Children (2020), de Ada Ushpiz

“Juventud ¿divino tesoro?”

Por Lucía Roitbarg.

Children de Ada Ushpiz, retrata la vida de las familias palestinas que padecen la ocupación por parte de las fuerzas militares israelíes y de los adolescentes insurgentes que toman parte activa en la lucha contra los soldados.  Es por eso que la directora inicia su película con la liberación de Dima, una niña de 12 años que fue prisionera de los israelíes por manifestar su descontento con la situación de su país. También está su amiga Janna, quien se considera la periodista más joven y a través de sus redes con miles de seguidores quiere dar a conocer al mundo lo que se vive en su país. Por último, la historia de Dareem, una niña palestina de seis años que asiste a una escuela dependiente del Ministerio de Educación israeli. El documental apela a la intimidad para retratar algo mucho mayor: el dolor de los niños y adolescentes, el absurdo de una guerra sin fin y la violación de los derechos humanos, especialmente sobre los menores.

El retrato de una cultura tan diferente puede terminar por expresar eso mismo: lejanía, distancia, extrañamiento. Sin embargo, cada plano de la película genera que el espectador se sienta más cerca de las familias: de sus emociones, de sus pensamientos, de su sentir cotidiano. Incluso, para mostrar escenas violentas apela a una estrategia narrativa más que eficaz: en lugar de usar su cámara aprovecha las imágenes reproducidas en los celulares por los propios protagonistas del film. Si bien le interesa, la directora elige representar la violencia de otro modo: mostrando cómo  atraviesa a cada uno de los protagonistas de su historia: se presenta en el  estrés y el llanto de Dima luego de ser liberada por los israelíes, en el llanto de Dareen cuando escucha los tiros desde su balcón, en la angustia de una madre llorando la muerte de su hijo. Ese amplio espectro compone un cuadro de una gran elocuencia dramática sin necesidad de recurrir a escenas que los medios de comunicación sí necesitan para construir sus propios mensajes maniqueos.

Nacer en una cultura donde la guerra es algo cotidiano predispone a cada niño y niña a hablar de la muerte como el pan de cada día. Eso es quizás lo que hace más duro enfrentar algunas escenas, donde Ushpitz muestra a los chicos de seis años hablando del miedo, de la muerte, de balas, de piedras, de familias amenazadas. Y donde la maestra necesariamente tiene que hablar de nacionalismo, de censura, de lo que se puede y lo que no se puede hacer en un país, o sea, de libertad. La inocencia es el tesoro perdido de todos estos niños y adolescentes.

Para acercarse al plano político, la directora permite que el espectador escuche las discusiones de las familias palestinas. Los más jóvenes, desde una impotencia natural, no pueden pensar en la paz: la presencia de los soldados, el maltrato, la violencia a la que se encuentran sometidos no les permite ver un futuro prometedor. Son quizás los adultos los que tienen la obligación de introducir en las nuevas generaciones un mensaje esperanzador, aunque ellos tampoco lo sientan muy cercano.

Imposible lograr tan elocuente relato sin ser profundo. Aquí es donde se hace evidente el trabajo de investigación de la directora. Su cámara incomoda porque necesita de esa tensión natural que es lo que ella fue a buscar, pero no se aparta, y los jóvenes finalmente la hacen parte de su cotidianeidad. Esa es la película de la directora y periodista Ada Ushpitz: el retrato del conflicto que nadie muestra, y donde más evidente se hace lo absurdo de una lucha que no parece tener fin, pero tampoco razones legítimas para subsistir.

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