“Creo que la voz propia no se construye como una estrategia, sino como una consecuencia. En mi caso, aparece cuando soy fiel a mis propios cuestionamientos, a mis obsesiones, a mi sentido del humor, incluso a mis contradicciones. Todo eso, que a veces parece disperso, termina combinándose y generando algo que inevitablemente tiene identidad.”
Un futuro brillante construye una distopía que se siente cercana y cotidiana. ¿Cómo trabajaste ese equilibrio entre lo reconocible y lo extraño desde el guion y las locaciones?
Como espectadora, siempre me interesó ese territorio intermedio que se arma entre una representación reconocible del mundo y un mundo levemente inventado. No tanto la fantasía explícita, sino ese pequeño lugar indefinido. Creo que ahí es donde se ubica Un futuro brillante. Se acerca a la idea de una ucronía: un mundo que podría ser el nuestro, pero en el que en algún punto del pasado algo ocurrió de otra manera y eso produjo un desvío. No es un quiebre espectacular, sino un desplazamiento leve que reorganiza la vida cotidiana.
Ese corrimiento no está solo en lo visual.
Si, en una suma de detalles: las costumbres, las formas de hablar, de brindar, la comida que se consume, la manera en que los cuerpos se mueven y se relacionan, los sonidos que rodean las escenas. Todo es parecido a lo real, pero está levemente alterado, y esa leve alteración es la que produce la inquietud. En términos de producción hubo una decisión clara: como no podíamos acceder a lo extraordinario, nos inclinamos por lo despojado. Fue una elección constante de arte y de fotografía. Las locaciones son pocas, bastante austeras, espacios reales que no buscan espectacularidad. Esa austeridad ayuda a que el mundo se sienta posible y, al mismo tiempo, abstracto. Al mismo tiempo, la película se siente cercana porque, en esencia, cuenta una historia muy humana y muy clásica. Es un relato de crecimiento: una joven que parece tener un destino ya trazado y que, en el proceso, empieza a cuestionarlo. Es una historia de emancipación y de afirmación del libre albedrío. En ese sentido, aunque la forma tenga algo singular y el universo esté corrido, la estructura narrativa es bastante tradicional. El recorrido del personaje es reconocible. Y creo que ese contraste, es lo que permite que la película se sienta a la vez inquietante y cotidiana.
Termina siendo un mundo apenas desplazado de la realidad ¿y qué te interesa de esas distopías íntimas y poco espectaculares?
En realidad no es que me interesen particularmente las distopías íntimas y poco espectaculares. Lo que pasó en este caso también tuvo que ver con un choque muy concreto con la realidad presupuestaria. A mí me encantaría hacer películas con presupuestos mucho más grandes, y creo que serían igualmente legítimas, simplemente trabajarían con otras herramientas y otras escalas. No hay una postura romántica respecto a trabajar con menos recursos, al menos no en este caso. Sí creo que hoy el imaginario distópico más espectacular está bastante trabajado, y que cuando uno se mete ahí entra en una tradición muy consolidada. En nuestro caso, el camino fue otro: crear un mundo más desde las ideas que desde los efectos, el arte monumental o grandes números de extras. Y eso fue, más que elección conceptual, una consecuencia muy directa de los límites materiales. Por ejemplo: no teníamos más dinero para ambientar una locación, entonces en lugar de llenarla de mobiliario decidíamos vaciarla. Poníamos una alfombra y sentábamos a los jóvenes en el piso. Y eso, inesperadamente, funcionaba mejor. O no teníamos presupuesto para eliminar por VFX autos y elementos demasiado contemporáneos, que era uno de los grandes desafíos, porque había que esquivar lo que remitía demasiado claramente al Uruguay actual, entonces los cubríamos. Primero con esas fundas plateadas que se usan para proteger autos. Cuando ya no alcanzó el dinero para más fundas plateadas, usamos colchas a cuadrillé. La directora de arte, Cecilia Gerriero fue muy creativa en ese sentido, y creo que disfrutaba el desafío. El director de fotografía proponía luces oscilantes que cualquier manual desaconsejaría, y sin embargo el editor las recibió como parte de la lógica del mundo. Era un trabajo colectivo de invención constante, de rebusque, pero también de coherencia.
Todos esos detalles mínimos, que son muchos, costumbres, sonidos, espacios, sostienen el universo y revelan cuánto trabajo invisible hubo en esa construcción del mundo
Sí, hay muchísimo trabajo invisible. Y también hay muchísimo más que no quedó en la película, sobretodo trabajo de guion (que trabajamos junto a Federico Alvarado). Uno de mis grandes desafíos como directora es no quedarme demasiado en el detalle. Es un lugar al que tiendo naturalmente: me inspiro mucho en la vida cotidiana, en los gestos mínimos, en las pequeñas observaciones, y eso lo traslado a la escritura. Pero siempre llega el momento en que hay que buscar el corazón de la película. Es el corazón lo que tiene que quedar, y todo lo demás, aunque esté trabajado con mucho cuidado, muchas veces hay que atenuarlo. Por lo general me pasa que tengo que reducir bastante todo eso que en el guion estaba muy desarrollado. Muchas capas, muchos matices, mucho contexto que ayudan a construir el mundo, pero que después, si se quedan todos, compiten con lo esencial.
También dialoga con tradiciones de la ciencia ficción, pero manteniendo la identidad muy singular. ¿Cómo se construye una voz propia dentro de un género tan codificado?
Creo que la voz propia no se construye como una estrategia, sino como una consecuencia. En mi caso, aparece cuando soy fiel a mis propios cuestionamientos, a mis obsesiones, a mi sentido del humor, incluso a mis contradicciones. Todo eso, que a veces parece disperso, termina combinándose y generando algo que inevitablemente tiene identidad. No parto del objetivo de “ser singular” dentro de la ciencia ficción. Más bien intento escucharme sin demasiada interferencia: sin pensar tanto en lo que se supone que el género exige, en cuál es la agenda del momento, en qué temas “rinden” o cuáles son más programables. Me interesa más partir de una inquietud genuina que de una consigna externa.
La película cruza temas como juventud, productividad y control social. ¿Qué preguntas te interesaba abrir sobre el presente a través de esa distopía?
¿Qué es lo que nos hace felices, de verdad? ¿En qué queremos gastar nuestro tiempo finito? ¿Queremos lo que queremos o queremos lo que quieren para nosotros? ¿Estamos dispuestos a decepcionar a todo nuestro entorno con tal de decidir sobre nuestras propias vidas? También: ¿cuándo empezó a ser tan natural medir el valor de una persona en términos de productividad? ¿Por qué asumimos que estar ocupados es estar vivos? ¿Quién nos convenció de que rendir es sinónimo de existir? Mostrando la peli y hablando con personas me di cuenta de que hay algo muy foucaultiano en todo esto: no hace falta un gran dictador si el control ya está internalizado. Si el dispositivo funciona perfecto porque cada uno se autoexige, se autoevalúa y se autocastiga. Me interesaba esa idea de que el poder no siempre reprime: a veces seduce, organiza, optimiza. Y nosotros felices, creyendo que estamos eligiendo.
¿Estás trabajando en nuevos proyectos?
Sí, siempre. Intento no bajar el índice de rendimiento (risas)
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CARTELERA ABRIL: