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ANOCHE – MALBA Cine
Publicado originalmente en
FIDBACK revista de cine de FIDMarseille
Artículos / Ensayo

Algo que siempre se transforma. Sobre Trenque Lauquen, de Laura Citarella

"¿Qué queda del gesto cinematográfico cuando renuncia a su potencia de descentramiento para no ser más que el espejo de una burguesía que se contempla en su propia detestación, mientras otras vidas continúan siendo aplastadas?"

Yes, Nadav Lapid

Laura lleva ya casi una hora hablando en un estudio de radio, al despuntar el día; graba un mensaje para su colega Juliana, para que al menos una persona sepa que fue ella quien eligió desaparecer. La vemos hablar frente al micrófono esa noche, pero también vemos a Juliana hacerle escuchar el mensaje a Ezekiel, llamado Chicho, en el mismo lugar pero algún tiempo después, cuando Laura ya se ha ido. Estos dos hilos se entrelazan con un tercero, pues también vemos las cosas que ella describe, todos los sucesos extraños en los que se vio envuelta o que ella misma provocó, a veces es difícil saberlo. Ella es la narradora, pero también está a merced de la historia, una mujer que tiene problemas por eso y por muchas otras cosas más. Sus amigos la escuchan, nosotros la escuchamos, pero nada la ayuda; está sola.

Laura dice que fue estando afuera, vigilando la casa en la oscuridad, escuchando ese sonido extraño y observando esa luz sobrenatural en el cuarto del piso de arriba, cuando comprendió que ahí estaba la verdadera historia, la historia de lo que encontraron en el lago. No se trataba de las cartas ni de los libros, ni de Chicho ni de Rafael, dice ella, pero ya hemos visto esas historias a medida que las contaba, así como las que fueron surgiendo en el camino, mientras otras aún esperan entre bastidores. Se alimentan unas de otras y, sin embargo, son capítulos distintos, cada uno con su propia atmósfera, su propio género, sonidos e imágenes específicos, su propio narrador, aunque todos rebosan de extraños paralelismos, y su relato, en un flujo preciso y constante, siempre los devuelve a Laura, gira en torno a ella, esa falla central que todos buscan colmar, como un lago. Según Laura, tal vez sería mejor ignorar todos esos relatos conexos y concentrarse en la «verdadera» historia, pero es más fácil decirlo que hacerlo: todo está conectado, y no solo por Laura; no todos los narradores son igual de confiables.

Laura piensa que lo esencial no se reduce, entonces, a lo que hacen Rafael y Chicho, a sus intentos por encontrarla a través de las flores que ella buscaba clasificar, yendo de un lugar otoñal cualquiera a otro cuyo único cambio es el nombre: Fortín Olvarría, América, Trenque Lauquen, todo en una luz pálida y tonos verdes desvaídos. Es como una road movie o una película policial, pero de ambiente sombrío y fúnebre, reforzado por una sección de cuerdas en la banda sonora — un ejercicio en círculos cada vez más concéntricos, lejos de la exaltación de la ruta. La nota de Laura que Chicho encuentra bajo el limpiaparabrisas podría hacer pensar en ese llamado de los grandes espacios, pero el frío de la llanura le da un sentido muy distinto a su mensaje, haciendo de «Adiós, adiós, me voy, me voy» menos una huida que una despedida. Rafael habla de las distintas versiones de Laura que coexisten y no se equivoca, pero parece sobre todo obsesionado con la que, según él, está loca. Solo más tarde sabremos qué versión de la joven escribió esa nota.

La versión de Laura que conoció Chicho no estaba loca, sino más bien decidida, vital, entusiasta, en busca no de flores sino de libros, cartas y una historia de amor, aunque deberíamos recordar que lo esencial no está ahí. Mientras Laura y Chicho recorren en auto el paisaje luminoso de fines del verano y se sumergen en la correspondencia entre dos amantes del pasado, escondida en los libros de la biblioteca de Trenque Lauquen, su búsqueda funciona como una imagen especular de las hazañas anteriores de Rafael y Chicho, con más alegría y esperanza. Esta road movie transcurre bajo el sol y, entre charla y charla frente a una cerveza, la banda sonora se llena de acordes nerviosos de piano, sobre los que los personajes cantan en el auto. Se lanzaron a esta investigación no por necesidad sino por curiosidad, y su búsqueda para un reportaje radial pronto se dispara en todas direcciones, hasta enlazar, sin orden aparente, la autobiografía de Alexandra Kollontai, las abejas de Maurice Maeterlinck, a Cesare Pavese, 1962, 1968, las ciudades italianas, los antiguos profesores de Chicho, y tantas versiones de Juana como las hay de Laura, mujeres que marcan la historia de distintas maneras. Incluso cuando todo queda desplegado sobre la mesa en el cuarto de Laura, da la impresión de ser infinito, ilimitado, vertiginoso, y de que uno todavía podría perderse ahí, como en las llanuras.

