Barbara Forever (2025)
de Brydie O'Connor
"En lugar de reconstruir una vida desde afuera, O'Connor construye lo que podría llamarse un retrato en movimiento, tejido casi en su totalidad con material del archivo personal de Hammer: cintas de video de una pulgada, Super 8, 16mm, registros domésticos de medio siglo."
Pionera del cine queer
Cuando Barbara Hammer falleció en 2019, dejó un hueco difícil de llenar en la historia del cine experimental. Barbara Forever, la ópera prima de Brydie O’Connor que pasó por Sundance y por la sección Forum de la Berlinale, no solo responde a esa ausencia sino que la convierte en punto de partida para algo más ambicioso: una relectura viva y urgente de una obra que sigue interpelándonos.
El documental rehúye la biografía convencional. En lugar de reconstruir una vida desde afuera, O’Connor construye lo que podría llamarse un retrato en movimiento, tejido casi en su totalidad con material del archivo personal de Hammer: cintas de video de una pulgada, Super 8, 16mm, registros domésticos de medio siglo. El montaje de Matt Hixon, premiado precisamente en Sundance, no ordena ese material sino que lo hace respirar, adoptando la misma lógica de capas y texturas que Hammer aplicaba en su propio cine. El resultado no es un resumen ni un homenaje nostálgico: es una extensión del universo que ella misma construyó.
Barbara Hammer fue una figura radicalmente singular. Como cineasta lesbiana que filmaba desde una mirada lesbiana, rompió con una tradición que ignoraba o distorsionaba sistemáticamente los cuerpos y los deseos de las mujeres. Dyketactics (1974) es considerada la primera erótica lésbica proyectada públicamente hecha por lesbianas. Nitrate Kisses (1992) mostró sin pudor el amor entre personas mayores en un momento en que el VIH convertía cada cuerpo queer en un campo de batalla político. Hammer no filmaba para ser aceptada; filmaba para existir, para dejar constancia, para inventar un lenguaje cinematográfico que hablara directamente a quienes la rodeaban.
Lo que O’Connor capta con especial sensibilidad es esa tensión entre lo íntimo y lo colectivo. Hammer vivió el lesbianismo como fuerza creadora interna y, al mismo tiempo, como sistema de cuidado y comunidad. Sus amantes aparecen en sus películas; algunas se resistían a ser filmadas, incluso Florrie Burke, su compañera de vida durante décadas. Burke es aquí mucho más que testigo: es custodia de una memoria afectiva, y su presencia le otorga al documental una dimensión humana que ningún archivo por sí solo podría ofrecer.
La decisión de no incluir voces externas es una de las más acertadas del filme. Es la propia Hammer quien narra, a través de entrevistas antiguas y lecturas de diarios. Su voz cambia de registro, se vuelve más frágil en ciertos tramos, y esa fragilidad es elocuente. Habla de su cuerpo, del deseo, de la muerte, con una franqueza que no ha envejecido.
Barbara Forever recuerda que hacer cine profundamente personal es un acto político. Hammer lo supo desde el principio. O’Connor lo demuestra con esta película. La cámara de Barbara no se detuvo: simplemente encontró nuevas manos.