Entrevista a Mariana Sanguinetti, directora de Annemarie, y Paloma Torras, productora
"¿Quién cuida nuestros archivos y cómo hacemos para que sigan disponibles?"
¿Cuándo surgió la idea de hacer una película sobre tu bisabuela y qué te llevó a concretar el proyecto? ¿Cómo fue el proceso de transformar una historia tan cercana, vinculada a tu propia familia, en una película que pudiera trascender ese ámbito y acercar la vida y la obra de Annemarie a un público más amplio?
Mariana Sanguinetti: La idea de hacer una película sobre Annemarie flotaba desde hacía varios años. Entre que yo hacía cine y ella no tenía ningún documental, había algo “al caer”: en algún momento me iba a tocar a mí hacer esa película. Pero tenía otros proyectos de ficción y nunca había hecho un documental, así que se me hacía difícil encontrarle el tiempo. Ahí llegó la pandemia y me obligó a encontrarlo. Creo que el proceso fue doble y simultáneo: acercar la vida y obra de Annemarie a una historia más cercana, y después volverla más universal. En un principio yo no la sentía tan propia. De hecho, creo que parte del tema de la película tiene que ver con apropiarse de la historia de uno, y pienso que eso es lo que termina acercándola al público, más allá de que la obra de Annemarie trasciende públicos y épocas por sí sola.
Al trabajar sobre una figura tan cercana, ¿cómo encontraste la distancia necesaria para construir una película que pudiera interesar también a alguien que no conoce la historia de tu familia ni la obra de Annemarie Heinrich?
Mariana Sanguinetti: Sobre todo, charlando con gente. Quería ver las distintas inquietudes de quienes eran fanáticos de su obra, de quienes la conocían pero no tanto y de quienes no tenían idea de qué les hablaba. Así fui encontrando qué le atraía a cada tipo de espectador, e intenté hacer una película que pudiera interesarles a todos por distintos motivos. También pensé en qué me pasa a mí cuando veo películas sobre artistas que conozco mucho y sobre artistas que no conozco para nada.
Sus retratos de Eva Perón, Mirtha Legrand, Mercedes Sosa y tantas otras figuras contribuyeron a construir una parte del imaginario visual argentino. ¿Cómo pensaste la relación entre esas imágenes tan reconocibles y las fotografías menos difundidas que permiten descubrir otras facetas de su obra?
Mariana Sanguinetti: Uno de los desafíos de la película era encontrar un equilibrio entre los retratos más reconocidos y las fotografías menos populares. Creo que dice mucho del tipo de artista que era Annemarie poder mostrar que trabajaba con técnicas distintas, siempre con la misma curiosidad, destreza y dedicación. Es característico de la obra de Anne que un retrato de rutina de un bebé, por ejemplo, tuviera el mismo nivel de trabajo que sus obras icónicas, como los retratos de artistas consagrados.
Annemarie llegó a la Argentina siendo adolescente, sin dominar el idioma, y encontró en la fotografía una forma de desarrollar su oficio. ¿Qué te interesa de esa experiencia de una mujer extranjera que logró construir una posición propia en un ámbito profesional atravesado por desigualdades de género?
Mariana Sanguinetti: Me interesa muchísimo cómo se construye un oficio y, en general, cómo se construye una vida. Creo que hay algo en esos recorridos típicos del siglo XX, marcados por circunstancias completamente externas, que resulta interesante pensar hoy. Finalmente, el oficio que era su plan B, al que empezó a dedicarse porque no hablaba el idioma, fue lo que terminó ordenando su vida, pagando sus cuentas y consagrándola como artista. La relación de uno con sus circunstancias siempre me parece un tema interesante para pensar. Por momentos pareciera que ella amó lo que le tocó, a pesar de lo trágico y difícil que era, y eso es inspirador. Y me gusta mucho cómo habla de las desigualdades de género: directamente le parecían absurdas. No le interesaba de dónde venían, solo desacreditarlas. Me parece una postura muy inteligente de su parte.
¿Cómo te incorporaste al proyecto y qué fue lo que te interesó de la posibilidad de producir una película sobre Annemarie Heinrich desde una perspectiva tan íntimamente ligada a la historia familiar de Mariana?
