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El ser querido (2026), de Rodrigo Sorogoyen

"Esto no es una historia sobre si padre e hija lograrán entenderse. Es una historia sobre por qué no pueden, aunque los dos quieran creer que sí."

Crear sobre los escombros del otro

El cine lleva décadas fascinado por sus propios mecanismos, y El ser querido se inscribe de lleno en esa tradición. Rodrigo Sorogoyen filma un set de rodaje como un espacio donde se cruzan creación, poder y vínculos personales, aunque el resultado es menos incómodo de lo que parece proponerse. La pregunta que organiza la película no es solamente cómo se hace una obra de arte, sino a qué costo y quién termina pagando por ella. Es una idea fértil, aunque la película no siempre encuentra la forma más precisa de desarrollarla.

Esteban Martínez lleva años sin filmar en España. Regresa con un proyecto ambicioso, un drama de época en el Sáhara occidental, y con una decisión que pretende funcionar también como gesto de reconciliación: ofrecerle el papel protagónico a Emilia, su hija, con quien lleva más de una década sin tener un vínculo real. La película abre con esa propuesta, en un restaurante de lujo, en una escena que se extiende durante casi veinte minutos sin que nada termine de resolverse. El diálogo busca instalar desde el comienzo la tensión entre ambos, pero la insistencia de Sorogoyen en subrayar cada silencio y cada incomodidad hace que la escena se sienta por momentos más programática que verdaderamente reveladora.

Esteban es, probablemente, el personaje más interesante de la película. Lo que lo vuelve perturbador no es tanto su crueldad como su incapacidad para reconocerla. Cuando exige autenticidad absoluta a sus actores, lo hace desde una convicción real; cuando le señala a Emilia que bebió demasiado en el almuerzo, también. El problema es que esa capacidad de observación clínica que lo convierte en un director eficaz lo vuelve un padre incapaz de relacionarse con su hija fuera de las reglas de una puesta en escena. Para él, todo parece susceptible de ser interpretado, corregido y utilizado.

Sorogoyen construye sobre esa paradoja buena parte del conflicto, aunque en ocasiones la película parece demasiado consciente de la potencia de su propia premisa. El artista que exige verdad es incapaz de ofrecerla fuera del set; el director que pretende controlar cada elemento de una película descubre que no puede controlar a las personas que forman parte de su vida. La idea funciona, pero su reiteración termina volviéndola algo previsible. Cuando Emilia recuerda episodios concretos del pasado, Esteban los reencuadra y les busca una explicación que lo absuelva. No miente exactamente: transforma la realidad hasta encontrar una versión en la que pueda seguir ocupando el centro.

La película también intenta complejizar a Emilia. Ella no es simplemente una víctima ni una figura destinada a redimir a su padre. Acepta participar en su película sabiendo lo que implica, y esa decisión resulta más interesante que varias de las explicaciones psicológicas que el guion ofrece sobre su comportamiento. Hay algo convincente en esa idea de que los vínculos rotos continúan ejerciendo una atracción difícil de explicar. Sin embargo, el personaje queda por momentos subordinado a la tesis general de la película, como si su conflicto tuviera que servir ante todo para demostrar algo sobre Esteban y sobre el mundo del cine.

Es allí donde El ser querido encuentra su principal límite. Sorogoyen diagnostica con claridad un sistema construido alrededor del culto al director, la tolerancia hacia determinados abusos en nombre del arte y la facilidad con la que el temperamento puede confundirse con el genio. El problema es que muchas de estas ideas ya forman parte de un imaginario bastante conocido sobre la figura del cineasta autoritario. La película las articula con inteligencia, pero rara vez consigue llevarlas hacia un territorio verdaderamente inesperado.

Tampoco ayuda que algunas de sus situaciones parezcan diseñadas para producir exactamente la incomodidad que el espectador debería sentir. La película quiere que observemos cómo la creación artística puede construirse sobre otras personas, pero a veces se percibe demasiado claramente el mecanismo mediante el cual intenta transmitir esa idea.

El ser querido tiene buenas observaciones sobre la relación entre creación y abuso, sobre la dificultad de separar al artista de aquello que hace con quienes lo rodean y sobre los vínculos familiares que sobreviven incluso después de haber sido destruidos. Pero sus ideas son más interesantes que la forma en que finalmente las desarrolla. Sorogoyen construye una película sólida y por momentos incisiva, aunque demasiado consciente de sus propios argumentos y menos ambigua de lo que parece. La incomodidad permanece, sí, pero no necesariamente porque la película haya llegado tan lejos como pretendía.

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