Entrevista a Guido Montini, director de El estirón
"No era tan importante transmitir lo que le pasó al personaje, sino cómo lo sintió: pensar el cortometraje como un intermedio entre un recuerdo y un sueño nos permitió corrernos de lo literal y trabajar desde lo sensible."
Estamos ante una situación que irrumpe de forma inesperada y que, en su breve duración, despliega múltiples formas, variables y lenguajes; además, aparece una diferencia de edad que sugiere mundos opuestos. ¿Cómo pensaste esa tensión desde el origen del proyecto?
El germen de El Estirón es una especie de prólogo de un largometraje que yo comencé a trabajar en el taller de guion de Sacha Amaral y Ramiro Pérez Ríos. Cuando escribí esa primera parte, muchxs de mis compañerxs me mencionaron que podría filmarla como un cortometraje, con la idea de hacer un “teaser” para ese proyecto más largo. Yo me moría de ganas de filmar algo, y siempre los cortometrajes están más a mano, así que terminé adaptando ese prólogo a un formato de cortometraje y me terminó quedando esto. Ese prólogo se transformó mucho en el proceso, y ya no tiene nada que ver con esa película más larga, pero creo que muchas de las ideas que lo componían siguen en pie: el descubrir de un deseo, por no decir “el deseo”, que en la edad del personaje principal puede tratarse de un momento banal, y aun así significar una promesa de algo por venir, algo para lo que uno todavía no está listo, pero en lo que se empieza a dar sus primeros pasos, sus primeros acercamientos. Y a raíz de esas imágenes que se imprimen en la consciencia se fue armando el cortometraje, buscando la construcción de las mismas.
El personaje interpretado por Vicente Stubrin está muy trabajado, tanto en sus tonos como en sus gestualidades. ¿Cómo fue el proceso de trabajo con él y cómo llegaste a elegirlo para el rol?
Vicente es extraordinario. Cuando terminé la primera versión del guion, me pasaba que cada persona que lo leía me hablaba de “un chico que podía ir para el protagónico”, y todos estaban hablando de Vicente, a quien habían visto en una obra de teatro (Cine Herida de Sofía Palomino). Como me lo mencionaban tantas personas, decidí tirarme a la pileta y castearlo sin siquiera haber visto una foto de él. Unas semanas antes del rodaje, repusieron Cine Herida en Arthaus y con el director de fotografía fuimos a verla para confirmar efectivamente quién iba a ser el protagonista del corto. Ahí entendimos todo: es un chico realmente especial, con una frescura y carisma que le son inherentes. La manera de trabajar con él es más bien no trabajarlo tanto y generar las condiciones para que no pierda esa espontaneidad que le es natural. En rodaje, el tipo estaba atentísimo a la continuidad narrativa, a los tiempos de su personaje, a sus reacciones. Yo hablé con muchos directores que trabajaron con niñxs y me dijeron cosas similares: a veces es incluso más fácil trabajar con niñxs actores, porque son incapaces de hacer algo que no les sea verdad. Vicente objetaba mucho algunas direcciones, y tomábamos solo aquellas que eran ciertas en sus gestos y formas. Hubo que ensayar el corto varias veces como una obra cortita para lograr ese pulido del guion y el personaje, pero fue un proceso bastante llevadero.
Se construye de manera muy precisa la diferencia de lenguajes en esos primeros años de adolescencia, esa ambigüedad entre ser novios o amigos y la posibilidad de otros vínculos. ¿Cómo abordaste esa complejidad en el guion?