Pronto, la historia de amor entre Carmen Zuna y Paolo Bertino ya no es contada solamente por Laura y Chicho, también la vemos en la pantalla, como cuando Laura aparece en la historia que contará más tarde en la estación de radio. Chicho interpreta el papel de Paolo y Carmen está interpretada por otra Laura, también ella una hábil narradora. Esta Laura se pone a vagar por la llanura, sola, sin rumbo, y la pareja nunca se reencuentra, aunque ella al menos termina por llegar al océano, pero ¿es eso un final feliz? Mientras él se va sin nadie a su lado en el asiento del acompañante y la canción melancólica suena en la radio por primera de muchas veces, Chicho tampoco es feliz. La historia de amor dio origen a otra historia de amor, pero esta no tiene adónde ir, y de ella no queda más que un beso compartido junto a una cerveza, un abrazo de despedida de una ternura poco común, y los recuerdos de lo que fue, de lo que pudo haber sido, mientras jugaban a un juego de manos infantil bajo los grandes árboles, al son de los grillos, al caer la tarde, y sus manos se rozaban más tiempo del necesario. Laura dijo que lo esencial no estaba ahí, pero de todos modos es triste. Te dejo, te dejo, te planto, te planto, te mato, te mato, te entierro, te entierro, adiós, adiós, adiós.

El ambiente vuelve a cambiar cuando Rafael se encuentra con Norma en el pueblo y ella le da su propia versión de Laura: una Laura que desvaría, irresponsable, antipática, distinta de la que conocemos, aunque no cabe duda de que se trata de una mujer. Norma es sin duda una de las narradoras menos confiables. Al principio dice que está envolviendo un regalo para su ahijado, pero más tarde resulta ser para su sobrino. Hay algo que no encaja en todo ese intercambio. Norma lleva a Rafael a la terminal de ómnibus, y se instala el mismo desasosiego: los árboles y los edificios se filman en contrapicado, como si la cámara buscara discernir algo en el cielo, las modulaciones de un theremín flotan sobre la banda sonora y un tanque de agua con aires de platillo volador se cuela en el encuadre. Ahí es donde por primera vez se vislumbra el lago que le da nombre tanto al pueblo como a la película: Trenque Lauquen, «lago redondo». Norma también menciona lo que se encontró allí, y por fin llegamos a la verdadera historia, al menos según Laura. Norma explica que se trataba de una especie de criatura, mono o quizás yacaré, aunque también se habló de ciencia ficción; hubo miles de teorías, artículos, notas televisivas, debates radiales, conferencias de prensa sobre el tema, una historia desplazando a otra; el theremín vibra y gime.

Por fin podemos volver a esa noche en la estación de radio y escuchar a Laura explicarnos de qué se trata todo esto, según ella, aunque no resulta evidente saber qué fue lo que realmente se encontró en el lago. Un plano general del agua al amanecer se detiene durante tres buenos minutos en el bote, los vehículos policiales y la ambulancia, sin aclarar nada por eso. De todos modos Laura no estaba prestando atención, estaba demasiado distraída por la historia de amor del pasado, por su pequeña historia de amor del presente, y por la otra historia que empezaba a desarrollarse en paralelo, la de una mujer extraña y distante, surgida de la nada para pedirle flores amarillas; los vientos de madera y las cuerdas amenazantes de la música le dan entonces a la película aires de historia de fantasmas. Sin embargo, esta aparición está ligada a la otra, la del lago, pues Elisa Esperanza resulta ser la médica designada para ocuparse de la criatura que encontraron, aunque se retiró del caso cuando se estableció que no se trataba de un ser humano. Cuando la describen en las noticias, eso recuerda la manera en que Norma habla de Laura, una mujer rebelde, una mujer «difícil», como las que hacen historia; una mujer con un propósito suele ser una mujer con problemas.

