La soledad de quienes deciden no mirar hacia otro lado: el silencio del cine argentino frente a Gaza
"Cada vez que un cineasta decide tomar una posición concreta frente al genocidio en Gaza, parece quedar librado a su propia suerte. Retirar una película de un festival, reclamar una proyección o cuestionar públicamente un vínculo institucional son decisiones que terminan convirtiéndose en episodios individuales."
Cada vez que un cineasta decide tomar una posición concreta frente al genocidio en Gaza para con un festival de cine en la Argentina, parece quedar librado a su propia suerte. Retirar una película de un festival, reclamar una proyección o cuestionar públicamente un vínculo institucional son decisiones que, en lugar de abrir una discusión dentro de la comunidad cinematográfica, terminan convirtiéndose en episodios individuales. Quienes las toman difícilmente encuentran el respaldo de sus colegas, de los programadores de otros espacios, de ex programadores, o de las instituciones del sector. En Argentina, esta situación se repite con una frecuencia que ya debería preocuparnos. Mientras estos días circulan llamados a defender el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, acompañar sus proyecciones y sostener uno de los espacios históricos de exhibición del país, prácticamente nadie parece dispuesto a discutir sus vínculos con el Estado de Israel. La 41.ª edición mantiene una sección específicamente dedicada al cine israelí contemporáneo, con participación directa de su embajada. Frente al genocidio en Gaza, la respuesta de buena parte del cine argentino vuelve a ser el silencio.
No se trata de cuestionar a los realizadores argentinos que participan del festival ni de desconocer las dificultades que supone encontrar pantallas para las películas nacionales. Tampoco de exigir que cada cineasta tome una posición determinada o retire su trabajo. La cuestión es por qué quienes sí deciden hacerlo quedan tan desprotegidos. ¿Por qué una directora que retira su película no consigue despertar la solidaridad de sus colegas? ¿Por qué quienes reclaman espacios para proyectar documentales sobre Palestina deben buscar apoyo fuera del propio sector? ¿Por qué cuesta tanto que una decisión individual se convierta en una discusión colectiva? Defender un festival y cuestionar sus decisiones institucionales no son posiciones incompatibles. Sin embargo, en el cine argentino parece haberse instalado la idea de que cualquier crítica de este tipo puede poner en riesgo la supervivencia de los espacios de exhibición y, por lo tanto, es mejor no hacerla. En el BAFICI ya tuvimos un ejemplo bastante elocuente. La directora Alex Reynolds decidió retirar su película Horizontal y explicó sus motivos con una frase contundente: «No puede haber neutralidad ante un genocidio». Su decisión merecía, como mínimo, una conversación pública. No era necesario que todos estuvieran de acuerdo con ella, ni que otros directores retiraran sus películas, pero sí cabía esperar alguna reacción de quienes comparten festivales, espacios de trabajo y circuitos profesionales. No sucedió. Prácticamente nadie del cine argentino acompañó públicamente su gesto. Tampoco hubo una discusión significativa sobre los argumentos que había planteado. Reynolds terminó haciendo algo que debería haber interpelado a toda la comunidad cinematográfica y, sin embargo, quedó sola. El festival siguió adelante y el episodio desapareció de la conversación.
La historia se repitió hace pocas semanas con NAZA, el documental de Yuval Abraham y Rachel Szor que aborda los mecanismos militares sobre Gaza. En Buenos Aires, solamente dos salas aceptaron proyectarlo: Cine Teatro Helios, en Palomar, y Cine Arte Cacodelphia, en la Ciudad de Buenos Aires. El resto de las salas consultadas respondió con negativas contundentes. La película también encontró dificultades para exhibirse en otras ciudades del mundo, pero en distintos lugares directores, críticos, programadores y trabajadores cinematográficos se movilizaron para reclamar su proyección. En el Festival de Nueva York, su exhibición provocó manifestaciones a favor y en contra, y abrió una discusión pública que trascendió la propia película. En Argentina ocurrió algo bastante diferente: quienes más trabajaron para conseguir que NAZA llegara a las salas fueron periodistas y personas ajenas al ámbito cinematográfico. Los cineastas, críticos y programadores que habitualmente participan de las discusiones sobre circulación, exhibición y libertad artística prácticamente no aparecieron. Dos salas hicieron posible las proyecciones; el resto de la discusión quedó en manos de un grupo reducido de personas. No es un detalle menor. Una película puede encontrar dificultades para distribuirse, enfrentar rechazos comerciales o generar controversias por su contenido. Lo que resulta llamativo es que esas dificultades no provoquen una reacción de quienes trabajan precisamente para que las películas puedan circular. En otros países, las negativas a proyectar NAZA dieron lugar a reclamos colectivos. Aquí, conseguir dos salas ya fue un esfuerzo considerable. Y quienes lo hicieron tuvieron que buscar apoyos fuera de un sector que suele reivindicar la importancia de exhibir películas incómodas, discutir los conflictos contemporáneos y defender la libertad de expresión. Cuando llega el momento de llevar esas convicciones a la práctica, la respuesta parece ser otra.
