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Amarga navidad (2026), de Pedro Almodóvar

"Pocas cosas revelan más de un artista que la manera en que decide mirarse a sí mismo. Pedro Almodóvar lleva años haciéndolo con una insistencia que ya no sorprende pero que tampoco deja de fascinar."

El cineasta y su espejo roto

Pocas cosas revelan más de un artista que la manera en que decide mirarse a sí mismo. Pedro Almodóvar lleva años haciéndolo con una insistencia que ya no sorprende pero que tampoco deja de fascinar, y Amarga Navidad es, en ese sentido, la exploración más laberíntica que ha emprendido hasta ahora en ese territorio. No es solo una película sobre un director que escribe un guion: es una película sobre qué significa convertir la propia vida en materia narrativa, sobre los límites éticos de ese gesto, y sobre lo que se pierde y se gana en el proceso. El problema es que, al igual que su protagonista, la película no siempre logra escapar de la trampa que ella misma diagnostica.

La estructura es ambiciosa: Raúl (Leonardo Sbaraglia), alter ego declarado del cineasta manchego, escribe en 2026 la historia de Elsa Rosado (Bárbara Lennie), directora de culto reconvertida en publicista que atraviesa una crisis de ansiedad en las navidades de 2004. Elsa, a su vez, escribe su propio guion inspirándose en las personas que la rodean. La mise en abyme no es un adorno decorativo sino el asunto central de la película: cómo el artista transforma la experiencia ajena, muchas veces sin permiso y casi siempre sin plena conciencia, en ficción. Es terreno que Almodóvar conoce bien, pero nunca lo había tematizado con tanta exposición. El juego de espejos se multiplica además en los detalles: las dos mujeres centrales, Elsa y Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), aparecen en determinados planos con el pelo engominado hacia atrás, como si fueran versiones distintas de una misma figura. Todo en la película remite a algo, todo se refleja en otra cosa.

Cuando esa estrategia funciona, el resultado es genuinamente poderoso. Las mejores escenas de Amarga Navidad no son las que más hablan sino las que más confían en otros lenguajes. El striptease de Bonifacio (Patrick Criado) en una despedida de soltera tiene esa mezcla de ternura y extrañeza que define los mejores momentos del cineasta. La secuencia en que Amaia interpreta una canción de Chavela Vargas junto a una cama cubierta de abrigos tiene una quietud que no necesita explicación. Y el llanto de dos amigas escuchando un disco de la cantante mexicana posee una autenticidad que ningún diálogo podría igualar. La presencia de Chavela Vargas en la película es, de hecho, mucho más que un homenaje sentimental: es una manera de hablar de la pérdida y del tiempo que transcurre sin que nadie lo autorice.

La fotografía en Lanzarote también recupera esa profundidad visual que ya aparecía en La habitación de al lado (2024). Los planos nocturnos de caminos de arena negra contrastados con el rojo de un automóvil y un pintalabios demuestran que Almodóvar sigue siendo un director de precisión plástica extraordinaria cuando confía en sus imágenes. El paisaje volcánico de la isla no es un fondo sino un estado de ánimo, y la película lo sabe aprovechar en sus mejores momentos.

Pero hay otro Almodóvar en Amarga Navidad, y ese resulta más difícil de defender. Es el que escribe diálogos que funcionan como ensayos ilustrados más que como conversaciones humanas: los personajes hablan sobre Chavela Vargas, sobre la orografía volcánica, sobre el duelo, sobre los procesos creativos, con una exhaustividad que sofoca en lugar de enriquecer. Quim Gutiérrez y Aitana Sánchez-Gijón hacen todo lo posible con un material que no siempre les ofrece donde apoyarse emocionalmente; ella, en particular, construye algo genuino pese a las elipsis y los saltos que la trama le impone. Pero la oralidad de la película es con frecuencia antinatural, cargada de una literariedad que chirría contra la inmediatez que el cine exige.

La estructura también presenta fracturas que la película no logra disimular del todo. Las dos historias principales, la de Elsa y la de Raúl, no terminan de encajar con la fluidez que la propuesta requeriría. La primera funciona mejor cuando abandona la urgencia narrativa y se permite respirar; la segunda, más comprimida, es donde Almodóvar reflexiona con mayor lucidez sobre los límites éticos de la autoficción. Ese debate estalla en las dos secuencias centrales entre Raúl y Mónica, donde ella actúa como conciencia crítica del director, señalando todo lo que no funciona en lo que ha escrito. Es un gesto audaz: poner en boca de un personaje la autocrítica de la propia película. Pero también puede leerse de otra manera, menos generosa: como una estrategia para anticiparse a las objeciones y neutralizarlas antes de que lleguen desde fuera.

En ese sentido, la frase que le espeta uno de los personajes a Raúl durante la película, “estás siendo complaciente contigo mismo”, resuena con una ironía que probablemente el propio Almodóvar ha calculado. Ponerla en boca de un personaje no equivale a escapar de ella. Y Amarga Navidad, con toda su inteligencia formal y sus momentos de belleza genuina, no siempre logra demostrar que ha resuelto la contradicción que señala.

Lo que queda es una película desigual y, por momentos, deslumbrante. Hay en ella escenas que demuestran que Almodóvar sigue siendo capaz de filmar el dolor y el humor humano con una intimidad que pocos directores contemporáneos alcanzan. Hay también una generosidad real en la decisión de mostrar los andamios del proceso creativo, de exponer las costuras en lugar de ocultarlas. Pero algo ha cambiado en el cine del manchego desde que se instaló en esta etapa reflexiva y autorreferencial. La electricidad de sus mejores trabajos nacía en parte de su capacidad para sorprender, para mezclar géneros y tonos de una manera que se sentía libre y hasta temeraria. El Almodóvar de ahora es un cineasta más consciente de sí mismo, más interesado en dejar testimonio que en explorar lo desconocido, más pendiente del espejo que de la ventana. Eso no es un defecto absoluto: la madurez tiene su propia densidad y su propia belleza. Pero cuando la reflexividad se convierte en el único motor, uno no puede evitar preguntarse si el director que durante décadas retrató el mundo con una mirada única no debería, de vez en cuando, apartar los ojos de su propio reflejo.

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