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Crítica
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Yes, Nadav Lapid

Viva Carmen (2026), de Sébastien Laudenbach

"Un detalle condensa la lógica del conjunto: cada vez que Antonio afila una hoja, el metal se enciende con el mismo verde de los ojos de Carmen, como si el arma y el deseo compartieran una sola materia."

El filo de lo inevitable

Hay algo de travesura en la decisión de Sébastien Laudenbach de entrar a Carmen por la puerta de servicio. La ópera de Bizet, con su soldado celoso, su cigarrera indomable y su torero de luces, arrastra desde 1875 un final que todo el mundo intuye aunque no recuerde el argumento: alguien quiere a Carmen hasta matarla. El director de La niña sin manos y codirector, junto a Chiara Malta, de Linda quiere pollo no discute ese desenlace, pero cambia el lugar desde donde se lo mira. El protagonista de Viva Carmen no es ella ni Don José sino Salvador, aprendiz de Antonio, un afilador ciego que lee el porvenir en el brillo del metal. Cuando José le acerca su cuchillo, el viejo ve sangre, ve un toro, ve unos ojos verdes, y Salvador entiende que la mujer que lo deslumbra por las calles de Sevilla tiene los días contados.

Lo que sigue es una aventura de pandilla. Junto a Belén, una ladrona astuta que vive con otros chicos en una mina abandonada, Salvador se propone torcer el destino, y la película asume sin complejos que su relato es más sencillo que el original. Los celos, la libertad, la violencia y la fatalidad siguen ahí, sólo que observados por quienes todavía no tienen palabras para nombrarlos. La idea, impulsada por el productor Pierre-Henri Léon, nació de una curiosidad casi infantil: en el primer acto de la ópera un coro de niños acompaña el cambio de guardia y después se esfuma del drama, como si no importara. Viva Carmen les devuelve la escena y, con ella, la tarea imposible de salvar a alguien. Que fracasen es la decisión más honesta del film: la muerte llega con un peso que nadie esquiva, y lo que queda después, la comunidad de mujeres que Belén sostiene en memoria de Carmen, funciona menos como consuelo que como herencia.

Pero lo que justifica la película es su forma. Laudenbach desconfía desde hace tiempo de la imagen demasiado pulida; para él el trazo es la respiración del personaje, y un dibujo que conserva algo inacabado mantiene vivo el gesto que lo originó. Aquí ese principio encuentra su escala mayor gracias al diseño visual de Cyril Pedrosa, al color de Élodie Rémy y a los personajes de Éléa Gobbé-Mévellec. Sevilla aparece partida por la luz y la sombra, en un claroscuro capaz de volver ominosa una calle soleada en cuestión de segundos. Los colores se escapan de los contornos, los cuerpos se tiñen de violeta, de rojo o de amarillo, y hay planos que parecen acuarelas y otros que tienen la urgencia de un apunte de cuaderno echado a andar. Un detalle condensa la lógica del conjunto: cada vez que Antonio afila una hoja, el metal se enciende con el mismo verde de los ojos de Carmen, como si el arma y el deseo compartieran una sola materia.

La música sigue un camino parecido. Amine Bouhafa e Isabelle Laudenbach, hermana del director y guitarrista flamenca, no reproducen a Bizet sino que lo desarman: alteran ritmos, armonías e instrumentos, y hacen convivir las melodías célebres con guitarras, bandurrias, una flauta modesta, un mortero y hasta una sartén. El resultado tiene la aspereza de un juego de chicos y devuelve a esos temas, gastados por la publicidad y el cine, algo de su extrañeza original. Es cierto que entre los momentos fuertes la película se demora en charlas y persecuciones de menor intensidad, y que su corazón dramático late más en Carmen que en quienes intentan salvarla. Pero es difícil reprocharle demasiado a una obra que entiende que la tragedia puede contarse a la altura de un niño sin rebajarla, y que logra que un clásico de siglo y medio vuelva a moverse.

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