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Entrevista a Tsai Ming-liang, director de Dust (La deriva)

"El proyecto de Walker es una forma de afrontar la realidad, de asumirla y de no esconderla ni cosmetizarla. No intento controlar esas circunstancias accidentales."

Yes, Nadav Lapid

Fotografía: Aguz Izquierdo

Nos conocimos hace tan solo unos meses en la Filmoteca de Cataluña, en Barcelona ¿Has cambiado en este tiempo?

Claro, lo recuerdo. Muy buena pregunta [piensa]. No demasiado. Mi vida sigue igual, aunque ya estoy pensando en rodar dos películas más de la serie Walker. Además, tengo nuevas ideas. Me gustaría hacer una obra de teatro el año que viene. A parte de estos proyectos, mi vida sigue igual que siempre. Continúo viajando, aunque cada vez soy más viejo. Ya no lo disfruto tanto como antes. Prefiero quedarme en casa y vivir mi vida en paz.

Siempre te he querido preguntar, al respecto de Walker, la serie que nos reúne hoy aquí: ¿Cómo eliges los espacios? ¿Es algo arbitrario? ¿Te llama la atención un escenario, una escena, y decides filmarla por eso?

Realmente no conozco demasiado San Sebastián. Vine aquí dos veces, para hacer La deriva. Por suerte, tengo una directora de localización idónea, Victoria. Ella me llevó a visitar los lugares que consideraba interesantes, y yo la seguía y recorría la ciudad con ella. Normalmente elijo los espacios por intuición, o por conexión a primera vista. Luego, por eso, sí que necesito marcar la perspectiva y el punto de vista de los lugares, sobre todo de los espacios grandes. Me gusta mucho pensar donde plantar la cámara.

¿Qué significa, para ti, el acto de caminar? Ya no solo como algo metafórico o espiritual, sino como acción anatómica.

En mi caso, aplicado a esta película, tiene que ver con algo metafórico. Estoy fascinado por la historia de un monje chino llamado Xuanzang, que recorrió, durante siglos, miles de kilómetros hasta la India persiguiendo unas escrituras budistas. Es una idea que me conmovió profundamente cuando la escuché por primera vez, y que siempre he tenido en mente. Con esa acción, mínima y aparentemente irrisoria, Xuanzang emprende un periplo en busca de los sutras para hacer del mundo un lugar mejor. Siempre he sentido atracción por la idea de viaje y el viaje en sí.

Lee Kang-sheng es un actor primordial en tu filmografía. Podríamos decir que ha caminado a lo largo de ella.

Así es. Entre él y yo, cabe decir, casi no hay comunicación verbal. No necesitamos ni hablar, fíjate [Risas]. Lee Kang-sheng entiende que quiero hacer en cada momento. De la misma manera que él sabe muy bien, constantemente, qué está haciendo. Crecimos en una misma cultura, y los dos estudiamos un poco el budismo. Eso es importante, porqué tanto él como yo nos sentimos atraídos por el Viaje hacia el Oeste de Xuanzang, así que conocíamos el mito.

Encarna la versión contemporánea del monje chino al que te refieres. Es una especie de reencarnación, ya que hablamos de términos budistas, que choca con un presente cada vez más ruidoso y caótico.

Me gusta ese contraste. El mundo es así, tal como es. Es algo natural, si lo piensas. El mundo sigue su curso. En ese sentido, como le pasa al monje, uno puede tener otro plano, interior e introspectivo, donde encontrar la calma y refugiarse de esa externalidad ruidosa, como bien calificas.

En este caso, podemos ver a Xuanzang vagando en silencio por escenarios muy llamativos como, por ejemplo, un concierto de punk radical vasco.

El monje deambula por un lugar lleno de jóvenes que están molestos y disconformes con el presente y el sistema. Quieren cambiar el mundo. Yo creo que el punk es una buena manera de hacerlo o, como mínimo, de expresarlo. Estoy muy contento de cómo ha quedado esa escena, tuvimos mucha suerte de encontrarnos por ahí cerca del concierto y que nos dejasen rodar. Se respira un aire rebelde, un espíritu que no se conforma. Me parece fascinante que en estos días aún haya gente dispuesta a luchar.

¿Cómo es un rodaje de la serie Walker? ¿Qué instrucciones le das al intérprete?

Bueno, yo le digo que vaya de ese tal punto hasta ese tal otro. Y lo hace [Risas]. Es un actor formidable, siempre es fácil trabajar con alguien como él. Tiene una habilidad encomiable para completar los personajes, porque los entiende muy bien. Tengo un sentimiento absoluto y convincente que me entiende a la perfección. En el caso de la serie Walker, controla al milímetro el movimiento de su cuerpo. Y ya está, solo necesito eso [Risas].


En este último montaje, el monje sale menos solo que en anteriores títulos. Hay más gente mirándolo, es casi como una atracción.

Ahí se ve claramente que estas películas no son una ficción, no del todo. Son una recreación, casi performativa, que pretende ser real. La gente mira al monje, mira a la cámara. Participa en el film en un entorno completamente real. En el caso de La deriva, eso se ve muy explícitamente: hay gente que incluso intenta tocar al protagonista [Risas].

¿Te sientes cómodo en este terrario?

Mucho. Toda la serie está filmada en un entorno real y espontáneo. No hay sets, ni preparados, ni escenificación. Y yo, como director, a duras penas intervengo. Dejo que suceda. Y me parece que, en ese procedimiento, radica algo de belleza, me parece muy hermoso. De hecho, el proyecto de Walker es una forma de afrontar la realidad, de asumirla y de no esconderla ni cosmetizarla. No intento controlar esas circunstancias accidentales.

Parece fácil, pero el experimento conlleva riesgos ¿no?

Requiere preparación y consciencia. En las películas de ficción, tengo que recrear la realidad. En cambio, para la serie Walker tengo que capturar la realidad misma. Por eso me entreno para no preocuparme demasiado por lo que sucede frente a mi cámara.

¿Qué relación guardas con Eduardo Chillida, las esculturas del cual están presentes en este último ejercicio?

Bien, como sabes, amo con locura el arte contemporáneo, en especial la escultura. Los trabajos de Chillida me parecen muy impactantes. Una vez los contemplas, no te los sacas de la cabeza, no te vuelves a olvidar. He aprovechado la ocasión para visitar su obra, aquí en Donostia. Me alegró saber que podría filmarlos para esta película.

El film cierra con una ranchera de Chavela Vargas.

Llevo escuchando a la cantautora desde hace más de veinte años. Me quedé totalmente rendido y enamorado en el preciso instante en que la conocí. Me encanta su música y sus canciones, pese a que son tristes. Su sonido ha evolucionado mucho a lo largo de su trayectoria, pero cuanto más escucho su música, más me conmueve. He seguido escuchándola con frecuencia. Chavela es puro talento, tiene una voz única. Que saliese en una de mis películas ha sido una oportunidad irrenunciable. Además, sus letras conectan profundamente con mis emociones en este momento, y sus canciones encajan a la perfección con La deriva.

Unas letras tristes, despechadas, de gente solitaria. Son casi un grito de alienación.

Así es. Lo que dicen es triste, pero su canal es poderosísimo.

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