Apuntes de una charla radical: sobre el diálogo entre Lisandro Alonso, Albert Serra y Roger Koza a propósito del homenaje al director de La libertad

En una de las jornadas más concurridas del Festival Internacional de Cine de Gijón, Lisandro Alonso, homenajeado con el Premio de Honor del FICX, volvió a poner en pantalla La libertad, su debut de 2001, ante un teatro Jovellanos repleto. El público, compuesto por cinéfilos de todas las edades, asistió a la proyección del retrato minimalista de Misael, aquel leñador solitario perdido en la vastedad pampeana, que marcó para siempre la identidad creativa del director argentino. “Es un espejo de la juventud de mi país”, confesó Alonso al final de la función, todavía sorprendido, dijo, por la vigencia emocional de un film que rodó “cuando todavía no sabía muy bien qué era dirigir”.

La proyección fue solo el preámbulo de un encuentro largo, distendido y por momentos encendido, que protagonizó junto a Albert Serra y el crítico Roger Koza. Allí, los dos cineastas —con trayectorias distintas, pero igualmente radicales— reflexionaron sobre sus inicios y el estado actual del cine contemporáneo. Serra lo resumió así: “Empezar con un largometraje te quita problemas de encima, te saca el apuro del corto y te deja disfrutar más de lo que estás haciendo”. Alonso asintió y añadió que esa libertad inicial, casi ingenua, definió ese primer gesto cinematográfico que hoy revisita con una secuela en marcha.

La charla, grabada como parte del podcast de Koza en el espacio Toma 3, estuvo marcada por la complicidad entre ambos directores, que según el crítico “han escrito la historia del cine contemporáneo desde una visión innegociable”. El punto de partida fue la correspondencia filmada que intercambiaron hace años: una carta visual de 22 minutos por parte de Alonso y otra de dos horas y media, íntegramente en catalán, por parte de Serra. “Fue un momento neolúdico de mi vida”, recordó el argentino, explicando que aquel gesto, posterior a Liverpool, significó para él un quiebre. “Me sentía un poco cansado de manejar siempre las mismas herramientas… Fue un salto, no al vacío, pero sí un intento de probar cosas que no estaban en mi radar”. Ese salto lo llevó a incorporar nuevas colaboraciones, como la del poeta Fabián Casas, y a trabajar con actores como Viggo Mortensen en Jauja y Eureka.

Serra defendió ese tipo de experimentos como laboratorios de libertad: “Estos proyectos sin la presión del cine de ficción permiten ensayar cosas… en un rodaje de ficción todo es más tenso, hay menos tiempo, más dinero, todo se complica”. La conversación derivó entonces a un contraste absoluto de métodos. Serra filma en digital y acumula un volumen desmesurado de material —“400 horas de bruto para reducirlo a dos”, dijo sin pudor—, del que luego extrae lo que él llama una “purificación”. Alonso, en cambio, filma en 35 mm desde una ética de la escasez: “Mi última película dura una hora y diez y terminé con apenas tres horas de material… Eso es todo”. Entre risas, bromeó: “Si yo fuera productor de Albert, lo elimino directamente cuando llega con 400 horas para dejar 398 afuera”.

Pese a la risa, ambos coincidieron en un punto: cada método es válido solo si conduce a la esencia del director. “No se trata de elegir entre el exceso o la austeridad, sino de encontrar el formato que te lleve a la mejor versión de la película que querés hacer”, sintetizó Alonso.

El encuentro subió de temperatura cuando abordaron el estado actual de la industria. Alonso advirtió sobre un sistema que, según él, se ha vuelto hostil a las formas más libres del cine: “Hoy, para que una película exista, tiene que costar arriba de un millón y medio de dólares”. También criticó la burocracia de las ayudas: “Para aplicar, el guion tiene que tener 60 páginas… aunque tu cine no funcione así”. Serra introdujo un concepto que desató murmullos entre el público: el “valor de producción”. “Es una castración aprendida —sentenció—. Se enseña literalmente a los jóvenes cineastas que una película debe verse de cierta manera. Los festivales están dejando de elegir películas que no entren en ese sistema de valores”. Para él, la pérdida de rigor y el predominio del productor en el ecosistema actual han generado una inversión peligrosa: “Los productores son más listos que los directores que contratan… y además contratan técnicos que entienden más de cine que el propio director”.

Uno de los momentos más inesperados llegó con una anécdota reciente de Serra, recién regresado de Roma, donde participó en el evento “El Papa se encuentra con el cine”. Fue el único invitado español y aseguró que el discurso papal —que dudó que hubiese escrito el propio pontífice— fue “magistral”. Según contó, el texto defendía la sala cinematográfica “como el último espacio de libertad, de poesía, de belleza” frente a la presión inmobiliaria, criticaba al streaming por su carácter “didáctico” y “servil”, y planteaba una diferencia esencial entre la representación y la explotación de la violencia. “Ese discurso entendía el cine mejor que el 95% de los directores del mundo”, afirmó con vehemencia.

El cierre del diálogo fue tan íntimo como simbólico. Koza preguntó por el famoso plano final de La libertad, aquel en el que Misael mira a cámara con una sonrisa franca. Ese gesto vuelve en su nueva película, continuación del film original. Alonso confesó que no fue una decisión casual: “Es un plano que me reencuentra con la misma persona que filmé hace 25 años… y me parece que adquiere un valor enorme”.

Así, en una jornada que mezcló memoria, crítica y celebración, el FICX reafirmó la influencia singular de Lisandro Alonso, un cineasta cuya obra —como concluyó Koza— “sigue siendo difícil de imitar y esencial para el cine de autor”.

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CARTELERA MARZO: