El país de las últimas cosas (2020), de Alejandro Chomski

“Alicia en el país de las miserias”

Por Javier Grinstein.

 

Mucho antes de El país de las últimas cosas, existió Invasión. Una película de 1969 dirigida por Hugo Santiago, y con la colaboración en el guion de nada más y nada menos que Borges y Bioy Casares. En una entrevista, su director cuenta que Borges quería que cada oración proferida en Invasión fuera literaria y que, por suerte para todos, lo convencieron de que no era una buena idea. Una hipótesis posible es que El país de las últimas cosas es Invasión sin frenar a Borges.

En el caso de esta película, el escritor es el best seller estadounidense Paul Auster; la producción no empezó en la década del 60, sino durante la crisis del 2001 (por más que se haya estrenado veinte años después), y por más ingredientes que tengan en común, el resultado es harto distinto.

¿Qué tienen en común? Una fotografía en blanco y negro expresionista y poética. Como la de Fritz Lang en M, el Vampiro de Dusseldorf. Quien hace el mejor trabajo en esta película es Diego Poleri, que se las ingenia para que cada fotograma sea digno de encuadrar. 

Luego, también está el género: la distopía no futurista. Un mundo como el nuestro, el de hoy, pero echado a perder. En este mundo, un estado opresor hace energía de los cadáveres, el pueblo está desorganizado, los habitantes corren o saltan de los techos hasta morir. En este mundo, Anna busca a su hermano, su conejo blanco. En esa búsqueda interminable hace emerger las entrañas de este país roto.

Los ecos de la crisis del 2001 son fuertes y forman uno de los sentidos más potentes del film de Chomski. El apocalipsis es «culpa de los políticos”, dicen en varios momentos personajes varios. Esto abre una pregunta, ¿esa es la voz del autor o, todo lo contrario, una crítica a estos discursos y pensamientos individualistas? La película desarrolla un fuerte fuera de campo vacío a ese pasado de inflexión, el famoso e inimaginable fin del capitalismo. El presente del relato parece sugerir que con el capitalismo también falló la organización popular.

¿Qué tienen de distinto Invasión y El país…? Allí donde la película de los 60 cuenta con imágenes y comunica gradualmente a través del texto y de la escena, sosteniendo con paciencia la tensión dramática, la película de Chomski se reserva la imagen y el diálogo para poetizar y le asigna a la voz en off, el diario de Anna, el monopolio de la progresión.

La acción carece completamente de aire. La tensión se disuelve inmediatamente después que se presenta, de la forma más expresionista y estilizada posible. Si aplicamos con libertad una idea de Walter Benjamin, diríamos que en este film se estetiza la apolítica. 

El relato de Chomski y Auster está plagado de una miseria limpia, que juega al bádminton en un refugio, que suena con un tango sin disonancias ni acordes disminuidos. Hay una desconexión pensada entre el qué y el cómo. Quizás para evitar el porno miseria y plantar una mirada más obtusa y alegórica.      

En estos territorios alegóricos, podemos resaltar esa biblioteca donde se esconden unos rabinos que iluminan a la protagonista para que pueda seguir su camino; un periodista que quiere testimoniar infinitas voces y termina volviéndose interés romántico; incluso, el escape que cierra el último sentido de la desesperanza melancólica.

Para cerrar, una de las frases de Adorno que más se repite es “escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie”. El país de las últimas cosas quizás se sienta deliberadamente barbarie y, a partir de ahí, diga otra cosa.

Titulo: El país de las últimas cosas

Año: 2020

País: Argentina

Director: Alejandro Chomski

 
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