“El dominio reversible del montaje”

Por Miguel Peirotti.

Referirse a uno mismo en tercera persona es un síntoma de pomposidad que se diagnostica incluso como síndrome entre las personas muy famosas. Pero el cineasta argentino Nicolás Prividera no es Kanye West ni es pomposo ni busca fama y el recurso que utiliza en su nuevo documental, que se estrena mundialmente en el certamen marplatense, le permite al espectador entregarse a una cualidad de extrañamiento, de distanciación que, antes que ser una muesca de egolatría, oficia de cualidad diferenciadora de trabajos recientes que comparten la decisión de internarse en el campo minado de una intimidad familiar atravesada por las esquirlas de la Historia. Este recurso –hablar en tercera persona de uno mismo– es propio de las personalidades magnificentes, como decíamos. De hecho, afirman estudios (“afirman estudios” es el equivalente cientificista a la muletilla haragana del periodismo “dicen que”) que por lo general este síntoma antes asociado exclusivamente a la egolatría puede servir “para regular las emociones de manera más sencilla”. En relación a Adiós a la memoria sería más prudente asimilar la tercera persona no como una técnica narrativa, sino como un recurso dramático de la narración, uno que posibilita que el autor se aproxime a los dolores más sulfúricos de su álbum audiovisual de familia con cierta espalda de solivio, más allá de las razones conscientes que pueda esgrimir en su defensa Prividera, tales como el rechazo innegociable a la nostalgia y al prototipo del documental político-íntimo.

Al contrario de lo que ensayó previamente en su opera prima M (2007, ganadora de la Competencia latinoamericana del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata), en la que se abre el esternón investigando el secuestro y desaparición de su madre, Prividera en Adiós a la memoria no materializa el deseo de saber la verdad sino el deseo de recordar la verdad. Son dos objetivos que son dos caras de la misma moneda. También podemos afirmar que entre ambas películas se recorre el arco que va de la recuperación de la memoria a la pérdida de la memoria, ya que el Alzheimer es el padecimiento silencioso que va en procura de la aniquilación mental de su padre. En todo caso, ambas películas, M y Adiós a la memoria, hablan de ausencias (físicas, psíquicas), y al hacerlo hablan del presente, y al hacerlo relacionan pasado con presente, que es el reglamento con el que Prividera orquesta sus recuerdos: interconectar el ayer con el hoy es el pasaporte al mañana, al que llegará tal vez redimido por su filmografía.

En Adiós a la memoria se dan vuelta también las páginas en blanco de un calendario político gélido en el respeto por el dolor ajeno y que no deja pasar ningún año sin tributar a sus víctimas mientras que por la espalda de los tributos desprecia orondamente cada día, cada minuto en la vida de las personas. Lo que no puede recordar el padre de Prividera es a veces sustituido por las citas literarias, que abundan. Y esas citas lo reconstruyen. El padre no recuerda ni a su esposa pero sabe que su hijo lo está haciendo; una extraña forma de reencuentro, de sapiencia entre los vahos de un malestar irreversible. Pero la historia y la memoria también son irreversibles.

Titulo: Adiós a la memoria

Año: 2020

País: Argentina

Director: Nicolás Prividera

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