El IFFR apuesta por cineastas en el exilio y busca nuevas alianzas ante la caída de fondos europeos
En un contexto internacional atravesado por conflictos armados, tensiones políticas y mayores límites a la libertad de expresión, el Festival Internacional de Cine de Róterdam está reforzando su perfil no solo como vitrina artística, sino como plataforma activa de apoyo a cineastas que trabajan desde el exilio o en condiciones de riesgo. Esta orientación se apoya en una colaboración más estrecha entre Marten Rabarts, al frente de IFFR Pro, y Tamara Tatishvili, directora del Hubert Bals Fund, que han alineado el mercado y el fondo para responder con mayor rapidez a situaciones urgentes sin renunciar a la misión histórica del festival de dar visibilidad a voces vulnerables.
Ese enfoque se concreta en iniciativas específicas. El Hubert Bals Fund respalda el Displacement Film Fund, impulsado por Cate Blanchett, cuya primera serie de cortos incluye una nueva obra del iraní Mohammad Rasoulof, director de The Seed of the Sacred Fig, y que ya prepara una segunda ronda de ayudas. En paralelo, IFFR Pro ha lanzado Safe Harbor, un programa de mercado dirigido a proyectos de cineastas emergentes desplazados. La medida clave ha sido eliminar el requisito de financiación previa que antes se exigía para acceder al mercado, al considerar que esa barrera dejaba fuera precisamente a quienes más necesitaban el apoyo. La selección prioriza así la fuerza creativa y la urgencia de las historias por encima de la solidez financiera inicial.
Desde la organización subrayan que no se trata de un gesto simbólico, sino de una adaptación estructural. La flexibilidad del fondo permite trabajar con proyectos que implican retos de seguridad, movilidad e incluso protección de identidades, algo difícil de asumir para financiadores más rígidos. Esta labor se complementa con el papel de Róterdam como miembro fundador de la International Coalition of Filmmakers at Risk, red que apoya a profesionales que crean en contextos de conflicto o represión.
El mercado del festival también refleja otras transformaciones del sector. Con más de cuarenta proyectos seleccionados, incluye nuevas propuestas de Lois Patiño, tras Samsara, y de Morad Mostafa. A la vez, IFFR Pro busca reactivar su vínculo con el cine independiente de Estados Unidos, donde levantar financiación resulta cada vez más complejo, y observa un auge de coproducciones en el Sudeste Asiático, con colaboraciones crecientes entre países de la región antes de acudir a socios europeos.
Este panorama se da, además, en un momento de debilitamiento de ciertos fondos culturales en Europa, ligado a cambios políticos y presupuestarios. Como respuesta, el Hubert Bals Fund impulsa nuevas alianzas internacionales, entre ellas programas de codesarrollo con instituciones brasileñas para apoyar a cineastas en etapas tempranas. Tatishvili insiste en que la continuidad de este modelo depende también de que los propios realizadores visibilicen su impacto, algo que se ejemplifica cuando antiguos beneficiarios regresan al festival con trayectorias consolidadas, como el brasileño Kleber Mendonça Filho con su película nominada al Óscar The Secret Agent, prueba de cómo un respaldo flexible en el momento adecuado puede tener efectos duraderos en el cine internacional.