Como una patada en la nuca: El cine de Joshua y Benny Safdie

Por Agustín Acevedo Kanopa.

 

Cuando uno va a reuniones de Jugadores Anónimos descubre algo que está frente a las narices de todos y que nunca se atisba a ver. Es algo sencillo, pero a la vez complicadísimo: los jugadores no terminan fundiéndose porque jueguen de más, por un mero error de cálculos, por martingalas perversas, o porque el azar siempre, en definitivas cuentas, está armado para que gane la casa, sino porque nunca llegan a comprender -sentir sí, pero comprender jamás- ese placer extático, de completo inflamiento y a la vez vacío que sucede cuando uno pierde todo. En definitiva, que el jugador nunca gana porque juega para perder. Ese instante liberador en el que no hay nada más plata para poner en la mesa, donde uno se precipita en caída libre, pudiendo embolsar el aire abriendo los brazos o empinarse un poco más, pero sin más que elegir que un sitio en el vacío.

Así, el juego es mucho más una ofrenda enloquecedora (rayana con el mismo potlach indígena que veneraba Bataille) que una especulación, un anhelo de hacer desaparecer la voluntad propia en los mares de la voluntad divina (o hacer desaparecer a Dios en el mismo azar). 

Una de las escenas más intensas que recuerdo de esta facinación por el vacío y el despilfarro se da en Fitzcarraldo, cuando un adinerado extractor de los recursos naturales de la selva intenta demostrar la demencial opulencia de esa región por medio de arrojar billetes a un estanque donde un pez emerge y se los traga, sin más. La imagen del empresario maníaco, con ese sudor que no puede ocultar por más plata que tenga, es una de las mejores encarnaciones de ese capitalismo salvaje de siglos pasados, donde los emprendedores tenían una raíz más loca, aventurera y mortífera que los inversores de hoy en día.

Romper el juguete para ver qué hay adentro

En Uncut Gems, de Benny y Joshua Safdie, Howard Ratner (Adam Sandler) es una de las encarnaciones actuales más acertadas de esta voluntad de despilfarro y vaciamiento, un hombre que en los papeles tiene todo, pero que en el fondo -o más bien en su interior- parece estar atravesado por un montón de oquedades, como las imágenes de las colonoscopía que se entrelazan con la galaxia encapsulada en la iridiscencia de una piedra de ópalo. Los motivos de Howard no se alejan de los habituales (tiene un largo linaje de familiares con cáncer de colon) pero en el fondo parecería ir por algo más: chequear bajo la lupa -tal como lo hace él en su negocio de joyas- de qué está hecho, cuál es su verdadero valor. 

Esta preocupación por el valor es central en el film. Repasando algo que ya han señalado los hermanos Safdie en varias entrevistas, el personaje interpretado por Sandler está muy inspirado en el estilo comédico de Rodney Dangerfield, un hombre que ha hecho de su latiguillo “I get no respect!” (“no obtengo respeto!”) el leit motiv de todos sus papeles. Así, todo lo que tiene Howard es evanescente e ilusorio: tiene una hermosa casa y familia, pero su mujer y sus hijos (a excepción del mayor que es como su versión a escala) lo miran con una distancia limítrofe con el desprecio; tiene un lucrativo negocio en el “Jewellery District” neoyorkino, pero por más que intenta congeniar con sus clientes y middle-men, todos conservan frente a él un vago desprecio, como si tuviera una pátina embetunada con la que nadie quiere mancharse; y a su vez, su amante parece ser la única persona realmente atenta a sus necesidades, pero durante gran parte del film estamos en duda de cuán oportunista o sincera es esa devoción que le profesa.

Cuando uno es despreciado de forma sistemática muchas veces se encuentra en una extraña encrucijada en la que se alterna entre intentar convertirse en lo que se imagina que las otras personas quieren o esperan de él, o volverse una versión más radical de su ser, una postura extrema que lo coloque más allá del bien y del mal, una especie de puente incendiado en el que se garantice que el que esté dispuesto a cruzarlo definitivamente esté de su lado o se queme en el intento.

Así, en Uncut Gems vemos a Howard ir de apuesta en apuesta, con una tensión que es casi la contraria a la que sucede en Bad Lieutenant: mientras que en la película de Abel Ferrara las dolorosas apuestas se dan en una sucesión de derrotas en donde el abismo debajo de los pies de Harvey Keitel parece vez abrirse cada vez más, en el film de los hermanos Safdie la verdadera tensión va en la manera en la que Sandler gana, y cómo esta dispuesto, una y otra vez, a perderlo todo. (Una pequeña nota de algo a indagar, pero que excede a este texto: Bad Lieutenant circula muy alrededor de una noción crística de la redención que obsesiona al protagonista, pese su encadenamiento de malos actos; en Uncut Gems, por el contrario, el apostador es judío y se enfrenta a un Dios más severo, modelo antiguo testamento, frente al que ya no le interesa pedir clemencia, porque sabe que el partido está perdido desde el vamos). 

