“Memoria, culpa y pertenencia“
Por Laura Santos
Un viaje íntimo y doloroso hacia las zonas más incómodas de la historia familiar y colectiva. A través de la figura de su abuela Ruth, el director se enfrenta a las paradojas morales que unen la memoria del Holocausto con la expulsión palestina de 1948. Ruth sobrevivió al nazismo y huyó siendo niña de Alemania, el país que la expulsó por ser judía. Décadas después, en Haifa, se convirtió en parte del nuevo Estado israelí y, sin saberlo quizá, en participante de otra expulsión: la de los palestinos durante la Nakba. Esa doble condición —la de víctima y agente— atraviesa la película y da forma a un retrato en el que el amor familiar se mezcla con la incomodidad ética.
Rothschild no busca juzgarla, sino comprender el modo en que la necesidad de pertenecer puede llevar a aceptar silencios o justificaciones. En las palabras de su abuela no hay odio, sino omisiones; el recuerdo de los palestinos aparece apenas en la descripción de sus casas, sus muebles, su ausencia. Ese vacío es revelador: muestra cómo la memoria colectiva israelí se construyó dejando fuera una parte de la historia. El director utiliza este silencio como punto de partida para indagar en las grietas del relato nacional y familiar, entendiendo que olvidar también es una forma de hablar.
La búsqueda se vuelve aún más personal cuando Rothschild reconoce su propia complicidad. Siguiendo la presión de su padre, se alistó en el ejército israelí y trabajó como camarógrafo militar. Años después, desde Berlín, confiesa haber filmado escenas que preferiría no haber grabado: la detención violenta de un joven palestino, la rutina de la ocupación convertida en espectáculo visual. Su cámara, antes instrumento de propaganda, se convierte ahora en herramienta de examen moral. “Aprendí que no puedo confiar en mí mismo para hacer lo correcto”, admite, y esa frase se vuelve el núcleo de su autocrítica.
El exilio en Alemania le permite mirar desde fuera tanto el país que lo vio nacer como aquel del que huyó su familia. Berlín, con su memoria del Holocausto y su presente multicultural, es el escenario donde Rothschild observa nuevas tensiones: las comunidades judías divididas por el conflicto israelí-palestino, el aumento del antisemitismo, la desconfianza hacia los árabes y la imposibilidad de hablar sin ser etiquetado. En calles como Sonnenallee o Hermannplatz, donde conviven tiendas árabes y ecos de la diáspora, el director experimenta su propio dilema: el deseo de integrarse y el miedo a revelar su origen.
La película fue concebida antes del 7 de octubre de 2023, pero los ataques de Hamas y la devastación posterior en Gaza alteraron inevitablemente su sentido. Rothschild no busca representar la violencia, sino dejar que su eco resuene dentro de su historia familiar. El duelo, dice, se convierte en un arma; el dolor, en argumento político. En este contexto, su documental se vuelve un acto de resistencia: un intento de preservar la humanidad frente a la polarización. No hay respuestas ni redención, solo la conciencia de que vivir con la culpa y la duda también es una forma de memoria. A Jewish Problem no ofrece cierre, porque el problema que plantea —cómo pertenecer sin repetir la injusticia— no tiene solución fácil. En su mirada temblorosa y honesta se refleja una pregunta que trasciende fronteras: ¿es posible reconciliar la memoria del propio sufrimiento con la responsabilidad hacia el sufrimiento ajeno? Rothschild no pretende resolverla; solo atreverse a mirarla de frente.