El cine de Sofía Bohdanowicz: una mirada a través de un talismán

Por Candelaria Carreño

 

“La vista y el oído atentos transforman mínimas conmociones en grandes
vivencias. De todas partes fluyen voces y el mundo entero resuena.
Como un explorador que se interna en territorios desconocidos,
hacemos nuestros descubrimientos en lo cotidiano.
El ambiente, comúnmente mudo, comienza a expresarse
en un idioma cada vez más significativo.
Así, se vuelven símbolos los signos muertos y lo muerto resucita.”

Vassily Kandinsky, Punto y línea sobre el plano

Los poliedros son cuerpos geométricos conformados por diferentes caras, irregulares o regulares. Tetraedros, octaedros, dodecaedros, incluso cubos, esferas, cilindros que dejan de unirse por caras entre vértices y aristas, para conformar figuras curvas, cuerpos sólidos que ocupan lugar en el espacio y conforman gran parte de la realidad circundante. Un talismán puede ser un poliedro transparente, que se despliega en el espacio: un prisma que irradia luz, con reminiscencias a lo mágico en su materialidad. En una entrevista realizada en 2019 por La vida útil, la cineasta canadiense Sofía Bohdanowicz, mientras reflexiona sobre el duelo y la memoria, comenta: según qué día sea y qué hayas estado haciendo, siempre vas a recordar a alguien de manera diferente. La memoria de esa persona se va a volver más y más distante. Yo creo en la importancia de talismanes y objetos cuya energía permanece en los espacios y los cambia (Bohdanowicz, 2019).  El duelo, las relaciones entre mujeres de la misma familia unidas por lenguajes estéticos, y la solvencia al momento de filmar son algunas de las características que definen al cine de Bohdanowicz. ¿De qué manera se presenta lo mágico en algunos de sus cortometrajes?

Lenguajes intergeneracionales: una voz en off recita en A Prayer (2013), una poesía escrita por la bisabuela de la directora; mientras oímos el recitado, Bohdanowicz filma a su abuela en los quehaceres cotidianos, vemos el lenguaje del cuerpo en esa cotidianeidad, moviéndose por los espacios de la casa. La nieta, siempre detrás de cámara, se deja ver sólo al inicio del cortometraje Another Prayer (2013), cuando unos breves instantes apenas, se vislumbra entre la oscuridad mientras sostiene el proyector que reflejará durante el cortometraje las imágenes que filmó anteriormente en A prayer. A todas estas mujeres, las unen las plegarias. Si en el primer corto mencionado, la oración aparece en forma de poema recitado, en Another Prayer basta solo con imágenes para transmutar la palabra en tanto rezo, a la imagen como invocación de la plegaria. De hecho, el cortometraje es silente, no hay diálogos, no hay sonidos. Solo en el plano inicial se acompaña de sonido ambiente, mientras la cámara filma un cartel de venta de una propiedad, anunciando lo que confirmamos en los planos siguientes, en el momento en que la proyección de la mujer a quien vimos cocinar, comer, leer, se agiganta sobre las paredes de una casa vacía. Se conjuran los restos, las reminiscencias a través de la imagen filmada. El Reino de las Sombras, la crónica que Máximo Gorki escribió en 1896, seguramente la primera sobre una proyección cinematográfica, ya asentaba las relaciones entre lo fantasmal y el dispositivo cinematográfico. Rezar en imágenes, proyectando sobre la cotidianeidad de la persona que ya no es su propia figura, es utilizar el dispositivo cinematográfico señalando su enunciación y origen, con una justicia que emana poesía desde su evocación aurática. La proyección de A Prayer, sobre las habitaciones vacías e inhabitadas de la solitaria cotidianeidad de cortinas blancas, puntillas, charlas telefónicas, y trabajos en la huerta de Maria Bodhanowicz, se realiza durante la oscuridad; preferentemente cuando el día no golpeé de lleno los espacios que anteriormente estuvieron habitados, luminosos. Así también lo exige el dispositivo, la sala oscura para que puedan visualizarse las imágenes. El aura retorna a lo cultual, en tanto lo mágico se hace presente. Lo que la reproductibilidad evoca: la plegaria imagen, aquello que está ausente. (Benjamin, 2010). Este binomio de cortometrajes funciona como un díptico complementario, en el cual los tejidos intergeneracionales son las maneras de transponer el cuerpo – las mujeres de la familia, unidas por lenguajes de plegarias–, elemento que se desarrolla con más énfasis en Punto y línea sobre el plano (2020). El recurso de la transposición se acrecienta, ya que la narradora protagonista es Deragh Campbell, la actriz elegida por Bohdanowicz para desdoblarse en otro personaje (que es y no es ella misma), Audrey Berac, encabezando el reparto de una serie de films donde lo autobiográfico se funde con lo documental, el archivo con la ficción, compuesto de títulos como Ms. Slavic 7 (2019), o Veslemøy’s Song (2018), entre otros. En Punto y línea sobre el plano, la narradora –Sofía, Deragh o Audrey, caleidoscópicas (auto)representaciones de la subjetividad– busca insistentemente a Giacomo. Cuando una persona muere, su alma vaga 45 días por la tierra, así lo aseguraba su abuela. El miedo, la ilusión, y algún que otro hecho sobrenatural rondan el duelo melancólico y doloroso que atraviesa. La protagonista visita muestras de arte, viaja, filma, reflexiona, y, sobre todo, se pregunta por su amigo fallecido recientemente. Entre sondeos y preguntas sobre las formas –plásticas, cinematográficas, afectivas, sonoras– y la irracionalidad absoluta que conlleva atravesar la muerte de cerca, la narración y puesta en escena reflexionan sobre las posibilidades estéticas. A Giacomo y la narradora los unía, entre otras cosas, el gusto por Vassily Kandinsky. El cortometraje enfrenta a la protagonista con los adalides de la abstracción plástica, recuperando a su vez, a la olvidada figura de Hilma Af Klint, precursora precoz de la representación pictórica alejada de toda intencionalidad figurativa, incluso antes que el mencionado artista ruso, o el propio Kazimir Malevich. Como una sibarita de las manifestaciones estéticas, Bohdanowicz sensibiliza su percepción, y se deja atravesar por las preguntas irresolubles acerca de la muerte, recorriendo museos y ciudades, que la llevan a las sonatas de Mozart, a unos pequeños chocolates típicos que venden en la ciudad de Viena, y a recorrer los pasillos del Museo Guggenheim de Nueva York y del Hermitage en San Petersburgo, en busca de sus artistas abstractos predilectos, buscando puntos y conexiones aparentemente casuales, señales que puedan llegar desde otro lado. Que elija la pintura de Af Klimt en el trayecto, no es inocente porque conjura lo esotérico, ya que en la búsqueda por la depuración total de las formas plásticas, lo que la pintora sueca plasmaba sobre el lienzo, eran las figuras que visualizaba en sesiones espiritistas. Las formas geométricas, las planimetrías monocromas, las intersecciones de colores que generan rostros y nuevas figuras, es el lenguaje en que parece encontrar algún tipo de respuesta ante la pérdida: “Aún con los ojos cerrados, dije: -Si me puedes oír, respóndeme con el sonido del color, quiero saber qué forma tiene–. Abrí mis ojos. Y lo vi. -”, reflexiona frente a Composición VI (1913), óleo de Kandinsky. Las formas y posibilidades de la abstracción, lo espiritual en el arte, el espiritismo de Hilma Af Klint, y la manifestación de los recursos formales del lenguaje pictórico, entreveran el encuentro con lo mágico. Si en A prayer y Another Prayer, la poesía, pero especialmente lo inherente al dispositivo cinematográfico deviene elemento crucial para reavivar los sentimientos de la pérdida, en Punto y línea sobre el plano, el dispositivo pintura prima en estas búsquedas. Y activa la evocación de la ausencia física, aurática, donde la materialidad intrínseca de estas expresiones estéticas esconde los indicios que los alejan de lo que acontece en el plano de esta realidad, lo racional y mundano.  

Suelen confundirse los términos amuletos y talismanes, pero una diferencia fundamental los define: el amuleto es un objeto que tiene cualidades mágicas inherentes, mientras que el talismán es dotado de una cualidad mágica por una persona que así lo establece. Se pueden pensar los cortos de Sofía Bohdanowicz como un entramado caleidoscópico, donde el árbol genealógico, personajes, actrices, narradoras, protagonistas se despliegan sobre sí mismas siendo otras. Donde la forma cinematográfica irradia una luz blanca y pálida, que no es calma ni pacífica, sino profunda y arrasadora. Una sensación cristalina, algo así como mirar el fondo de un lago helado, cuando las luces del sol atraviesan la superficie del agua, para intentar identificar las piedras que yacen en el fondo, reconocer sus formas, encontrar y nombrar esos colores. Prismas abstractos, objetos mágicos, que despliegan sus propias capas de significado pero que se conectan entre sí como las triangulares imágenes que devuelven los espejos de un caleidoscopio, un talismán poliédrico que refleja haces de luz transparentes hacia quien mira. 

 

Referencias

Benjamin, W. (2010) La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, en Estética y política, Buenos Aires: Las Cuarenta

Bohdanowicz, S. (2019) Una conversación con Sofia Bohdanowicz / Entrevista realizada por Lucía Salas, La vida útil, Nº 02.

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