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CALIGARI

Adentro mío estoy bailando (2023), de Leandro Koch y Paloma Schachmann

Trenza de engaños

Por Agustín Acevedo Kanopa

En el epicentro magmático de Adentro mío estoy bailando está la idea del engaño, una idea que se desarrolla en el trenzado de tres registros diferentes: el ficcional, el documental y el ensayístico. En la primera línea ficcional tenemos un voiceover que narra la historia del hijo de un sepulturero que conoce a la hija de un rabino, a quien quiere seducir tras invitarla a charlar sobre algunas cuestiones de religión. En realidad el chico no tiene conocimientos profundos sobre estos asuntos, pero manotea entre los libros familiares uno de Baruch Spinoza, con el que termina por impresionar a su cortejada. Sin embargo, el recurso romántico termina estallándole en la cara porque Spinoza es, por aquel entonces, una figura herética dentro de la comunidad judía, y los conocimientos compartidos con la chica pronto llegan a oídos del rabino, que lo embosca en una cena falsamente amigable.

La otra mentira (o verdad a medias) de Adentro mío estoy bailando es la de Leandro Koch (tanto actor como personaje y realizador del film), un estudiante de cine devenido en camarógrafo de festividades judías que en uno de sus tantos encargos conoce a Paloma Schachmann, una clarinetista de música Klezmer (un subgénero folklórico de europa del este a base de violín, conocido por ambientar casamientos y similares) de quien se enamora de forma inmediata. Así, tal como el hijo del sepulturero recurre a Spinoza, Leandro saca rédito de sus conocimientos de cine y se inventa un posible documental sobre aquella música, para poder coincidir con ella en una inminente gira europea. La película, así, funciona como un pseudo, o cuasi, o falso documental, donde en la medida que el director-personaje despliega su bluff romántico, una misma película -con sus entrevistados, sus sonidos y sus imagenes- va creciendo alrededor de su mentira.

Pero los engaños no se quedan en esta superficie de indefinición genérica. La parábola del chico del sepulturero también se entremezcla con la de Leandro en torno a otros engaños utilizados para poder llevar su plan a concreción. Ahí es donde entra Lukas, un ex colega del argentino que es convencido para sumarse al proyecto. El engatusamiento artístico de Lenadro se extiende a organismos financistas, que están dispuestos a apoyar al film, siempre y cuando registre de forma fidedigna a las tradiciones de la música Klezmer. El problema en este proceso es que, además de que Leandro (el Leandro de la ficción dentro del documental) toma sus decisiones más guiadas por su corazón que por su agenda de rodaje, no quedan en Europa trazas tan sólidas e intocadas de la música Klezmer. Lo que queda es ya un género tan impuro como el género documental al que suscribe el film, música arrasada por el holocausto, apisonada por el sionismo y recreada por sobrevivientes o hijos de sobrevivientes. Música que en algunas provincias sólo puede ser reproducida por gitanos a los que, a falta de músicos de esa zona, se les enseñó esas composiciones (con las esperables mutaciones residuales de esta reinterpretación étnica).

Esta idea de la asintótica búsqueda por una verdad totalizadora, tal como define el film, es parte intestina de la identidad judía. “Dos judíos, tres opiniones”, comenta el rabino de la historia, representante de un pensamiento que siempre estuvo alrededor de la interpretación y reinterpretación de las sagradas escrituras. “No hay verdad, sólo interpretaciones” es un concepto demasiado posmoderno y herético (tan herético como Spinoza, cuyas ideas eran denunciadas como un cuasi gnosticismo panteísta) como para calzar con el espíritu del judaísmo, pero hay algo de esa imposibilidad que en termina por trazar el tercer registro (el ensayístico) sobre el que se cierra la trenza del film. Ahí es que nos llega la historia de la música Klezmer como correlato del yiddish, una lengua de origen asquenazi que fue de a poco sepultada por razones más políticas que sociales. Una lengua que por sus afiliaciones socialistas no cuadraba con los horizontes expansionistas del sionismo, un movimiento que encontró en Israel y el hebreo su estado y lengua oficial. Toda esta parte ensayística es la intelectualmente más interesante del documental, pero a su vez es la que calza de forma más artificial en el metraje. Así, la película, en su ambivalente seriedad, también por momentos parecería ser una especie de engaño socarrón, donde esta suerte de trenza ficcional, documental y ensayística se revela un poco más laxa de lo aparente. Hay, sobre todo, en esta idea -poderosa, sin dudas- de que “toda lengua es un dialecto con un ejército detrás”, algo comburente que no suele coincidir con las imágenes y el tono recogido en el film. En Adentro mío estoy bailando, más que este espíritu de denuncia, prima un aire amable, levemente mágico y serendipitoso, del estilo de Alexandre Koberidze, espolvoreado con una referencia documental más evidente de Miguel Gomes. Pero incluso en un terreno más metacinematográfico, hay un comentario ingenioso sobre el tema de los organismos europeos que financian proyectos latinoamericanos, de cómo a gran parte de los vínculos de industria entre nuestro continente y el resto se sostiene en base a una especie de viveza criolla necesaria para subsistir, similar a los guiños meta lanzados por la argentina El escarabajo de oro (Alejo Moguillansky, 2014)

Pero de la misma manera en que la historia de amor no es tan romántica (y de que el registro documental no es tan minucioso) tras el tamiz juguetón del film todas estos puntos que podrían ser señalados como defectos terminan por ser coherentes entre sí. El placer de ver el truco sin revisarle las mangas al mago.

Titulo: Adentro mío estoy bailando

Año: 2023

País: Argentina

Director: Leandro Koch y Paloma Schachmann