“Ambiental y divertida”

Por Sebastián Francisco Maydana.

Aspiraciones, esperanzas y prospectos de ascenso social. Estas son las cosas que busca alguien cuando emigra de un pueblo a Buenos Aires. Ya sea para estudiar o trabajar, el mismo hecho de vencer la inercia de la vida común y cambiar de paisaje y de vida es considerado un éxito. Nuestra historia está llena de pueblos fantasma marchitos por la suspensión de los servicios de tren y el desprecio por las economías regionales. Pero cuando Demóstenes vuelve a Aristóbulo del Valle, perdido entre caminos de tierra roja y yerbatales, se da cuenta de que el fantasma era él.

Como las grandes épicas, esta comienza in media res. Hay una parte que nos perdimos, acaso la más importante. Y como otras vueltas, la de Martín Fierro por ejemplo, pesa más el desencanto que la sabiduría ganada en la batalla. Un regreso inesperado y amargo, que promete revolver bastantes recuerdos que se creían olvidados pero nunca desaparecieron del todo. Antiguos amores, gente que nunca cambia, amistades puestas a prueba, y todo cruzado por la necesidad de conseguir un trabajo e insertarse de vuelta en la vida interrumpida por aquella excursión a la facultad y a la ciudad. A poco de llegar le encomiendan una misión: conseguir un lechón para el asado de año nuevo. Este es el dilema moral con el que se debate en toda la película, qué decisión tenemos sobre nuestras vidas y sobre la vida de los demás.

El clima es lo más logrado de la película. Porque se conjugan muchos elementos para conseguir ese preciso patetismo del llegar a los 40 años sin haber madurado, de la vida de pueblo y de la política de pueblo chico; de la convicción que en Brasil se vive mejor y llegar allí es la salvación; de la semana entre navidad y año nuevo, el tiempo suspendido que es igual a todos los anteriores pero aún así promete (y le creemos) ser el comienzo de algo nuevo y mejor.

Fantasma vuelve al pueblo quizás sea, en efecto, el comienzo de algo. Lejos de una crisis de los 40, este largometraje de Augusto González Polo puede considerarse adolescente. Por algunos planos pueriles, ciertas decisiones naïfs y un guión que lleva de la mano al espectador a veces demasiado lejos. Es cierto. Pero más que nada por la frescura que exuda en cada escena y una jugada dignidad detrás de la cual hay un guionista y director que tiene cosas para decir. Cosas sobre la forma de ver el arte, pero también sobre cómo nos relacionamos con el trabajo que hacemos y con los animales con quienes convivimos. Y otras más.

El debut de Juan Román Diosque como actor es para destacar. Habita cómodamente el personaje de Luis Miguel, el amigo y ocasional antagonista de Fantasma, y muy apropiadamente: él también emigró del interior a la capital, pero en cambio sí triunfó, y de la mano de Melero transformó la escena musical porteña. Desde la pantalla se adivina una complicidad con Fantasma y con los demás personajes, una familiaridad cálida y bien lograda.

Una obra ambiental y divertida, una propuesta ética y política, un manifiesto sobre una época y una edad… Fantasma vuelve al pueblo es muchas cosas, pero sobre todo, puede ser muchas cosas, ya que escapa a lecturas unívocas y se presta para que cada espectador saque algo significativo.

Titulo: Fantasma vuelve al pueblo

Año: 2021

País: Argentina

Director: Augusto González Polo

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