Era la casa de Elisa la que Laura observaba desde afuera en la oscuridad esa noche, atenta a la luz y a los ruidos. Al día siguiente, Laura toca la puerta y poco después se instala allí, ayudando a Elisa, embarazada, y a su esposa Romina a juntar hojas secas, recoger hierbas buenas, hilar lana. Elisa le habla de la criatura del piso de arriba desde el primer día: le dice que no es humana, que es una mutante, algo que siempre se transforma, como la música, como Laura, como la propia película; por el momento, es hembra. Después, Elisa ya no vuelve a hablar de eso, a pesar de los gritos en el piso de arriba, a pesar de los golpeteos por la noche, a pesar de las flores amarillas que crecen en la llanura, que crecen bajo lámparas en el galpón, flores que están ahí para ser comidas. Laura dijo que de eso se trataba, pero de alguna manera, tampoco se trata para nada de eso; la música se ha suavizado, se ha vuelto melancólica, como la banda sonora de una historia de amor, pero una historia de amor distinta de todas las anteriores, un amor sin miedo, sin juicio, lleno de esperanza. Vemos a otra Laura, la más optimista de todas. No se quedará mucho tiempo.

No sabemos exactamente por qué le pidieron a Laura que dejara la casa; ella apenas lo menciona de pasada, su relato llega a su fin, la verdadera historia ha terminado. Vuelve al lugar una última vez, después de que Elisa y Romina ya han huido con la criatura, sin dejar atrás más que huellas y las imágenes que inspiraron. Una pileta inflable llena de agua salobre que se derrama de una regadera, sobre troncos, ventiladores que zumban, vegetación por todas partes, incluso pintada en las paredes, los ruidos de la selva, distintos de los de la llanura. En el ropero hay el boceto de un cuerpo que se parece al de una mujer embarazada; hay huellas de pisadas en el barro de la isla en medio del lago, un perfume persiste sobre las flores amarillas. Más tarde, mientras Laura está sentada en el auto, con su relato ya terminado, Elisa la llama por última vez. Se acabó, no lo lograron, ya no es la verdadera historia, pero es triste de todos modos. Apenas se alcanza a ver el rostro de Laura, de espaldas, es difícil saber si está llorando. Pero reconocemos fácilmente la versión de Laura que escribió la nota: una Laura devastada, una Laura vaciada, una Laura, como siempre, sola. ¿Hay algo más triste que darse cuenta de que ya no queda nada por decir?

El informe ya se ha dado, la verdadera historia ha terminado, pero la película continúa de todos modos. Laura abandona el auto y sigue a pie; no hay música que se ajuste al ambiente, solo los pájaros que pían, los grillos que cantan, las vacas que mugen y las gallinas que cacarean, unos gauchos que cantan en el bar como en una película de época, el chapoteo del agua bajo el puente; la luz ha cambiado, se ha instalado el frescor del otoño. Carmen también recorrió estas llanuras, en un tiempo que ya no parece tan distinto del presente; aquella Laura llegó al mar, esta no lo logrará. Esta Laura ya no tiene palabras, no nos explicará qué está pasando; en ausencia de narradora, ¿acaso nos toca a nosotros contar?

Mientras todo se aquieta, la llanura aparece por fin, aunque siempre haya estado ahí, envolviéndolo todo en su abrazo, una gran extensión sin límites, de elementos intercambiables, pueblos, cercos, caminos y árboles, pueblos, cercos, caminos y árboles. ¿Es de eso de lo que se trata en el fondo? Recuerdo haber cruzado estas llanuras en auto durante horas, me dormía, me despertaba, y nada había cambiado. Un espacio así perturba la mente, se extiende hasta donde alcanza la vista, sin detenerse nunca, sin cambiar nunca, un lienzo en blanco infinito que tiene toda la intención de seguir siéndolo. Quizás por eso se contaron estas historias, quizás de eso se trataba en verdad: del intento gozoso de llenar un espacio que no puede llenarse, de reunir y enlazar tantos signos, sonidos y formas como sea posible, sabiendo de antemano que acabarán por perder todo significado, por callar, engullidos por el silencio. La luz tiñe de negro la hilera de árboles en el horizonte, mientras el cielo oscila entre el amarillo y el azul. La orilla de un río al amanecer, desierta.

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