A mí me divierte mucho observar y charlar con chicxs preadolescentes. Hay un residuo de ingenuidad infantil mezclada con una viveza adolescente que solo está presente a esa edad. Supongo que lo autobiográfico jugó mucho también. Hay ciertas frases y anécdotas que aparecen en el corto que son tomadas directamente de mi vida personal, de mis compañeros del colegio o mis amigos del barrio. Fui probando todo en el talle, y descartando aquellas cosas que parecían demasiado extravagantes o fuera de registro para un chico de esa edad, aunque justamente creo que en ese momento de la vida estás constantemente fuera de registro, empezando a probar distintas personalidades, a desarrollar inseguridades con respecto a tus vínculos y tu cuerpo. Por ejemplo, a esa edad arrancaron los primeros noviazgos en mi colegio, pero creo que nadie sabía lo que es estar de novios realmente. Solamente queríamos ponernos de novios porque era una forma de acercarse o anticipar esas “cosas de grande” que estábamos empezando a explorar. Recuerdo las parejitas que se formaban en 5.º grado: tenían poquísima química, pero en ese momento se sentían muy reales.
El corto retrata con mucha sensibilidad una etapa muy específica, ese momento en el que uno está un poco perdido sin terminar de entender del todo lo que le pasa. ¿Qué referencias o experiencias tomaste para construir ese universo?
Pensaba mucho en una sensación de inadecuación que hasta el día de hoy sigo teniendo por momentos, y que tiene que ver con el “no estar a la altura” de aquello que se anhela. En los ojos de un niño, el momento previo a pegar el estirón, a ser finalmente un adolescente, es una promesa enorme de cosas increíbles que uno piensa que van a suceder, y hay algo un poco doloroso de todavía no haber llegado a ese momento, de que le esté llegando a otros y a vos no. Y de repente ya no sos un chico, sos un adulto y te pasa lo mismo. La gente alrededor tuyo empieza a lograr cosas, cosas que no son imposibles pero a las que vos todavía no llegaste o que por alguna razón se sienten lejanas, y uno vuelve a sentirse chiquito, como en aquel momento de la preadolescencia donde lo mejor está por venir, pero todavía no llega.
En tan poco tiempo lográs condensar muchas capas emocionales y narrativas. ¿Cómo trabajaste la síntesis para que todo eso conviviera sin saturar el relato?
Hubo dos instancias. En primer lugar, la escritura. Trabajar el guion en un taller fue clave; mis compañerxs me ayudaron muchísimo a tallar e ir al hueso de la situación narrativa. Llegué a quitar personajes, secuencias enteras, locaciones, y a concentrar todo en un par de escenas y acciones, lo que además me dio muchas facilidades en la producción. Y una vez que eso estaba cerrado, lo potenciamos en el guion técnico. Había que construir esas imágenes banales que pasan a imprimirse en la consciencia. Hubo un trabajo minucioso que hicimos con Joaco Pulpeiro para manejar las intensidades de la cámara en sintonía con la complejidad que manejaba el guion en sus distintos momentos. No era tan importante lo que los personajes decían, sino cómo la cámara captaba la distancia entre ellos y cómo, a su vez, la utilización de otro lente o el movimiento repentino de la cámara eran capaces de quebrar esa distancia y decir más que las propias palabras. Agrego una tercera instancia, que fue el diseño sonoro: con Josefina Chinni, la directora de sonido, nos permitimos jugar muchísimo con el metalenguaje y los momentos más lúdicos del guion, y pensamos el cortometraje como un intermedio entre un recuerdo y un sueño. No era tan importante transmitir lo que le pasó al personaje, sino cómo lo sintió.
¿En qué otros proyectos te encontrás trabajando actualmente?
Con mi socia lanzamos una productora que se llama Anhelo, y estamos desarrollando varios proyectos en paralelo, algunos de carácter multidisciplinario, otros de carácter documental, así que hay mucho de investigación mediante. Como director/guionista, debo admitir que soy muy disperso y siempre estoy trabajando con cinco ideas a la vez, pero creo que la que más está resonando en este momento es ese largometraje al que alguna vez perteneció El Estirón, pero que ahora también va tomando su propio color. Es un melodrama; estoy revisando un poco los grandes exponentes del género y trabajando una adaptación a los tiempos que corren. Tengo un proyecto de largo también que vengo escribiendo hace unos años, una especie de “prom movie” argenta, con todo lo que eso, contradictoriamente, implica, que escribí en mi último año de la FUC.
Título: El Estirón
Argentina
2026