Entrevista a Georges Hachem, productor de Home Bitter Home

Por Mauro Lukasievicz

El proyecto se presenta como una serie de retratos de ficción que, sin embargo, están profundamente arraigados en la vida y las experiencias de los actores. ¿Cómo navegaste la frontera entre la ficción y el autorretrato sin caer en el testimonio puro o en la ficción convencional?

Precisamente con ese deseo de movernos libremente a lo largo de esa frontera emprendimos este trabajo. El equilibrio reside en lo que yo llamo el “actor-modelo”. No buscábamos una interpretación clásica, sino una inmersión en las trayectorias vitales personales de cada uno. Los cinco retratos que componen Home Bitter Home se construyeron a partir de la materia prima de sus experiencias vividas, pero no se limitaron a relatarlas o registrarlas. Al situar a estos artistas en contextos espacio-temporales familiares, la ficción deja de ser una máscara y se convierte en un revelador de su verdad interior. Este enfoque rechaza la dicotomía clásica entre géneros; es una búsqueda de verdad orgánica más que de artificio narrativo, captando la inmediatez de una presencia inspiradora que solo una ficción estilizada puede extraer de lo cotidiano. No se trataba de elegir a un actor para interpretar a un personaje ficticio determinado, sino de elegir una narrativa ficticia específica que enmarcara la presencia de un actor concreto.

En la película se percibe un “juego de espejos” entre cineasta y actor, donde la identidad parece construirse a través del diálogo. ¿Cómo influyó esta dinámica en la escritura y la dirección de cada segmento?

Ese “juego de espejos” está en el corazón del proceso: el cineasta devuelve al actor una imagen de su propia identidad, a menudo más reveladora de lo que el propio actor percibe. Es un proceso profundamente estimulante porque exige un despojamiento recíproco de capas. La escritura se nutrió del aura específica de cada intérprete; la dirección no impone, sino que “induce”. Es una escritura a cuatro manos donde la imagen se convierte en un espacio de reconocimiento mutuo.

Cada retrato tiene su propio tono y estética, pero juntos forman un conjunto coherente. ¿Cómo equilibraste la autonomía autoral de cada director con la necesidad de una unidad cinematográfica global?

Aunque cada dúo tiene su propia huella estética, la unidad proviene de los temas recurrentes que comparten los cinco retratos. Estas diferencias estilísticas, por contraste, aportan mayor relieve al conjunto. Por lo general, en una película que propone un retrato coral distinguimos a los personajes mediante atributos fácilmente identificables, a menudo ligados a su apariencia o a su entorno. En Home Bitter Home, cada decisión de puesta en escena y cada estilo resultante funcionan como el atributo supremo e irreductible de cada personaje. No se trata de una muestra representativa, sino de la representación de individuos únicos que, en un tiempo y lugar específicos, coexistieron. En ese sentido, la disparidad de enfoques formales refuerza la moral subyacente del proyecto: cuanto más se subraya la singularidad de cada individuo, más se evita un discurso reductivo sobre el grupo al que pertenece. Al mismo tiempo, demuestra que, pese a nuestras soledades individuales, resonamos con mayor profundidad cuando nos unimos en una reflexión estética compartida.

El espacio casas, estudios, calles, funciona casi como un personaje que se cierra sobre los protagonistas. ¿Cómo concebiste la puesta en escena para traducir esa sensación de asfixia espacial y existencial al lenguaje cinematográfico?

Los cineastas de cada retrato no se consultaron entre sí durante la escritura. Sin embargo, el tema del “hábitat” se reveló rápidamente como central en todas las historias. Por eso, aunque sus enfoques de dirección fueran distintos, ninguno pudo evitar la preponderancia del espacio, que se impuso, retrato tras retrato, como un parámetro fundamental. La puesta en escena traduce esa sensación de “asfixia” al centrarse en contextos familiares que acaban cerrándose sobre los protagonistas. El encuadre se convierte en reflejo de su estado mental: una búsqueda constante de estabilidad dentro de un entorno intrínsecamente precario. Los espacios domésticos o profesionales se transforman en último refugio, pero también en espejo de nuestras luchas interiores.

La película sugiere que, en el Líbano actual, la identidad artística está moldeada por la precariedad y la transitoriedad. ¿Dirías que esta generación de artistas está definida más por la resistencia que por la creación?

Se perciben a sí mismos como “ciudadanos transitorios”, una generación de treintañeros definida por la transición permanente y reunida bajo una misma bandera de incertidumbre. Más que resistencia, se trata de perseverancia, de una búsqueda de pertenencia a través del arte. No crean contra un sistema; crean para existir allí donde el suelo se desliza bajo sus pies. Utilizan la creación para medir las fracturas de un país que nos sitúa a todos en un mismo estado de inestabilidad.

Varios retratos giran en torno a una búsqueda: una grabación perdida, un ruido inexplicable, un lugar al que pertenecer. ¿Desarrollaron conscientemente estas búsquedas como metáforas de una identidad fragmentada o surgieron de las historias personales de los intérpretes?

Las búsquedas que aparecen, una grabación perdida, un ruido inexplicable o un lugar al que pertenecer, son expresiones concretas de las incertidumbres de sus trayectorias vitales. No son simples recursos narrativos, sino metáforas de una identidad fragmentada que intentamos recomponer. La película captura ese momento decisivo en que un objeto perdido se convierte en símbolo de una parte de uno mismo que debe reconstruirse.

¿Qué esperan que un público internacional —como el de Róterdam— comprenda o sienta al ver la película, más allá del contexto libanés específico?

El título Home Bitter Home lo resume todo: es la ambivalencia de la pertenencia. Espero que el público en Róterdam perciba la universalidad de esta condición. Más allá del contexto libanés, es una película sobre la fragilidad de la identidad y sobre cómo el cine puede servir como espejo para revelarse ante el mundo. Habla de la condición humana de un artista que busca “algo más” e intenta transformar la precariedad en una forma de alivio estilístico.

Titulo: Home Bitter Home

Año: 2026

País: Libano

Director: Ghina Abboud, Naim El Hajj, Salim Mrad, Aline Ouais, Jihad Saade y María Rosa Osta

 

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