Reformulando a los actores

Extendiendo esta noción de la apuesta como un barril sin fondo, podríamos pensar que la elección de Adam Sandler no es gratuita, o que más bien expande de manera metacinematográfica mucho de lo que sucede en el film. Similar a Howard, tenemos a un comediante que gran parte de su vida se ha dedicado a mantener un efluvio demencial de películas de dudosísima calidad, casi movido por el mismo ímpetu infantil, optimista y a la vez tanático del protagonista de Uncut Gems. Sandler, aún habiendo demostrado lo buen actor que es -y sin tener que cambiar demasiado de estilo actoral- en grandes películas como Punchdrunk love (Paul Thomas Anderson, 2002) y The Meyerowitz Stories (Noah Baumbach, 2017), siempre termina por caer en bazofias de producción propia -entre ellas, Little Nicky (2000), Jack and Jill (2011) o The Do-Over (2016). Casi parecería decir: si no me van a respetar, voy a hacer todo lo que pueda para que me detesten. Pero la gente lo sigue amando y cada film es como esas nuevas apuestas del doble o nada en las que Howard intenta torcerle el brazo al destino.

Esta idea meta-iconográfica de agarrar a celebridades y reformular o reanalizar su legado también se daba en Good Time, donde los Safdie recurrieron a Robert Pattinson para retratar a un delincuente joven que se sumerge en una serie de crímenes y movidas fallidas en su anhelo de conseguir dinero para la fianza de su hermano. En el film, Connie Nikas es un hábil lector de las necesidades de la gente (lo que ellos necesitan o lo que quieren oír), a través del cual pretende lograr sus cometidos en una espiral de desencuentros y -no excluyentemente- violencia. Al igual que Howard, por más que el final del camino parece claro y no muy bueno, casi podría decirse que por cada percance o detour hay una jugada que le sale bien, pero ella no sirve para dejarlo tranquilo, sino que da asiento para que vuelva a apostar el todo por el todo. De alguna manera esto también parecería emular la carrera de Pattinson: un chico que empezó su carrera con ventajas (con sus papeles insignes de la exitosa -pero malísima- saga de Crepúsculo), pero que película a película ha intentado extender o medir su suerte, transformarse en los mismos límites de lo físico (tal cual lo realiza su personaje) para ver hasta dónde puede llegar.

 

La certeza de los perros cuando persiguen automóviles

La sensación de esa carrera desesperada hacia una búsqueda de completud que colinda con el total vaciamiento es una de las líneas principales que rodean a todos los personajes de sus films. Al igual que los protagonistas de Uncut Gems y Good Time, la pareja de (anti)tórtolos drogadictos de Heaven Knows What están todo el tiempo en búsqueda de una especie de Atlántida sumergida en la sensación oceánica que brinda el pegue de la heroína. Así, su vida, similar a la de Howard o de Connie, avanza en una espiral en donde la meta no es otra que el vaciamiento, la finiquitación de todas las posibilidades. No es casualidad, así, que Ilya, el desagradable novio de Harley, termine casi chamanicamente prendido fuego. Puede parecer un final trágico, pero en el fondo hay algo de purificación, una serenidad definitiva en volverse inmaterial, tal como el agujero de Howard que se funde en una galaxia al final de Uncut Gems. Ser parte de algo, aunque sea simple polvo en el cielo. 

Como con muchos personajes de Roberto Arlt, todo el tiempo está esa idea de jugar con el azar, esperando la libertad del encarcelamiento. En The Pleasure of being robbed una cleptómana se pasa todo el film robando cualquier cosa que encuentra a su paso, y de cierto modo parecería que la verdadera paz -escenificada en esa escena fantaseada de comunión con un oso polar falso- sucede cuando es por fin apresada. En Daddy Longlegs un hombre que queda por quince días como tutor de sus dos hijos comete todos los errores posibles para perder la custodia, y cuando les da unos somníferos esperando que permanezcan dormidos -para descubrir que su sueño se prolonga por días en un estado semicomatoso- esperamos lo peor, y casi podríamos decir que en algún rincón muy escondido de sí mismo, él también. 

Sin embargo, en todos los casos, aún en esa estructura y pulso de olla a presión que coloca a los hermanos Safdie en un lugar diferente y destacadisimo de la cinematografía actual, siempre encontramos alrededor de sus personajes un cariño, una especie de justicia hacia ellos, por más fallidos que sean.

Quizás el caso más notorio de esta condición se da en Daddy Longlegs, en el que el protagonista y los sucesos están parcialmente basados en el padre de los directores, un judío sefaradí italiano que fue introductor de la pasión por el cine como también responsable de muchas falencias en la crianza de ambos. Los Safdie miran a sus personajes (y logran que nosotros también los miremos) con la sensación paradojal con la que alguien se relaciona con el miembro de una familia disfuncional, esa mezcla de amor y hartazgo de ver cómo sigue cometiendo los mismos errores.