Paloma Torras: Me sumé al proyecto hacia fines de 2020, cuando Mariana ya había filmado una primera etapa de entrevistas con parte de su familia. Yo había producido su cortometraje Tan perdida como convencida y me entusiasmaba seguir construyendo ese vínculo de trabajo y acompañar su mirada como directora. A Annemarie la conocía, como mucha gente, por su famosa foto de la terraza, que Mariana había evocado en su primer corto, Antes de irme. Con el rodaje fui descubriendo cada vez más su figura, su obra y el Estudio de Callao, que es un universo en sí mismo. Desde el principio me interesó esa perspectiva tan íntima. Creo que en una película así lo personal es inseparable de lo que se cuenta, y ahí está buena parte de su fuerza. La búsqueda de Mariana iba más allá de reconstruir la vida de su bisabuela: también era una forma de preguntarse por sí misma y por su propia historia. Como productora, me interesaba acompañar esa búsqueda y darle espacio a lo que pudiera aparecer en el camino.
La película trabaja con fotografías históricas y testimonios de distintas generaciones. ¿Cómo se tradujeron esas necesidades de investigación y acceso al archivo en la organización del rodaje, los tiempos de trabajo y el presupuesto?
Paloma Torras: Fue algo muy orgánico, porque el archivo estuvo siempre a disposición, con las puertas completamente abiertas para Mariana y para todo el equipo. Mariana pasó muchísimas horas en el Estudio revisando obra, cartas, material gráfico y audiovisual, y las miles de cosas que guarda Callao. Por eso el rodaje no se organizó como un plan cerrado, sino que fue acompañando lo que la investigación iba descubriendo. Trabajamos por etapas, filmando a medida que aparecían nuevas pistas. Esa flexibilidad fue fundamental y, al mismo tiempo, se adaptó muy bien al presupuesto y a una financiación que también llegó por etapas, gracias a distintos mecenazgos y a un Documental Digital del INCAA. Tener siempre abiertas las puertas del Archivo Annemarie fue un gran motor y una ayuda enorme para el documental.
La película recupera la trayectoria de una artista cuya obra forma parte de la cultura visual argentina, aunque no siempre se conozca en profundidad la historia de quien estuvo detrás de la cámara. ¿Por qué creen que todavía es necesario volver sobre figuras como Annemarie Heinrich y revisar el lugar que ocupan en nuestra historia cultural?
Es nuestra historia, y pensar en el pasado siempre echa luz sobre el presente. La obra de Annemarie es fundamental para conocer el siglo XX en nuestro país desde muchos aspectos. En particular, la película le dedica un capítulo a la importancia de su labor en la construcción de las estrellas. La figura de Annemarie es central para entender parte de la formación de la industria visual, audiovisual y escénica de la Argentina.
¿Qué dificultades encuentran hoy para hacer y producir documentales en Argentina, especialmente cuando requieren procesos prolongados de investigación, acceso a archivos y un trabajo de conservación que excede los tiempos habituales de una producción?
Hacer cine en Argentina es un ejercicio de paciencia e insistencia, y hoy lo es todavía más. Con el desfinanciamiento del INCAA y la reducción de las líneas de fomento, muchas películas terminan sosteniéndose con apoyos puntuales, fondos propios y muchísimo trabajo que no llega a ser remunerado. En nuestro caso, Annemarie nos llevó unos seis años, desde las primeras entrevistas en 2020 hasta el estreno. Un documental de archivo tiene tiempos que no se ajustan a los calendarios de las convocatorias ni a los plazos de una producción tradicional: la investigación no se puede apurar, y muchas veces lo que aparece en una caja cambia la película. A eso se suman costos que no siempre se ven, como digitalizar, ordenar, restaurar y conservar el material. En el caso del Estudio de Callao, la película convive con un archivo vivo que necesita un cuidado permanente, y eso excede por mucho lo que puede cubrir una producción. Tuvimos mucha suerte de que la familia Heinrich-Sanguinetti nos abriera las puertas y de que tanto Anne como sus hijos mantuvieran el archivo en tan buen estado de conservación. Creemos que la película también deja planteada esa pregunta: quién cuida nuestros archivos y cómo hacemos para que sigan disponibles.