pero también es cierto que la película funciona en un nivel más visceral, más inmediato: la frustración de tener un padre así, la dificultad de construir una identidad cuando el suelo se mueve bajo los pies, la culpa de los que se fueron y la rabia de los que se quedaron. Esas cosas no necesitan notas al pie.
Con Fatherland, Pawlikowski se posiciona desde el arranque del festival como el autor de la primera gran película de esta edición de Cannes. Una obra que confía en el espectador, que deja espacio para el silencio y la ambigüedad, que prefiere insinuar antes que subrayar. El resultado es una película que se expande en la memoria mucho más que en la pantalla, y que convierte 82 minutos de contención absoluta en algo que cuesta sacudirse de encima.