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Crítica
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Yes, Nadav Lapid

El tren fluvial (2026), de Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale

"La película maneja con una sensibilidad notable la transición de la realidad cotidiana hacia un terreno onírico, donde el realismo mágico comienza a filtrarse en cada cuadro."

Donde el horizonte se funde

Dirigida por la dupla conformada por Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale, esta obra se posiciona no solo como un debut prometedor, sino como una exploración lírica sobre las tensiones inherentes al crecimiento y la búsqueda de la identidad. La película nos introduce en la vida de Milo, un niño de nueve años cuya existencia en el campo argentino está marcada por una disciplina rigurosa y la expectativa familiar. A través de la práctica del malambo, una danza folclórica que exige una precisión casi matemática y una fuerza viril constante, el filme establece una metáfora sobre el peso de la tradición y el mandato paterno. El mantra que guía su entrenamiento, aquella instrucción de hablar sin pensar, funciona como una suerte de ancla que, aunque le otorga una habilidad técnica excepcional, parece asfixiar su mundo interior y su capacidad de imaginar una vida propia más allá de los campos y las competencias de baile.

El núcleo emocional de la narrativa se dispara cuando surge la pulsión del escape, motivada por la visión de un horizonte distinto encarnado en la ciudad de Buenos Aires. Para Milo, la metrópoli no representa simplemente un punto geográfico, sino un espacio de posibilidades infinitas donde el arte y la libertad individual parecen estar al alcance de la mano. La película maneja con una sensibilidad notable la transición de la realidad cotidiana hacia un terreno onírico, donde el realismo mágico comienza a filtrarse en cada cuadro. El viaje que emprende el protagonista se aleja de la lógica convencional para adentrarse en una estructura de sueño, donde el tiempo y el espacio se vuelven maleables. Es aquí donde el filme brilla al plantear interrogantes profundas sobre la autonomía infantil y los costos emocionales de perseguir un deseo cuando se es tan joven. La huida de Milo, facilitada por un acto casi fantástico, abre paso a una travesía en un tren que parece flotar sobre el paisaje, simbolizando una transición vital donde lo que queda atrás es tan vasto como lo que se busca alcanzar.

Una vez que la acción se traslada al entorno urbano, el contraste entre el mundo rural y la ciudad se manifiesta a través de una atmósfera que recuerda a las grandes puestas en escena teatrales. Buenos Aires se presenta ante los ojos de Milo como un laberinto de encuentros fortuitos y personajes que bordean lo surrealista, permitiéndole experimentar con su propia imagen de maneras que en su hogar serían impensables. La utilización de máscaras y disfraces en la gran ciudad funciona como una herramienta de doble filo; por un lado, le otorgan al niño la capacidad de ser invisible o de transformarse en alguien más, pero por otro lado, acentúan su soledad en un entorno que es demasiado rápido e indiferente para su corta edad. Ferro y Vignale logran capturar esa dualidad donde la búsqueda de uno mismo implica necesariamente un despojo de las seguridades previas. El descubrimiento de que la libertad absoluta puede derivar en un sentimiento de aislamiento profundo es tratado con una gracia que evita el cinismo, manteniendo siempre una mirada compasiva sobre su pequeño protagonista.

El tren Fluvial se erige como una reflexión filosófica sobre el ciclo de la vida y la ambición humana. A través de la mirada de Milo, se nos recuerda que el deseo de ser otra persona a menudo convive con la necesidad de seguridad y afecto que solo el hogar puede proporcionar. La película no juzga la necesidad de partir ni idealiza el retorno, sino que reconoce la importancia de esos tránsitos para la formación del carácter. Es un relato sobre la madurez que entiende que crecer significa aprender a reconciliar deseos que muchas veces son opuestos. El uso de simbolismos, como el tren que avanza por una vía única hacia un destino incierto, refuerza la idea de que el camino hacia la autorrealización es personal y, en ocasiones, solitario. Al final, lo que queda es la sensación de haber presenciado un fragmento de vida capturado con una honestidad brutal, donde el sueño y la vigilia se confunden para recordarnos que nuestras aspiraciones más profundas son las que finalmente terminan por definir quiénes somos en realidad.

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