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CALIGARI

El viento que arrasa (2023), de Paula Hernández

Mezclando luces

Por Javier Grinstein

En El despertar de la fuerza, en una escena climática, el rostro del personaje interpretado por Adam Driver está iluminado por dos fuentes de luz con dirección opuesta, una luz blanca y otra luz roja. Para el final de la escena (y de la transformación simbólica que cuenta), el rostro del personaje sobresale de la penumbra sólo por el tono de luz caliente y rojiza.

En La Venganza de los Sith, en la primera mitad de la película sucede una escena de carga simbólica similar. El protagonista se encuentra en medio de una encrucijada. Tiene a su merced a uno de sus enemigos y duda si perdonarlo o ejecutarlo. Sobre su cuello tiene cruzados dos sables láser. Uno de color rojo, otro de color azul.

A lo largo de todo el universo de series y películas que conformó y explotó Star Wars, la iluminación se volvió un lenguaje inequívoco. La luz roja simboliza el “mal”, la luz clara o fría simboliza el “bien”. Cuando la narrativa se mete en sus fragmentos más interesantes, vemos movimientos, transiciones y superposiciones de esas luces. Por supuesto, y esto es lo más importante, esta codificación rápida y fácil de interpretar no se le ocurrió por primera vez a George Lucas. Hábilmente fue reinterpretado un imaginario que es bien conocido por la gran parte de los espectadores. Cielo e infierno, luz y oscuridad, decencia y tentación. En nuestra matriz ideológica occidental ya está inoculado este lenguaje. La gran parte de los films que consumimos reinterpretan con alguna sutileza esta imaginería religiosa. Una gran parte de las veces señalando moralmente algún personaje o acto para cargarlo moralmente. No vaya a ser cosa que nosotros, los espectadores, nos vayamos de la sala pensando que el malo es el bueno.

Cuando a Paula Hernández le llevaron la propuesta de filmar el libro de Selva Almada, El viento que arrasa, especulo que se habrá encontrado con algunas incógnitas: “¿Cómo traducir al cine la potente ambigüedad moral que existe en la novela?” “¿Cómo respetar lo inclasificable del libro al chocarlo con el derrotero encasillante que trae el cine?”.

A estas incógnitas se puede siempre resolverlas mediante el arbitrio de nuevas convenciones. Pero Hernández y su equipo decidieron ir por otro camino, quizás más arriesgado: usar las convenciones que ya existen, pero trastocadas.

El viento que arrasa es la historia del Reverendo Pearson y Leni. Padre e hija viajan pueblo a pueblo llevando la palabra del señor, curando cuerpos y almas. Ella tiene 18 años, lo asiste escribiéndole material, mandando a grabar los cassettes que distribuye gratuitamente y, a veces, acercando el auto. Son muy cercanos, pero en el fondo hay una gran distancia.

La película rápidamente saca algo del camino. Hay un libro horripilante de guión que se llama Salva el gato. Probablemente Leonel D’Agostino que acompañó a Hernandez con la confección del guión lo tenga bien presente. La gran enseñanza que propone ese manual es que, no muy empezada la película, hay que disponer de una escena en la que el héroe realice un acto de desinterés bondadoso. De esa forma el público sabe por quién sentir empatía. En la película de Hernandez sucede esta escena fundante para el interés del público, pero algo torcida. Lo que nos ayuda a dilucidar no es su incondicional sino si es un chanta o no. Al Reverendo lo llaman para asistir a un joven que hace días que convulsiona. El padre en vez de ejecutar un exorcismo de dudosa efectividad, le da dinero a la familia para un remise y les pide que lo lleven a una salita.

El cine argentino hace poco nos trajo una película que pone el foco en una intimidad similar. En El Santo (2023), de Agustin Carbonere, la duda sobre los poderes sobrenaturales del protagonista está mucho más extendida a lo largo de la película hasta que ponemos el foco en otro lado. En El Viento que Arrasa pasa algo parecido con la intervención divina.

La película entra en su corazón cuando, debido a un altercado técnico en el auto, padre e hija se terminan cruzando con un espejo deformante. Una grúa enviada por dios, según el reverendo, los acerca a la casa/taller del Gringo y Tapioca. Otra familia desmembrada y atípica. Las coincidencias y paralelismos son incontables, pero siempre con algo que lo trastoca.

Además de su nombre foráneo, el reverendo Pearson cura almas, mientras el Gringo arregla autos. Leni está aislada del mundo por su misión religiosa, Tapioca por tener media cara paralizada. Ambas familias carecen de figura materna. En ambas hay rispideces y ternura.

Los motivos religiosos están muy presentes. El infierno chaqueño es, por momentos, un edén. Por momentos, algunos espacios cerrados (la casa del gringo, el auto) son un infierno espeso y polvoriento. La fotografía y el arte reúnen todos esos motivos, pero los mezclan y reparten para que nos hagamos las preguntas nosotros. El Reverendo está muchas veces teñido del color “del mal” pero está claro que la película no lo está juzgando linealmente.

Lo que aparece en este encuentro de opuestos o similares es la posibilidad de una transformación o un renacimiento. Pero se cocina muy de a poco y muy desde el vínculo. Parándose siempre en la frontera. No es casual que en el casting, Hernández haya elegido filmar con un actor chileno y uno español; que la acción no esté bien situada. Necesitaba de ese lugar indeterminado que es a la vez, la intemperie y el encierro.

Esa misma sensación produce el viento que va azotando cada vez más fuerte a medida que transcurre la cinta. Eso que te empuja a campo abierto. En un plano puntual, Leni y el Reverendo están al aire libre, pero el angular anamórfico que eligió Iván Gierasinchuk, genera una sensación de aplastamiento. Parecen libres, pero quizás no. Podemos interpretar desde lo psicológico, pero también desde lo metafísico. Como en Star Wars, eso que parece querer torcer el destino de los personajes, es una “fuerza”. Distinto a Star Wars, en lo que se pone el valor hacia el final, es en el desarrollo y la responsabilidad humana.

El séptimo largometraje de Paula Hernandéz se suma, junto a Las Siamesas y Los Sonámbulas, a lo que podría considerarse como una trilogía de emancipación familiar. En cada una, se distingue un tono y una estética particular. Lo que persiste ahí, es esa densidad dramática que expone los incomparables colores que hay dentro de cualquier ser humano.

Titulo: El viento que arrasa

Año: 2023

País: Argentina

Director: Paula Hernández