En Argentina existe un espacio que viene sosteniendo esta discusión: Cine x Palestina – Argentina, un colectivo de artistas, cineastas y trabajadores audiovisuales fundado en agosto de 2025. Sus integrantes organizan encuentros, promueven debates y buscan generar acciones concretas frente al genocidio. A estas iniciativas se suma Sala Lúcida, una nueva sala de cine porteña que dedica los martes a un ciclo de proyecciones de películas palestinas, generando un espacio de exhibición y encuentro alrededor de cinematografías que rara vez encuentran lugar en las salas comerciales. Son trabajos importantes, pero también resulta preocupante que iniciativas de estas características tengan tan poca repercusión dentro de una comunidad cinematográfica mucho más amplia. No faltan cineastas, críticos, productores o programadores en Argentina. Lo que falta es que muchos de ellos se involucren en una discusión que no debería quedar limitada a un colectivo pequeño y a algunas voluntades individuales.
Ahora aparece un nuevo caso. Eloy Domínguez Serén, director de Tralovento, y Felipe Lage Coro, productor de la película a través de Zeitun Films, solicitaron retirar el largometraje de la 41.ª edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Se trata de una coproducción entre España, Grecia y Portugal. Ambos explicaron que desconocían, cuando aceptaron la invitación, la existencia de una sección específicamente dedicada al cine israelí contemporáneo y la colaboración institucional del festival con la Embajada de Israel en Argentina. En su comunicado consideran inaceptable participar en esas condiciones, en un contexto marcado por el genocidio en Gaza y los ataques contra Líbano y Cisjordania.
También se ocuparon de aclarar que su decisión no representa un ataque contra los cineastas israelíes ni cuestiona su derecho a crear y expresarse libremente. Su rechazo está dirigido al respaldo y la financiación que reciben determinadas producciones por parte del Estado de Israel. «Vivimos en un aborrecible mundo que permite la barbarie. Nosotros nos negamos a aceptarla», escribieron al final de su comunicado. Además, lamentaron no poder compartir la película con el público argentino, al que expresaron su respeto y admiración. No parece una decisión tomada a la ligera: implica renunciar a una oportunidad de exhibición y visibilidad en un festival internacional para sostener una posición que consideran irrenunciable.
Mientras tanto, alrededor del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata se multiplican las discusiones sobre su presente y su futuro. Su importancia histórica para el cine argentino es indiscutible, pero incluso entre quienes cuestionan abiertamente la gestión actual, las críticas suelen concentrarse en la pobre curaduría, la pérdida de identidad cinematográfica y el deterioro de su programación, cuestiones que han señalado también prestigiosos críticos. Sin embargo, la dimensión política del festival, sus vínculos con la Embajada de Israel y la inclusión de una sección dedicada al cine israelí contemporáneo prácticamente no aparecen en esas discusiones. Parece que incluso quienes más cuestionan el rumbo de Mar del Plata prefieren dejar ese aspecto fuera del debate, tal vez incluso para evitar incomodar a los otros aliados. La discusión sobre la calidad de su programación puede y debe convivir con otra sobre sus relaciones institucionales y la utilización de la cultura como herramienta de legitimación política. No son cuestiones excluyentes. Pero, una vez más, quienes deciden poner el foco en esta última dimensión parecen condenados a hacerlo en soledad.
Habrá que ver si la decisión de Domínguez Serén y Lage Coro encuentra algún eco entre los integrantes del cine argentino. Si algún director, productor, programador o crítico decide expresar su apoyo, aunque no esté dispuesto a retirar su propia película. Si esta vez habrá algo más que algún mensaje aislado en redes sociales. Alex Reynolds ya pasó por una experiencia similar. Quienes consiguieron proyectar NAZA también saben lo que significa buscar apoyos y encontrarse con un silencio generalizado. Resulta paradójico que una comunidad cinematográfica acostumbrada a recibir cientos de muestras de solidaridad, adhesiones y apoyos de cineastas extranjeros, programadores y festivales de todo el mundo, que tantas veces ha necesitado y valorado esos gestos para defender sus propias películas, sus instituciones y sus espacios de trabajo, tenga tantas dificultades para ofrecerlos cuando son otros quienes los necesitan. No debería ser necesario que cada persona que decide actuar tenga que empezar desde cero, sin saber si alguien más va a acompañarla. Una comunidad se reconoce también en esos momentos: cuando alguien asume un costo personal para defender una posición y los demás deciden si lo dejan solo o se acercan.