Entrevista a Yaela Gottlieb, directora de No hay regreso a casa

Por Belén Ruiz Jelenic

 

No hay regreso a casa es tu primer largometraje documental autobiográfico donde indagas acerca de tu origen a través de imágenes de archivo casero, conversaciones virtuales y presenciales con tu papá y diarios íntimos que contienen reflexiones y preguntas a lo largo del relato. ¿Cómo desarrollaste el proceso creativo de la película tanto en la propuesta narrativa como en la estética? 

Más que un documental autobiográfico, quise construir un autorretrato doble. En el que a partir de un retrato de mi padre, podría construir un autorretrato también, un retrato de sujetxs enciclopédicxs que dialogaran con la Historia. Me interesaba como la historia de migración de mi padre, signada por hechos que marcaron el siglo XX, como la Segunda Guerra Mundial o la Guerra de los Seis días,  podía dialogar con la mía, tan lejana y cercana a la vez. En el proceso de ir haciendo la película, descubrí un personaje complejo, lleno de matices en el que me interesó profundizar. Después de muchos años de silencio, él empezó a hablar frente a la cámara y a disfrutar de hacerlo y lo hacía con mucho carisma. Mientras filmaba lo iba descubriendo y me fue interesando como personaje. Me llamaba la atención cómo podía hablar con tanta fascinación de espacios y sucesos tan lejanos en tiempo y espacio mientras estaba en un living limeño tomando una Inca Kola o como encontraba mucha dureza en sus palabras pero a la vez ternura cuando cuidaba de sus hijas. Al principio yo no aparecía en la película pero el material me llevó a aparecer y exponerme también, me parecía más honesto después de lo que estaba haciendo Robert. Además, al estar en Buenos Aires y poder viajar pocas veces a Lima a filmar, empecé a introducir más mi entorno. Esa limitación inicial dio lugar a la invención. Así aparecieron otros materiales: google maps, películas, videollamadas y los cuadernos. Me gusta pensar en los cuadernos como ese espacio en el que conviven distintas temporalidades y territorios.
La película se fue haciendo en paralelo al montaje. Primero empecé a editarla yo y cada tanto se las mostraba a un grupo de amigxs con el que nos juntábamos a compartir materiales. Ellxs sin duda fueron parte fundamental del proceso y me animaron a trabajar lúdicamente con otros materiales. Luego aparecieron guiones, en plural, que probamos, filmamos y que no funcionaron.  Finalmente, se sumó un montajista, Miguel de Zuvíria, clave y necesario en esta búsqueda, con quien nos divertimos mucho ensamblando las distintas piezas y probando distintos caminos. Fue un proceso artesanal, en el que montábamos y buscábamos las imágenes y sonidos al mismo tiempo, en esa instancia encontramos la película, un proceso habilitado también por el modo de producción con el decidimos trabajar esta película.

La película aborda una temática muy personal que tiene que ver con la construcción de la identidad a partir del cuestionamiento del legado familiar heredado. ¿Qué elementos fueron indispensables para tratar este tema y construir una mirada propia?

Cuando empecé a filmar, conocí a una artista chilena de ascendencia palestina que me interesó mucho, Claudia Aravena. Ella se preguntaba si la identidad al ser heredada, ¿debe ser parte de uno o no?, si podían existir identidades múltiples. Esas preguntas resonaron mucho en mi durante mucho tiempo, hoy prefiero pensar en lo indefinido y mutante. Me llamaba la atención como mi padre, hijo de sobrevivientes de Auschwitz, rumano nacionalizado israeli seguía tan aferrado a un país en el que sólo vivió cuatro años. Cuando él percibe que yo estaba alejada de su lugar de pertenencia, de pronto, esa obsesión se volvió imposición, un mandato familiar, y ahí me pregunté por qué y es así que empieza el proceso de la película. No entendía por qué después de tanto tiempo quería que yo me convirtiera en algo de lo que no tenía idea. En Perú no tuve vínculo alguno con el judaísmo ni con la comunidad judía, mi madre no es judía y por lo tanto para muchxs no lo era pero para el Estado sí. Allí aparecieron más preguntas, muchas están en el cuaderno y fueron las que motivaron la búsqueda. Hoy no sé si todas tienen una respuesta. 

Narrado en primera persona, propones un documental de reconstrucción ¿En qué te transformó profundizar en tu origen?

Sinceramente me interesaba trabajar alrededor de experiencias cercanas para poder trazar una línea con algo más universal. Temía mucho que la película se quede muy en mi y no logre tener esa universalidad. Creo que no tengo una respuesta clara para esa pregunta. Me cansa un poco darle una respuesta, no me gusta pensar que hay que ser una cosa. Prefiero pensar que somos mutaciones, hay algo más potente ahí. De hecho, para mi la película abandona esa reconstrucción hacia el final. Empecé a hacer la película cuando tenía 24 y la terminé a los 28. Hoy tengo 30 y sin duda, no soy esa persona que empezó a filmar hace tanto tiempo, me da curiosidad cómo resonará la película en los años siguientes. 

La película también refleja la relación con tu padre y las diferencias ideológicas y generacionales a través de un relato de intercambio. ¿Cómo transitaste ese proceso participativo y luego tomar distancia para crear tu punto de vista en la obra?

Creo que la película es también ese ​​encuentro entre dos generaciones marcadas por epistemes en tensión, casi contrarias, y que probablemente nunca se vayan a reconciliar, pero que de todos modos a fuerza del afecto logran escucharse. Yo no quería hacer una película que juzgue ni que disculpe, me interesaba más que quien la vea se sienta interpeladx. No quería hacer una película en la que haya una premisa clara a priori y que la película se encargue de sostenerla. Quería que sea la propia película quien abra preguntas, interrogantes que puedan trascender a mi padre y a mí. 

¿Te encontrás trabajando en otros proyectos?

La película es la segunda entrega de una serie de trabajos en las que vengo trabajando “Ficciones fronterizas”. Ahora estoy haciendo la tercera entrega, un cortometraje que filmaré en octubre en un caserío peruano.  Por ahora quiero experimentar más con cortometrajes hasta que haya algo que me mueva fuertemente como para hacer y sostener una película. Trabajo bastante para pagar las cuentas y se complica darle lugar a ese espacio de creación sin que una fuerza extraña se apodere de mí nuevamente. 

Titulo: No hay regreso a casa

Año: 2021

País: Perú

Director: Yaela Gottlieb

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