De forma ingenua, el cine ha construido sus historias sobre una falacia del comportamiento humano: la de un único hecho en concreto que cambia la vida de una persona. En el cine de los Safdie (aun en su formato documental, como el del repaso de la fracasada vida del jugador de básquet Lenny Cooke) el error nunca es un error, sino más bien una miríada de desaciertos y desatinos concatenados que se extiende desde mucho antes de la película, y a su vez, nunca hay lugar para un aprendizaje completo. Los humanos retratados perciben el límite de sus actos, parecen entenderlos pero vuelven a intentar atravesarlos. Quizás prima, citando a Beckett, la máxima de “fail again, fail better”, pero sin esa pátina de optimismo.

Refundando Nueva York

Los erráticos personajes nunca van de un punto A a un punto B y este vago cliché teórico parece condecir con una noción auténticamente psicogeográfica de Nueva York. El estilo guerrilla con que los Safdie filman, rodando desde lejos con lentes de teleobjetivo para no delatar su posición frente a los transeúntes, parece corresponderse a la perfección con esta noción de la ciudad. Más que ningún director actual, le corresponde a los Safdie haberle devuelto a la gentrificada Nueva York el filo de una peligrosidad que permaneció en el cine actual sólo como un mito recalentado del cine de los setentas. Ya desde sus primeros cortos (podría citarse a John’s Gone o The Acquaintances of a Lonely John) Benny y Joshua se adentraban en una Queens llena de inmigrantes, demasiado fea para ser mitologizada, pero con un pulso propio que se plegaría a sus otros films, aún cuando se centraran en la misma Manhattan.

Pero más que una noción pura del retrato de Nueva York en sí, hay algo de los movimientos de los personajes dentro de esa ciudad que condice a la perfección con el estilo y muchos de los temas que planteamos más arriba. Así, Good Time por momentos se parece una partida de GTA en la que Connie, en permanente huida, sortea obstáculos y adquiere ítems conforme se desplaza por Long Island, Brooklyn y Queens. En Heaven Knows What las líneas de trayecto de la pareja drogadicta es igualmente dentada y quebradiza, al punto que el final mismo está marcado por esa vocación asintótica de ambos caminos. Pero aún más, Heaven Knows What es un retrato poderoso y fidedigno de la forma que una persona sin techo tiene de apropiarse de una ciudad: sus recovecos donde dejar sus pertenencias, los albergues a los que caer cuando el frío congela los huesos, los mínimos espacios de privacidad para coger, las guaridas donde drogarte sin ser capturado. 

En The pleasure of being robbed la idea de ir a Boston no proviene de un plan, es simplemente la oportunidad que brinda el hacerse de un auto nuevo, con una protagonista que ni siquiera sabe manejarlo (es casi como si en el cine de los Safdie fuesen los objetos, más que los personajes, los que señalizaran el camino). Hasta Uncut Gems, que parece centrarse en un acotado distrito tiene estos absurdos saltos, idas y vueltas (tan sólo habría que rastrear el trayecto de mano en mano que hace el anillo de campeonato de Kevin Garnett para notar este ping pong desquiciado). 

Si hubiera un gps que rastreara los caminos de los personajes en el cine de los Safdie, la imagen satelital nos dibujaría unas líneas de Nasca con seres mitológicos espinosos, llenos de piernas, garfios, tentáculos y vellosidades. 

Y por fuera de los desplazamientos, en las películas de Benny y Joshua los planos mismos atraviesan ese estado constante de entropía: las cámaras tiemblan, los zooms entran y salen concentrándose en detalles sucios y frágiles y gente y automóviles que tapan la visión actúan como la tijeras de un montaje interno del plano.

Esta especie de “hipernaturalismo caótico post- cassavettiano” (o “pennebakerismo ficcionalizado”, sólo por jugar con neologismos absurdos) podría ceder a la mera intensidad del movimiento, pero encuentra sus mayores momentos de belleza en la quietud. 

Quizás los dos mejores planos, las imágenes que resumen la obra de los hermanos Safdie se dan en dos momentos mínimos, engañosamente prescindibles frente a lo frenético marca el ritmo. El primero se da en The Pleasures of being robbed, cuando la ladrona es por fin apehendida y, con las manos esposadas, ve en la mampara de separación de los asientos de los policías una inscripción a mano que dice “tengo las esposas puestas y aún así escribí esto” (esa mínima broma, esa luz que se filtra en lo resquebrajado, aún en los peores momentos). 

El segundo ocurre en Heaven knows what, cuando Harley, recién salida del hospital por intento de suicidio, se junta con el resto de los vagabundos y trata de coser un agujero de su chaqueta. La cámara hace un tembloroso zoom in en las aún drogadas manos de Harley, en las uñas mugrientas que tratan de apresar la punta del hilo para hacerla pasar por el ojo de la aguja. Pero las manos, aún descoordinadas, espasmódicas, exangües, le erran al ojo una y otra vez. Ese hilo rebelde que intenta coser esa campera, de la misma forma que la cosieron a ella, luego de que se cortara las venas como una apuesta de amor. Pero el hilo no pasa.

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