Cristian Mungiu comenzó recordando que su primer contacto con el arte no fue a través del cine, sino de la palabra escrita. «Yo empecé pensando en el relato, en contar historias, no en el cine», dijo. De niño, en una familia en la que todos hablaban mucho, se sintió obligado a escribir: «Mi padre hablaba, mi madre hablaba, mi hermana hablaba… y yo, como era el más joven, no tenía lugar. Así que decidí escribir lo que tenía que decir para después». Esa inclinación lo llevó a estudiar literatura y a trabajar como periodista en los años 80, antes de que la caída del comunismo en 1989 lo empujara hacia el cine. «Nunca pensamos que el comunismo caería, y cuando ocurrió todos mis amigos me dijeron: si siempre dijiste que querías hacer cine, ahora es el momento».
En la escuela de cine destacó por su disciplina: «Cuando había que entregar un guion, yo no tenía uno, tenía tres. Y eso marcó la diferencia». También acumuló experiencia práctica como asistente en rodajes extranjeros: «Estuve en sets de directores franceses y americanos, y eso me enseñó lo que en la facultad no». Su primer largometraje fue una odisea de precariedad y perseverancia: comenzó a rodar sin el dinero suficiente y el presupuesto se agotó en medio del rodaje. «Hicimos lo que hacen todos en esa situación: empezar igual, esperar que aparezca algo. Y efectivamente, el dinero se acabó». Con apoyos parciales de Rotterdam y el Centro Nacional de Cine logró terminarlo, y finalmente la película llegó a Cannes, aunque «ocho personas dormíamos en un cuarto a 40 km del festival».
Una experiencia clave en su carrera fue su encuentro con Dennis Hopper, quien lo invitó a reescribir un guion en Carolina del Norte. «Me dijo: ‘el lunes me voy, ¿puedes venir conmigo a reescribir esto?’ Yo respondí: necesito una visa. Y Hopper llamó a la embajada. Cuando fui a sacar la visa todos decían: ‘este es el tipo por el que llamó Dennis Hopper’». Pasó semanas en su casa, escribiendo y escuchando anécdotas memorables. La lección principal fue estratégica: «Me di cuenta de que tendría más posibilidades de ser notado quedándome en Rumanía, como un pollo con alas rojas en un corral pequeño, que siendo un desconocido en un mar de europeos del Este en Estados Unidos».
El triunfo con 4 meses, 3 semanas, 2 días marcó un antes y un después. «Nunca antes ni después tuve esa certeza: sentía que estaba filmando algo fuerte». El rumor creció hasta que Cannes lo seleccionó y finalmente le otorgó la Palma de Oro. El impacto en Rumanía fue histórico: «De repente todo el mundo decía que era el momento histórico del cine rumano. Hasta transmitieron en vivo la ceremonia en Rumanía, con mi ex profesor comentando en televisión». Pero él recuerda sobre todo la presión: «Toda la ceremonia estuve pensando: ¿qué digo si subo al escenario? No quería decir sólo ‘mamá, papá, gané’». Después del premio, agentes de Hollywood lo tentaron: «Todos me decían: ven, firma, aquí puedes hacer lo que quieras. Pero yo pensaba: ¿haré las películas que deseo o las que ellos quieran?». Finalmente decidió quedarse: «Para mí es más importante ser veraz que ser famoso o rico».
La reflexión estética y ética fue central en la masterclass. Para Mungiu, «importa tanto la historia que cuentas como los medios que usas para contarla». Su estilo se caracteriza por prescindir de música y minimizar los cortes: «No quiero que el espectador sienta que el director le dice: ahora debes emocionarte». Apuesta por largos planos secuencia porque «el cine es, junto con la música, el único arte capaz de mostrar el paso del tiempo… pero sólo si no cortas». Esa elección, reconoció, vuelve su cine “difícil, seco, exigente”, pero lo considera más honesto: «El estilo puede ser seco y difícil, pero es más honesto».
En Venecia habló también de su libro Una vita romena, dedicado a su abuela Tania. «Yo crecí con ella en casa, siempre la sentí marcada por una tristeza permanente. Cuando decía ‘mi hogar’, se refería a la casa que había perdido en 1940». Durante años recogió sus recuerdos para asegurarse de que no se perdieran: «Decidí escribirlo como un libro, no sólo notas, para que mis hijos conocieran su historia». El relato tomó un nuevo sentido con la guerra en Ucrania: «Me di cuenta de que mis abuelos tenían razón: junto a un imperio, la guerra siempre regresa». Recordó el dilema de 1940, cuando los soviéticos dieron 24 horas para abandonar Besarabia: «¿Qué haces? ¿Te quedas con tu casa o huyes? Mi familia decidió quedarse. Fue el fin: arrestaron a mi bisabuelo, fusilaron al hermano de mi abuela, ella fue deportada a Siberia… solo ella sobrevivió».
Más allá de su obra, Mungiu compartió su compromiso con el cine como institución cultural. Fundó su propia productora, organizó festivales y caravanas de proyección para suplir la ausencia de salas en Rumanía: «Compré un camión con proyector y pantalla y organicé un tour por 30 ciudades. Pensé que sería una llamada de atención para los políticos sobre la falta de infraestructura… pero nunca hicieron nada. Mi ejemplo extremo se convirtió en la norma». Reconoció que estas tareas le han consumido mucho tiempo: «Mientras hacía mis películas, también criaba a mis hijos y trataba de salvar el cine en Rumanía».
Sobre su manera de filmar, detalló la decisión de usar la cámara en mano: «Un trípode es menos humano. La ligera vibración de la cámara se acerca más a cómo percibimos la realidad, con pequeños movimientos, con decisiones instantáneas». Y subrayó la dimensión ética de sus elecciones técnicas: «Aunque sea difícil, prefiero crear un momento real frente a la cámara y registrarlo, en vez de recrearlo con cortes. Es más verdadero».
Cerró la masterclass con un consejo íntimo, ligado a la memoria familiar: «Les digo siempre a los jóvenes: hablen con sus abuelos y padres hoy, no mañana. Uno cree que hay tiempo, pero no lo hay. Ellos se van antes de que tú decidas preguntarles». Una frase que resume la esencia de su obra: un cine de rigor y memoria, donde la honestidad estética y la responsabilidad histórica son inseparables.
MASTERCLASS COMPLETA (En inglés):
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CARTELERA MARZO: