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Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna

"Lo que Ceniza en la boca propone, casi sin decirlo, es que el abandono no nace siempre del desamor sino de circunstancias que se transmiten de generación en generación como cualquier otra herencia no pedida."

Lo que se hereda sin querer

Cuando Isabel se va de México al principio de Ceniza en la boca, no queda claro exactamente por qué. La película no lo explica, y durante un buen rato esa opacidad puede sentirse como un defecto. Después uno entiende que es parte del asunto: Lucila, su hija, tampoco sabe por qué. Y lo que no se le cuenta a ella, no se le cuenta al espectador.

Esa decisión formal, narrar solo desde lo que Lucila conoce o puede intuir, es quizás lo más interesante de la cuarta película de Diego Luna como director, adaptación de la novela homónima de Brenda Navarro. El grueso del relato ocurre años después de esa partida inicial: Lucila ya cruzó el Atlántico junto a su hermano adolescente Diego y vive en España trabajando como niñera, cuidadora de ancianos, repartidora. Sostiene a Diego. Se sostiene a sí misma. Y le guarda rencor a Isabel por haberla dejado atrás, sin notar del todo que está repitiendo, casi al pie de la letra, los mismos movimientos de supervivencia que alguna vez hizo su madre. La pregunta que la película va dejando caer sin prisa es cuándo entendemos realmente las decisiones de otra persona. Si hace falta vivirlas en carne propia para dejar de juzgarlas. Luna, junto a los coguionistas Diego Rabasa y Abia Castillo, no fuerza ninguna respuesta: la estructura es elíptica, a veces demasiado, y hay momentos en que la ambigüedad parece más bien falta de claridad. Los fundidos en blanco que marcan los saltos temporales desorientan más de lo que deberían. Pero cuando la película encuentra su registro, especialmente en el tramo final de regreso en México, con los abuelos, con el duelo, con las cenizas literales del título, algo se asienta y el relato cobra una densidad que no tenía antes.

Anna Díaz carga la película con una sobriedad que funciona: no hay estallidos, no hay catarsis fáciles, solo alguien que sigue apareciendo donde tiene que aparecer aunque nadie se lo agradezca. Adriana Paz, que aparece poco, pesa mucho. Cuando madre e hija finalmente se encuentran en pie de igualdad, la escena tiene una electricidad particular, la de dos personas que al fin pueden mirarse sin que una esté por encima de la otra.

Lo que Ceniza en la boca propone, casi sin decirlo, es que el abandono no nace siempre del desamor sino de circunstancias que se transmiten de generación en generación como cualquier otra herencia no pedida. Nadie termina siendo el villano. Todos están intentando salir de algo que empezó mucho antes que ellos. Dicho con la contención con que Luna lo dice aquí, eso resulta más perturbador que cualquier acusación directa, y más honesto también.

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