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Butterfly Jam (2026), de Kantemir Balagov

"Una película imperfecta que encuentra su verdad a golpes, cuando el dolor se vuelve concreto y el humor negro aflora sin avisar."

El exilio como materia prima

Butterfly Jam arranca con una premisa que descoloca. Kantemir Balagov, cineasta ruso exiliado en Estados Unidos desde 2022 y autor de dos títulos que dejaron huella en el circuito de festivales, regresa siete años después de Beanpole con su primer largometraje en inglés. La espera generaba expectativas, y la película las gestiona de manera peculiar: comienza con un joven certificando la muerte de su padre ante un desconocido, sin que sepamos aún cómo ni por qué. La escena genera perplejidad antes que emoción, una extrañeza calculada que no del todo convence como apertura pero que, con el tiempo, encuentra su lógica.

El relato retrocede entonces para ponernos en antecedentes. Una familia circasiana en Nueva Jersey: el padre, Azik, regenta un pequeño restaurante con dificultades; su hermana, embarazada y exhausta, atraviesa la película como una presencia desplazada; y Pyteh, el hijo adolescente, se debate entre la lucha libre, un romance incipiente y la sombra de un padre que no termina de sostenerse. Barry Keoghan ocupa el centro con su energía característica, esa mezcla de vulnerabilidad y amenaza latente que tan bien le funciona en otros contextos, aunque aquí la credibilidad del personaje como miembro de esta comunidad específica exige un esfuerzo de suspensión de incredulidad que la película no siempre facilita. Riley Keough tiene menos margen todavía: su personaje está escrito desde el agotamiento y la marginalidad dentro del relato, y el guion raramente le ofrece algo más.

El primer acto transcurre sin gran urgencia dramática. Hay desazón, rutina, pequeñas frustraciones y un sentido de comunidad retratado con detalle y afecto, pero la trama avanza sin que se perciba claramente hacia dónde ni para qué. Balagov observa con paciencia, y esa paciencia tiene mérito formal aunque acabe probando la del espectador. Entonces llega la escena que lo cambia todo, brutal y sin preparación suficiente, que sacude el relato y le da una dirección que hasta ese momento se echaba en falta. A partir de ahí, la película cobra vida de otra manera: el dolor se vuelve concreto, el humor negro aflora con naturalidad y la historia de Pyteh adquiere un peso que las escenas anteriores apenas insinuaban.

El joven actor Talha Akdogan es, con diferencia, lo mejor de la función. Su presencia física, la torpeza calculada con que habita el personaje, la forma en que transita entre la ternura y la confusión resultan del todo convincentes. Es él quien sostiene la segunda mitad de la película y quien da sentido al arco que Balagov quiere trazar: el de un chico que hereda un modelo de masculinidad roto y tiene que decidir qué hace con ese legado. Porque de eso trata Butterfly Jam, en el fondo. De la masculinidad en la diáspora, del fracaso como herencia, del orgullo que destruye lo que pretende proteger. Son temas que el cine aborda con frecuencia y que Balagov maneja con más matices que grandilocuencia, aunque no siempre encuentra el tono exacto. Hay momentos en que la película duda entre el naturalismo y la fábula, y esa duda se traduce en cierta irregularidad: algunos elementos simbólicos, como el pelícano o la propia mermelada del título, funcionan a medias, sugerentes en la idea pero algo forzados en la ejecución. El cameo de Monica Bellucci, en cambio, consigue lo improbable: resultar pertinente. Visualmente, Balagov mantiene el rigor de sus trabajos anteriores. La fotografía de Jomo Fray construye una intimidad claustrofóbica que subraya bien el encierro emocional de los personajes, y la paleta cromática tiene la coherencia que siempre ha definido su puesta en escena. Butterfly Jam es una película imperfecta, a veces irritante en su opacidad inicial, pero también genuina en sus mejores momentos. No alcanza la altura de Beanpole, aunque tampoco pretende repetirla.

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